Los ciclos se repiten con efectividad. Se hace lo de siempre. Nada menos, pero tampoco nada más. Hay organizaciones que ven pasar el tiempo y no modifican ni la forma en que leen la hora del día.
Existe una normalidad inercial. Hay vida orgánica. Se hace lo que en algún momento se dijo que se debería hacer, pero no se modifica nada. Por razones inconfesables, cada variación o nueva forma propuesta encuentra un argumento que la decafeína, la ralentiza o la extingue.
Se necesita más o se anhela una mejora, afirman propios y extraños, pero nadie atina a precisar su dirección o intensidad. Se conversa, a veces se debate y afirma que ‘se debería’ hacer tal cosa, pero no se decide absolutamente nada. Un magnífico ejemplo de una organización inercial. Posiblemente productiva, aunque —por definición— autolimitada.
¿Cómo identificar que estás en una organización inercial? Aquí tres características para la reflexión directiva:
1) Los problemas se patean para adelante.- Se tienen identificados y razonablemente diagnosticados. En algunos casos, incluso, ya se tienen visualizadas opciones para resolver el dolor organizacional. “Hay que esperar un mejor momento”, se suele decir.
En otro momento, se tiende a argumentar. Pero ese tiempo idóneo, ni llega, ni se provoca. La dirección se vuelve más eficiente para explicar un ‘más adelante’, que para resolver lo que eventualmente se acabará complicando.
2) Las iniciativas se olvidan.- Como en cualquier organización, las buenas ideas pueden emerger. Se pueden conversar. Pueden hacer sentido a nivel de consejo o comité, pero al ser enviadas al área que le toca accionar se congelan.
Así. Simplemente no se mueven. El o los responsables no dicen que no. Nunca hacen público un disenso. Simplemente la guardan en el cajón hasta que la dinámica o el simple paso del tiempo, las pasen al olvido de sus promotores.
3) El debido proceso sobrecomplica todo.- En aras de la institucionalización, de la democratización de una solución o del levantamiento de puntos de vista especializados, una buena iniciativa puede ingresarse al pantano procesal. Etapas largas, pasos recomendables, socialización que nunca concluye.
Soy partidario del orden procesal como equilibrio básico a las ideas matutinas desordenadoras, pero he aprendido a identificar cuando lo accesorio (el proceso) mata el objetivo primario (la búsqueda de una nueva forma o solución). Y sí. Hay afectos a la complejidad excesiva e ingenuos en la credibilidad de las formas eternas.
Y no se malentienda. Una empresa o asociación puede tener un Consejo Directivo bien conformado. Una Dirección General inteligente. Y, por supuesto, sistemas y procesos que le den forma a cada componente operacional. El rasgo principal, sin embargo, es que toda propuesta de cambio queda en una conversación interesante, que ni decide, ni acciona en el sentido que se concluye.
Las organizaciones inerciales funcionan, pero no crecen. Actúan, no evolucionan. Se mueven, aunque con una intensidad limitada por la imperiosa necesidad de lograr que su dinámica encaje con la dirección y nunca a la velocidad de la oportunidad que pueda ofrecer el mercado en el que opera.
Nada es más criticable que vivir en una entidad que opera por debajo de su nivel de oportunidad. Que se restringe a lo que puede hacer con lo que diseñó ayer en lugar de potenciarse lo que puede acabar siendo el día de mañana.
Bien dicen los expertos, ‘la inercia es el mal del movimiento y la contracción de la posibilidad’.