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Norteamérica: entre el futbol y la integración económica

Las tensiones arancelarias impulsadas por la administración Trump 2.0, las fricciones migratorias y de seguridad y un discurso político que oscila entre el proteccionismo y la amenaza de desintegración comercial han generado la percepción de una región fracturada.

Mientras el balón rueda en 16 ciudades de Estados Unidos, México y Canadá durante la Copa del Mundo FIFA 2026 (el primer torneo coorganizado por tres naciones), la imagen fuera de la cancha parece contradecir el espíritu de unidad que un evento de esta magnitud debería proyectar.

Las tensiones arancelarias impulsadas por la administración Trump 2.0, las fricciones migratorias y de seguridad y un discurso político que oscila entre el proteccionismo y la amenaza de desintegración comercial han generado la percepción de una región fracturada. Sin embargo, los datos duros cuentan una historia radicalmente distinta, Norteamérica es hoy un bloque económico cuya integración resulta, en términos prácticos, irreversible.

Desde la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) en enero de 1994, el intercambio comercial trilateral se multiplicó de forma exponencial. El comercio bilateral de bienes entre México y Estados Unidos pasó de 81,400 millones de dólares en 1993 a 839,560 millones en 2024. En conjunto, el comercio trilateral de bienes y servicios alcanzó 1.93 billones de dólares en 2024, consolidando a México y Canadá como los dos principales socios comerciales de Estados Unidos, por encima de China. En 2025, el intercambio México-Estados Unidos ascendió a 873,000 millones de dólares, mientras que el de Canadá-Estados Unidos llegó a 719,000 millones.

Desde que el Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC) entró en vigor en julio de 2020, el comercio intrarregional ha crecido casi 40%.

Las dimensiones del bloque son contundentes. Los tres países suman más de 520 millones de consumidores (el 6.3% de la población mundial) y generan un PIB combinado superior a 33 billones de dólares, equivalente a casi 30% del producto global.

Si Norteamérica fuera una sola economía, representaría un tercio del PIB mundial, casi el doble de la participación de China.

Frente a la Asociación Económica Integral Regional (el RCEP asiático que agrupa a 15 países de la región de Asia-Pacífico y abarca 32.6% del PIB global, pero con una integración menos profunda) y la Unión Europea (que agrupa 27 Estados miembros con 13.3% del PIB global), el bloque norteamericano se posiciona como la región de libre comercio más densa del planeta en términos de valor agregado manufacturero compartido.

La interdependencia sectorial es el verdadero blindaje contra cualquier intento de separación por decreto. La industria automotriz representa 22% del comercio total bajo el T-MEC, con una producción regional que superó los 16 millones de vehículos en 2023. Este sector genera 9.7 millones de empleos directos en Estados Unidos, un millón en México y 462,000 en Canadá, sin contar los millones de empleos indirectos en cadenas de suministro que cruzan fronteras varias veces antes de convertirse en producto terminado. Los sectores de electrónica, dispositivos médicos, agroindustria, energía y servicios financieros completan un tejido productivo en el que una porción significativa del comercio bilateral es interempresa: compañías que comercian consigo mismas entre sus plantas en los tres países.

Más de 13 millones de empleos en Estados Unidos dependen directamente del comercio con México y Canadá. En total, los sectores vinculados al intercambio de bienes (manufactura, comercio mayorista, transporte, almacenamiento y servicios financieros) generan 56.2 millones de puestos de trabajo en la región. México y Canadá absorben conjuntamente un tercio de las exportaciones manufactureras estadounidenses, más que los siguientes nueve mercados combinados y seis veces más que China.

La revisión sexenal del T-MEC constituye sin duda un proceso de alta tensión política. Pero reducirlo a una narrativa de ruptura sería ignorar la lógica económica subyacente. Las cadenas de valor norteamericanas no se construyeron por decreto y tampoco se desmantelarán por uno. La complementariedad demográfica (con una edad mediana proyectada de 42 años en 2050 frente a 52 en China y 46 en la Unión Europea), la proximidad geográfica y tres décadas de integración institucional constituyen ventajas competitivas estructurales.

Norteamérica está destinada a profundizar su integración no por idealismo, sino por pragmatismo económico, competir eficientemente frente a China y otras economías exige exactamente eso.

Los discursos electorales y los torneos de futbol pasan, pero las cadenas de suministro y la integración económica profunda permanecen.

Juan Carlos Machorro

Juan Carlos Machorro

Líder de la práctica transaccional de Santamarina y Steta

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