Durante semanas discutimos si venía una ola azul y nos quedamos cortos. Lo del martes no fue un tsunami, fue un suceso de nivel Armagedón.
Los demócratas ganaron el voto popular para la Cámara de Representantes por cerca de 13 puntos, más de diez millones de votos.
Es el triunfo más amplio de cualquier partido desde 1974, cuando el Watergate y el desgaste de la guerra de Vietnam hundieron a los republicanos. Recuperaron la Cámara y el Senado en una sola noche, donde tendrán al menos 54 escaños (podrían ser 56 si llegan a sumarse Alaska y Mississippi), con resultados inauditos como ganar Kansas por primera vez desde 1932.
Es la historia de un fracaso. Trump cerró la campaña como un viejo emperador romano, hablando de su legado materializado en monumentos a su ego, mientras los votantes hablaban del costo de la vida.
Metafóricamente, prometió drenar el pantano de Washington DC y lo único que drenó fue la “reflecting pool” frente al Memorial de Lincoln. Pidió que votaran como si él estuviera en la boleta, y ¡zas! que le hacen caso.
Fue, sobre todo, una noche de primeras veces. Keisha Lance Bottoms será en Georgia la primera mujer negra electa gobernadora en la historia del país. Deb Haaland, del pueblo Laguna, será en Nuevo México la primera gobernadora indígena. Peggy Flanagan, ojibwe, será la primera senadora indígena.
Abdul El-Sayed, hijo de inmigrantes egipcios, será el primer musulmán en el Senado, y Chris Pappas, el primer hombre abiertamente gay electo senador. Ganaron un seminarista cristiano en Texas y un senador judío en Georgia. Hasta el lado republicano aportó su hito: Byron Donalds será el primer gobernador negro de Florida.
Dos primeras veces que importan y enorgullecen a México ocurrieron en los dos estados más poblados y ricos del país. En Texas, Gina Hinojosa derrotó a Greg Abbott por siete puntos y será la primera latina en gobernar el estado.
En California, Xavier Becerra, hijo de inmigrantes mexicanos, se convirtió en el primer latino electo por voto directo para gobernarlo. Tuve el gusto de ser vecino de los Becerra a tres cuadras, en Washington.
Son una familia sencilla y trabajadora, y su esposa, Carolina Reyes, es una médica extraordinaria. Entre Texas y California viven cerca de 70 millones de personas, y a partir de enero las gobernarán dos mexican americans.
Los artífices fueron tres segmentos que votaron con determinación. Según la encuesta de salida de NBC y otras cadenas, los menores de 30 años votaron por los demócratas 73 a 25. Los latinos, que hace dos años dieron 51% a Kamala Harris, ahora dieron 64%, y las latinas, 68%. Las mujeres votaron 59 a 40.
Si solo hubieran votado los hombres blancos, los republicanos habrían ganado por ocho puntos. Pero el país rico y diverso que es hoy los Estados Unidos votó distinto.
El martes 3 de noviembre colapsó el proyecto de Make America White Again.
Durante dos años, el gobierno de Trump persiguió a migrantes en fábricas y escuelas, al mismo tiempo que abría las puertas a los afrikáneres sudafricanos como “refugiados” mientras las cerraba al resto del mundo.
La apuesta fracasada del trumpismo fue que una mayoría blanca, cristiana y masculina bastaba para gobernar. La aritmética del martes la hizo pedazos.
El último bastión del trumpismo quedó reducido a los hombres blancos, mayores y sin estudios universitarios.
El país que Trump quiso borrar decidió el martes que lo gobernarán una mujer negra en Georgia, una mujer indígena en Nuevo México y dos mexican americans en Texas y California.
¿Qué significa esto para México? Trump seguirá siendo peligroso: donde lo pongas va a romper, porque esa es su dinámica, y su narrativa contra nuestro país seguirá siendo perniciosa. El riesgo continúa.
A la vez se abren nuevas oportunidades. Los mexican americans acaban de decidir el rumbo político de Estados Unidos —por lo tanto, del mundo—, y México debiera tender puentes con ellos de manera sistemática.
Para los demócratas, el reto ya será menos combatir a Trump y más saber usar el nuevo poder que les ha dado el electorado de manera tan contundente. En sus filas tienen un talento nuevo, plural y competitivo rumbo a 2028, pero también divisiones profundas. El martes se les abrió la puerta de la Casa Blanca. Ahora falta que no rieguen el tepache.
