La propaganda política existe desde la antigüedad. Hay numerosos estudios y relatos que nos hablan de las “pintas políticas” en las paredes de Roma donde se daba a conocer a los participantes de una contienda electoral o se distribuían chismes y ataques entre adversarios e incluso se posicionaban temas que muchas veces repercutían en el palacio o el senado. Siempre ha sido difícil para los políticos ignorar estas demostraciones de la opinión pública en las que la pregunta a responder es si verdaderamente representan el sentir de un grupo importante de la sociedad o si solo son unos cuantos los que están detrás de ella.
Lo complicado de estas publicaciones, que después evolucionaron en pasquines, hojas volantes y posteriormente en los bots y trolls de nuestros días, es el pretendido anonimato de los autores y su interés en manipular la opinión pública para su beneficio sin consecuencias personales.
No son tema menor, de hecho, todos los estudios y teorías modernas de la comunicación política desde la “Aguja Hipodérmica” de Harold D. Laswell en los años 30´s del siglo pasado hasta lo hecho por Cambridge Analítica en la elección norteamericana de 2016 se tratan de una cosa: cómo manipulamos a la opinión pública.
Hagamos algunas precisiones en el tema. La palabra “bots” se refiere a “robots” que son códigos y algoritmos programados por una persona para cumplir una función que puede ir desde retuitear un comentario hasta, los más avanzados que se basan en inteligencia artificial (IA) para generar una frase en una publicación, tecnología que si bien es incipiente, es ya una realidad e irá perfeccionándose con el tiempo al grado que las IA puedan generar contenidos en cualquier formato sin intervención humana, estudiando las reacciones de los usuarios.
Por otra parte, tenemos a los trolls quienes son personas reales. Estas reciben un pago por subir comentarios, apoyar la difusión de un contenido e incluso agredir a otros usuarios buscando demostrar que hay una tendencia favorable a su línea política.
Estos sicarios digitales buscan generar la percepción de que son muchos los que opinan de cierta manera y por lo tanto son una mayoría invencible. De hecho, esto está basado en un efecto de los medios de comunicación, muy estudiado, conocido coloquialmente como “irse con la cargada” el cual se fundamenta en el comportamiento psicosocial de las personas donde de manera natural se busca empatizar con otros encontrando puntos en común y sentirse ganadores o normales cuando se encuentran dentro de una mayoría. Eso es lo que ellos quieren que pienses.
Así que cuando un usuario sube un post y de repente recibe una cantidad importante de comentarios contrarios a su idea, los cuáles además son muy agresivos o groseros, se queda con la percepción de ser impopular para la opinión pública. Lo mismo les ocurre a los usuarios espectadores de este evento generando entre ellos un miedo a opinar diferente a los agresores. La violencia, el miedo y el anonimato son sus armas.
En México es de lo más común de encontrar a estos trolls, debido a varios factores: el primero tiene que ver con que los contenidos son más “auténticos” cuando los hace una persona, el segundo es porque los algoritmos de las principales redes sociales y sus nuevas reglas han llevado a desactivar cuentas de bots con mayor facilidad debido a la monotonía de su actividad. Un troll que mezcla contenidos de su vida real junto con sus agendas políticas es mucho más difícil de detectar.
Hay un tipo de trolls que hacen particularmente evidente su trabajo para que podamos estudiar sus acciones: los que están en las secciones de comentarios en los grandes medios de comunicación aprovechando el tráfico e impacto que tienen estos canales para posicionar sus agendas.
A estos los podemos reconocer fácilmente por su forma de actuar, por ejemplo, son las mismas cuentas de usuarios comentando en diferentes notas por varios días e incluso meses sin cambiar de nombre, usan ataques personales muy agresivos a los usuarios y autores, tienen horarios de posteo, por ejemplo, empiezan a las 3am subiendo sus mensajes en las columnas de ciertos periodistas, a quienes les hacen marcaje personal, para ser los primeros en tener contenido y aparecer hasta arriba en la sección de comentarios; sus posts siempre tienen más likes que el promedio, lo que ayuda a dar esa impresión de popularidad. Asimismo, durante el día están comentando en otras notas de la agenda pública que consideran relevantes, mientras se responden y apoyan entre ellos para atacar a otros internautas, entre otras acciones. Toda esta línea de comportamiento hace obvio concluir que son pagados por alguien interesado en influir en la opinión.
Sin bien, esta constante actividad con la cual demuestran supremacía ante los que no piensan como ellos puede ser muy efectiva para inhibir los comentarios de opositores. El factor violencia deja en los usuarios una sensación de abuso y molestia ante sus posturas y la de los políticos que defienden, esto puede ser contraproducente para dichos personajes a la hora de una elección, por ejemplo.
Sin duda quedan muchas preguntas por resolver ante la acción de los bots y trolls: ¿cuánto se gastan los políticos en estas estrategias?, ¿de dónde viene ese dinero?... pero quizá lo que más nos molesta es cuando nos planteamos si ¿de verdad creen que somos tan tontos? y ¿porqué si no pensamos igual que ellos, merecemos entonces ser agredidos por sus esbirros digitales?
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