A partir de que Trump empezó con sus agresiones comerciales y amenazas intervencionistas, Sheinbaum ha respondido con un discurso nacionalista enfatizando la soberanía y la unión del país, dirigido a la fracción dura de Morena que se identifica con López Obrador y que ha propuesto denunciar el T-MEC en favor de una relación formal con los BRICS, que incluyen a China, Rusia, Brasil, India y Cuba, este último como miembro asociado desde 2024. Incluso este fin de semana, reiteró por enésima ocasión que ninguna potencia determina el destino de México, haciendo eco a uno de los pilares fundamentales del discurso político de su predecesor.
Sin embargo, conforme avanza la revisión del tratado nos percatamos que México ha aceptado implementar diversas exigencias de Estados Unidos, a pesar de las consecuencias y sin entender qué fue lo que se obtuvo a cambio. En enero, México aumentó los aranceles entre cinco y 50% de 1,463 fracciones a países con los que no tiene un tratado comercial, cuando en ese entonces 24% de los insumos y bienes intermedios que se usaban para producir provenían de esas naciones. La medida fue aplicada ante la presión del Representante Comercial de Estados Unidos (USTR), que busca minimizar la presencia china en las cadenas de suministro de la región, aunque el gobierno mexicano pareció no considerar casos como el de Corea del Sur, de donde importamos alrededor de 3,000 millones de dólares mensuales, 97% de ellos en partes para las empresas de ese país que operan en territorio mexicano.
Otro ejemplo son los cambios propuestos por Sheinbaum a la Ley de Inversión Extranjera, que incorporan a las secretarías de Defensa, Marina y Seguridad a la Comisión Nacional de Inversiones Extranjeras y agregan la seguridad nacional a la lista de criterios para aprobar un nuevo proyecto en territorio mexicano. Estos cambios corresponden a una propuesta de ley presentada en septiembre del año pasado por los senadores Dave McCormick (republicano de Pensilvania) y Catherine Cortez Masto (demócrata de Nevada), que instruye al USTR a incluir en el T-MEC una nueva obligación para que México y Canadá cuenten con un mecanismo similar al de Estados Unidos que evalúe y filtre los proyectos de inversión china en la región.
En su conferencia de prensa del 22 de agosto, cuando explicó las razones por las que Canadá se levantó de la mesa de negociación en las oficinas del USTR, Mark Carney explicó que uno de los motivos fue que Estados Unidos pretendía que su gobierno aplicara aranceles y otras medidas proteccionistas a terceros de acuerdo sólo con los intereses de Washington, sin considerar a Ottawa. Carney dijo que su gobierno no renunciaría a diseñar y seguir las políticas que más le convengan a su país, menos aún cuando no existe una unión aduanera entre ambos países, que establecería las bases jurídicas para tomar dichas medidas.
Los contrastes en la manera como México y Canadá han manejado las agresiones comerciales de Estados Unidos se reflejan en la manera como Trump se dirige a sus contrapartes. Trump habla de Sheinbaum como una mujer agradable y que le cae muy bien, pues nunca lo ha desafiado, mientras que a Carney se refiere como el gobernador del estado 51 de la Unión Americana. Recordemos que, durante su primer mandato, la canciller Merkel y Justin Trudeau fueron los únicos que lo enfrentaron y contradijeron, ganándose toda clase de insultos.
La soberanía es la capacidad de un Estado para gobernarse a si mismo sin depender de otro poder externo que le permite tomar, entre otras, las decisiones que considere adecuadas e implementar las políticas que más le convienen. Por otra parte, no significa desconocer o ignorar caprichosamente los compromisos internacionales que haya adquirido, como sucedió durante el sexenio pasado. Aceptar sin chistar las políticas comerciales de otras naciones sin considerar sus consecuencias refleja que el gobierno mexicano carece de soberanía en este aspecto, contrastando otra vez con la postura de Canadá ante Trump.
Seguir aceptando las imposiciones comerciales del USTR como hasta ahora puede convertir a la economía mexicana en una proveedora de insumos y bienes de bajo valor agregado en tanto que Estados Unidos nos ve como un competidor en sectores estratégicos, como el automotriz, y una amenaza que triangula productos chinos, reduciendo la capacidad de crecimiento. Seguir como hasta ahora es la alternativa más fácil para el gobierno, pero con consecuencias que será muy difícil corregir en el futuro.