“El futbol es lo más importante, de las cosas menos importantes”, frase atribuída al exfutbolista argentino Jorge Valdano. Pero ningún otro evento junta la audiencia de una final del Mundial se futbol, y ese escaparate es precisamente el que Argentina ha usado, sin quererlo, para exhibir ante el planeta entero un problema que ya no es solo futbolístico.
En Buenos Aires, la explicación oficial para el repudio internacional se repite como consigna: es una campaña armada desde afuera, celos por el éxito argentino, un operativo de desprestigio orquestado por rivales geopolíticos. Los números dicen otra cosa. Según la medición de menciones digitales que hace Saxum Media, en los últimos 30 días se generaron alrededor de 12.7 millones de menciones al cruzar los términos Argentina y futbol, un promedio de 423,000 por día, con una tendencia que no baja sino que repunta en picos sucesivos posteriores a la final del Mundial. Del total, 78% de esas menciones son negativas. Podemos afirmar, sin duda, que no hay campaña pagada capaz de sostener ese volumen durante semanas en decenas de idiomas y plataformas distintas. Lo que hay es una conversación orgánica, alimentada día a día por hechos concretos, no por una operación con presupuesto detrás.
Conviene ser preciso sobre qué alimenta esa conversación, porque no es un solo actor. Una parte importante de las menciones negativas apunta a un presunto favoritismo de la FIFA hacia la selección albiceleste, desde decisiones arbitrales cuestionadas hasta el hashtag #ArgenFIFA, que circuló durante todo el Mundial 2026 acusando de amañado el camino del equipo albiceleste hasta la final. Sea real o no este señalamiento, lo importante es que es absolutamente creíble y deja al propio ente rector del futbol dentro del huracán, esto multiplica el enojo en reflejado en redes sociales.
Pero el grueso del repudio no habla de arbitrajes, habla de conducta que se viene cocinando desde varios mundiales atrás. Habla del canto racista de 2022 tras Qatar, repetido casi calcado en 2024 tras la Copa América, transmitido esta vez en vivo por un jugador desde el vestuario, con denuncia formal de la Federación Francesa ante la FIFA de por medio. Habla de la vicegobernadora de Mendoza, Hebe Casado, que llamó a la selección francesa “equipo africano flojo de modales” y que la embajada de Francia respondió declarando persona no grata, sanción de Estado a Estado por un comentario de una funcionaria electa. Habla sobre el deleznable comportamiento de varios miembros de la selección Argentina en la final del mundial y en los diversos partidos que enfrentaron, incluyendo a su historico capitán Lionel Messi Y habla, sobre todo, de la respuesta del propio presidente Javier Milei tras la derrota en la final ante España: en vez de un deslinde, publicó que las críticas contra el país son celos y acusa a Brasil y México de estar detrás de los ataques. Cuando el jefe de Estado convierte la señal de alarma en consigna de campaña, la conversación digital no se apaga, se multiplica.
Lo de Casado importa por otra razón, más allá del insulto, marca el punto exacto en el que un episodio de cancha deja de ser folclore futbolero y se convierte en realpolitik en cuanto un gobierno extranjero decide usar ese episodio para vetar a una funcionaria, o en cuanto un jefe de Estado decide usar la crítica externa como plataforma de campaña interna, el partido ya terminó y el juego que sigue es otro: el de gobiernos calculando qué ganan o qué pierden si le suben o le bajan el tono a un conflicto que nació en una cancha. Ese es el riesgo real de dejar que el futbol se convierta en asunto de Estado: dos gobiernos pueden encontrar conveniente, cada uno por sus propias razones domésticas, mantener viva una fricción que no tiene nada que ver con inversión, migración o comercio, y usarla como moneda de cambio en negociaciones que sí importan. Un partido de futbol no debería tener la capacidad de tensar una relación bilateral, pero cuando actores relevantes (vicegobernadoras, presidentes, cancillerías) deciden capitalizar el momento, esa capacidad aparece sola, y ya no hay árbitro que la pueda revertir.
Y ahí está la parte que más le cuesta admitir al discurso oficial argentino: los 12.6 millones de menciones no los generan solamente jugadores, funcionarios o medios. Los sostiene también la propia sociedad argentina (el llamado long tail) miles de cuentas comunes de aficionados argentinos que, en cada partido, en cada triunfo y en cada polémica arbitral, contestan con burla y desprecio a hinchas de otros países. Un comentario aislado no construye una tendencia sostenida durante 30 días con picos diarios de 423,000 menciones. Lo que construye esa tendencia es la repetición, miles de veces, del mismo tono: superioridad, mofa, la certeza de que cualquier crítica al país es, por definición, envidia. Cuando ese patrón se repite en el vestuario, en la vicegobernación de una provincia y en la cuenta de redes sociales de un hincha cualquiera, deja de ser un exabrupto aislado y se convierte, a ojos del resto del mundo, en el comportamiento esperado de todo un país ¡gravísimo!
Esto no significa que 46 millones de argentinos sean responsables de lo que publican algunos de sus compatriotas más visibles o más ruidosos. Pero también sería un error, y uno caro, seguir explicando el fenómeno como un ataque externo cuando los propios datos muestran que la mecha la encienden actores internos todos los días.
La salida no está en desmentir una conspiración que no existe, está en apagar la mecha real. Argentina no necesita una defensa más ruidosa de su marca país, necesita que sus voces más visibles, políticas, deportivas y también anónimas, dejen de darle a esa conversación motivos nuevos cada semana. El mismo futbol y sus figuras es, todavía, la herramienta más rápida para apagarlo: un gesto de grandeza dentro y fuera de la cancha desarma más prejuicios que cualquier comunicado.
Las consecuencias de perdida de prestigio y credibilidad como país es algo muy real que hoy se están jugando fuera de la cancha.
En otras latitudes digitales…
Hay que estar muy atentos a los nuevos intentos de censura de medios que vienen de parte del gobierno federal y la 4T, cuyo destinatario tiene nombre y apellido: Ricardo Salinas Pliego…