Mitos y Mentadas

México: la fractura silenciosa

La IA no redefine cómo operan las empresas, redefine cuáles pueden seguir operando.

México no se está quedando atrás en inteligencia artificial. Se está quedando fuera del nuevo sistema productivo. Mientras la conversación pública sigue atrapada en si la inteligencia artificial es amenaza u oportunidad, el cambio real ya ocurrió. No es una discusión tecnológica, es una reorganización económica. La IA no redefine cómo operan las empresas, redefine cuáles pueden seguir operando.

México ha vivido por décadas con dos economías. Una integrada, moderna, conectada a cadenas globales. Otra con baja productividad, márgenes mínimos y capacidades limitadas. Esa fractura no es nueva. Lo que sí es nuevo es la velocidad con la que se está ampliando. Ya no es gradual, es acumulativa. De un lado están las empresas que operan con datos, automatización y algoritmos. Del otro, las que siguen operando con intuición. Las primeras optimizan, escalan y deciden mejor. Las segundas sobreviven.

La evidencia empieza a ser clara. En mercados donde la IA se integra de forma profunda, no solo aumenta la productividad. También crecen el empleo y los salarios. Pero ese crecimiento no es generalizado, es selectivo. Se concentra en quienes saben usarla en funciones críticas, no en quienes la adoptan como accesorio.

Esto ya pasa en México. Un restaurante que vende por plataformas puede ajustar precios, menús e inventarios con datos en tiempo real. Otro, en la misma calle, sigue comprando por intuición. La diferencia no es tamaño ni acceso. Es capacidad de uso. El problema no será la adopción. Será la fragmentación. Dentro de quienes sí adopten, hay otra trampa. Creer que la inteligencia artificial es algo que se agrega. No lo es. La clave no es usar IA, es dónde se usa, con qué datos y con qué impacto en el negocio. Sin eso, solo hay apariencia de modernidad.

Una empresa puede poner IA en marketing y no cambiar nada. Otra puede integrarla en logística o inventarios y transformar su competitividad. La diferencia no es tecnológica, es gerencial. Muchas pequeñas y medianas empresas no van a desaparecer, van a degradarse. Menor calidad, menor margen, más informalidad. No es un colapso abrupto, es una salida lenta del sistema productivo formal. Cuando eso se generaliza, deja de ser un problema empresarial. Se vuelve un problema macroeconómico.

Muchas pequeñas y medianas empresas no van a desaparecer de inmediato. Van a degradarse. Menor calidad, menor margen, mayor presión hacia la informalidad. No es un colapso abrupto, es una salida lenta del sistema productivo formal. Cuando ese patrón se vuelve generalizado, deja de ser un problema empresarial y se convierte en un problema macroeconómico.

A esto se suma una dimensión que suele ignorarse en el debate local. México no solo compite internamente entre empresas rezagadas y empresas avanzadas. Compite contra economías que están subsidiando activamente la adopción de inteligencia artificial como parte de su política industrial. Estados Unidos, China y Europa no están esperando a que el mercado ajuste por sí solo; están financiando infraestructura de datos, incentivando la adopción empresarial y desarrollando talento especializado a gran escala. En ese contexto, la brecha no es únicamente tecnológica, es estructural y geopolítica. Las empresas mexicanas enfrentan a competidores que operan con mejores herramientas, menor costo de adopción y entornos institucionales diseñados para acelerar su transición.

La inteligencia artificial también está cambiando el acceso al financiamiento. Dos empresas pueden verse iguales hoy, pero una decide con datos en tiempo real y otra con rezago. A partir de ahí, ya no compiten en desempeño. Compiten en destino. El crédito no se paga con el pasado. Se paga con la capacidad futura de generar flujo. Esa capacidad depende cada vez más de operar en este nuevo entorno. La IA ya empezó a filtrarse en la percepción de riesgo, aunque no aparezca en los estados financieros.

Existe un riesgo adicional que apenas empieza a tomar forma. Si no se gestiona adecuadamente, la inteligencia artificial puede acelerar la informalidad estructural. Empresas que no logran competir en productividad ni absorber el costo de adopción tecnológica terminan desplazándose hacia esquemas parcialmente formales o completamente informales, donde la regulación, la trazabilidad y el acceso a financiamiento se debilitan. Lejos de cerrar brechas, la tecnología puede profundizarlas, empujando a una parte del tejido productivo fuera del alcance de las instituciones.

México no enfrenta una escasez de herramientas, enfrenta una escasez de talento capaz de operar en esta nueva lógica. La distancia crítica no está entre quienes tienen acceso a la tecnología y quienes no, sino entre quienes pueden convertirla en productividad y quienes no tienen cómo hacerlo.

México ya ha subestimado cambios estructurales antes. Esta vez el margen de error es menor, porque la velocidad es mayor y la desigualdad de partida es más profunda.

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