Faltan cuatro semanas para las elecciones intermedias en Estados Unidos y pocas han sido tan medidas por una galaxia de casas encuestadoras.
Un solo agregador público, Poliwave, registra cerca de 480 encuestas federales en este ciclo: 378 para 28 contiendas al Senado y 88 de intención de voto genérico para el Congreso.
La cifra revela una paradoja: nunca se había medido tanto lo que piensan los votantes y nunca el grueso de la opinión pública había desconfiado tanto de lo que dicen.
La aprobación de Trump ronda 37 por ciento, empatada con la más baja antes de una intermedia en medio siglo; solo George W. Bush llegó tan bajo, en 2006.
Salvo el cierre de la frontera y la contención de la migración, Trump ha hecho lo contrario a lo que lo llevó esta nueva ocasión a la Casa Blanca. Una nueva guerra, alta inflación, altos costos de la gasolina, enriquecimiento en vivo y a todo color, mala marcha de la economía, ocultamiento de los Epstein files y un largo etcétera.
Los demócratas aventajan por cerca de nueve puntos en la intención de voto para el Congreso. Expertos como Cook, Sabato y Silver coinciden en que la Cámara de Representantes muy probablemente cambia de manos.
La clave, sin embargo, está en el Senado. Los republicanos tienen 53 escaños y los demócratas necesitan ganar cuatro netos, porque el vicepresidente Vance tiene el voto que desempata. Ahí el mapa es de nervios: en trece contiendas la diferencia del promedio de encuestas no supera cinco puntos.
En un ciclo tradicionalmente relajado para los republicanos en el Senado, se les está complicando en lugares insospechados.
En Kansas, que no elige a un senador demócrata desde 1932, el promedio está prácticamente empatado, y lo mismo ocurre en Nebraska con el independiente Dan Osborn.
En Iowa, Texas, Ohio y Michigan, los demócratas aventajan por entre uno y tres puntos y medio.
En Maine, Alaska y Carolina del Sur, los republicanos resisten por márgenes igual de estrechos.
Si el resultado final no se aleja mucho del promedio de las encuestas, Trump tendrá que gobernar sus últimos dos años con una Cámara y un Senado adversos, lo que significa investigaciones, presupuestos bloqueados y nombramientos detenidos.
El modelo de Silver ya da a los demócratas como favoritos para recuperar el Senado.
Pero hay un antecedente que quita el sueño a los simpatizantes demócratas. Las encuestas subestimaron a Trump y a los republicanos en 2016, 2020 y 2024.
Patrick Ruffini calculó que, en miles de sondeos de los últimos cuatro ciclos, los demócratas fueron sobreestimados por 3.7 puntos en promedio. Harry Enten, de CNN, recuerda que en 2024 los republicanos superaron las encuestas de septiembre por nueve puntos en Iowa, seis en Ohio y cinco en Michigan.
Con un error de ese tamaño, el Senado quedaría 53 a 47 para los republicanos. Para quienes esperamos que algo contenga al gran destructor, sería un quitarrisas.
¿Se repetirá? Silver ofrece el mejor argumento en contra. El sesgo se concentró en las tres elecciones con Trump en la boleta. En las intermedias de 2018 y 2022 las encuestas tuvieron sesgos mínimos, y en las elecciones especiales recientes el error favoreció a los republicanos.
Los expertos coinciden en dónde puede saltar la liebre. El primer foco es el votante blanco rural sin estudios universitarios, al que las encuestas no logran entrevistar en número suficiente y suelen no dimensionar correctamente qué pesa en Iowa, Kansas o Nebraska.
El segundo es el votante latino. Nate Cohn ve a los demócratas recuperando terreno de forma masiva entre los hispanos. Carlos Odio, de Equis, advierte que esa ventaja descansa en latinos que no votaron en 2024 y que hoy prefieren a los demócratas dos a uno.
No exagero al decir que los mexicoamericanos del sur de Texas pueden cambiar la historia de su país y del mundo.
Por eso los encuestadores están al borde de un ataque de nervios. Si el 4 de noviembre el resultado se aparta del promedio, escucharemos la frase de siempre: “las encuestas volvieron a fallar”.
Es la salida fácil, y es injusta. Las encuestas no son pronósticos; son fotografías con margen de error.
Gracias a la proliferación de encuestas que hoy nos dicen que trece contiendas están dentro de ese margen, sabemos que en el Senado se decidirá por unas cuantas decenas de miles de votos y que esta es una elección cerrada y de pronóstico reservado. Sin ellas no sabríamos dónde está la incertidumbre.
La lección no es desconfiar de los números, sino leerlos con humildad. Quien confunde una ventaja de dos puntos con una victoria no fue engañado por las encuestas: se engañó solo.
