Vale mucho la pena leer el reciente artículo de Empire of Grift de Anne Applebaum en la reciente edición de The Atlantic, en la que desgrana cambios fundamentales en la forma en que se están llevando los negocios (nunca mejor dicho) internacionales.
La autora muestra con hechos cómo el poder de Estados Unidos ya no lo ejercen solo diplomáticos y funcionarios de carrera, sino una constelación de enviados informales, empresarios, cabilderos, influencers e ideólogos que usan las herramientas del Estado para sus propios fines, una colección de supercoyotes al poder.
Los pasillos de la Asamblea General de la ONU ya no son lo que eran. En otros lugares, a espaldas de los mecanismos de antaño, se cocinan en privado acuerdos y transacciones motivadas ya no por el interés nacional, sino por avaricia particular.
En la 81 Asamblea General, Trump subió a la tribuna y usó como siempre la palabra que ordena su política exterior: deal. Por ejemplo, sobre Irán dijo que tiene “una gran decisión” por delante: cerrar un deal que permita al país reconstruirse o “aniquilar a la República Islámica”.
Lo revelador no es la amenaza, sino quién negocia. El propio Trump indicó que su yerno, Jared Kushner, y el enviado especial Steve Witkoff se reunieron con los iraníes en los pasillos de la Asamblea.
La agenda del entorno Trump incluía encuentros con los países del Golfo y una reunión informal con Delcy Rodríguez, presidenta interina de Venezuela, a quien están protegiendo siempre y cuando arme bien el deal que permitirá a empresas estadounidenses un acceso preferencial a la abundancia petrolera venezolana. La diplomacia se convierte así en una cadena de transacciones. Y toda transacción necesita intermediarios.
Ahí está la realidad oculta sobre la que Applebaum prende la luz. Una política exterior basada en deals no se ejecuta por canales institucionales. Se ejecuta por acceso, y el acceso se vende.
Brasil lo vivió en 2025. Washington le impuso aranceles de 50 por ciento para presionar por el juicio contra Jair Bolsonaro, y los canales formales se apagaron: su canciller no conseguía que le tomaran la llamada.
En cambio, tocaron a su puerta cabilderos que presumían amistades en Mar-a-Lago y un inversionista que ofrecía una cita con el secretario del Tesoro a cambio de negocios vinculados a minerales críticos.
El camino se allanó por la vía de Joesley Batista, cuyo grupo cárnico había donado cinco millones de dólares a la toma de posesión de Trump. Cuando el Estado se retira, el coyote ocupa su lugar.
Groenlandia confirma el patrón. Al margen de la Asamblea, Trump firmó con Dinamarca y Groenlandia un pacto que le permite ampliar la base de Pituffik, abrir bases en Narsarsuaq y Mestersvig y operar por aire, mar y bajo el agua en toda la isla. La cláusula más reveladora no es militar: reserva la infraestructura crítica y la extracción de recursos al capital financiero de la OTAN y sus aliados.
Semanas antes y mientras se negociaba este deal, desfilaron por Nuuk varios personajes. Estuvo el “enviado especial” Jeff Landry, repartiendo gorras MAGA. Estuvo Greenland Energy, con Ken Griffin entre sus inversionistas, que trasladó equipo de perforación sin permiso de las autoridades locales.
Estuvieron los promotores de Praxis y Drew Horn, exfuncionario convertido en desarrollador de centros de datos. El pacto aún debe pasar por los parlamentos. Los negocios, en cambio, no esperan ratificación y siguen avanzando sus intereses.
En el Golfo, las cortesías tienen precio. Qatar regaló un avión de 400 millones de dólares y nadie puede creer que solo lo haya hecho por el gusto, y el fondo soberano saudí comprometió 2 mil millones con el fondo privado de Kushner.
Un miembro de la familia real emiratí compró 49 por ciento de World Liberty Financial, la empresa cripto de los Trump, por 500 millones de dólares, y meses después Emiratos obtuvo permiso para comprar chips antes restringidos. Lo que Applebaum nos muestra no son desviaciones del sistema. Son el nuevo sistema.
Aquí conviene mirar hacia casa. En su discurso en la asamblea, Trump volvió a reivindicar su ofensiva contra los cárteles en el hemisferio. México negocia al mismo tiempo la revisión del T-MEC, los aranceles y una agenda de seguridad cada vez más intrusiva.
En Brasil, Groenlandia, Venezuela y el Golfo hubo operadores que ofrecían acceso a cambio de minas, contratos o concesiones. ¿Qué nos haría pensar que en la relación bilateral más intensa del hemisferio nadie está intentando sacar raja? La pregunta pertinente no es si existen esos coyotes y traficantes de influencias.
La pregunta es quiénes son, a quién dicen representar y qué están prometiendo. A los mexicanos nos toca preguntarnos: ¿Quién está negociando México cuando nadie los está mirando?
