Donald Trump no gobierna para resolver conflictos.
Gobierna creándolos, escalándolos y tratando de extraer de cada uno alguna ventaja. Su método es el conflicto permanente.
Un presidente puede confrontar a otro país para defender el interés nacional. Trump parece hacerlo para favorecer a ciertos empresarios, industrias o grupos que lo apoyan y financian.
No concibe a Estados Unidos como una comunidad con intereses compartidos, sino como una mesa de negociación donde quienes tienen acceso al presidente buscan llevarse la mejor tajada.
Así funcionan sus aranceles. Trump los presenta como instrumentos patrióticos, pero los utiliza como parte de un sistema mundial de extorsión comercial.
El mensaje es casi mafioso: “Bonito país tienen; sería una lástima que algo le ocurriera”. Amenaza, golpea y después exige de cada gobierno alguna forma de sometimiento económico.
La guerra contra Irán llevó su método a una dimensión más peligrosa.
Mal planeada y peor ejecutada, no produjo una salida política clara, pero sí alteró el suministro energético, elevó los costos y multiplicó la inseguridad internacional.
Trump actuó como si una guerra pudiera conducirse igual que una negociación inmobiliaria: golpear primero, improvisar después y declarar éxito, aunque el edificio esté mal construido.
El caos no es solamente una consecuencia. También cumple una función política. La creación continua de conflictos impide que la opinión pública concentre su atención durante demasiado tiempo en cualquiera de ellos.
Trump no necesita ganar todas las batallas; le basta con cambiar constantemente el campo de batalla.
La guerra contra Irán desplazó de la conversación los archivos Epstein y las incómodas preguntas sobre los vínculos, silencios y contradicciones del presidente.
Ahora, ante la ausencia de una victoria clara en Irán, Trump vuelve la mirada contra Canadá.
Su más reciente capítulo conflictivo es la ruptura de negociaciones comerciales con Canadá mientras se escuchan los tambores de una guerra comercial.
En su conjunto, sin duda el país de la hoja de maple se verá más afectado que su vecino del sur.
Al mismo tiempo, esta dinámica puede ser definitiva en las elecciones del 3 de noviembre en dos estados fronterizos como Maine y Michigan, donde se podrá decidir quién controla el Senado.
A Trump, sin embargo, parecen importarle poco las consecuencias electorales para los republicanos: él ya no volverá a competir y cada día se le ve más en un estado de ánimo tipo “YOLO” (you only live once).
Le importa poco que este modus operandi estimule represalias y perjudique también a consumidores, trabajadores y empresas estadounidenses.
El repertorio de Trump para presionar es ya muy conocido: burlarse de la soberanía canadiense, sugerir que debería convertirse en el estado 51, presionarlo económicamente e incluso jugar con rebautizar el lago Ontario como “Lago América”.
No son solamente excentricidades verbales. Son recursos de intimidación concebidos para provocar, dominar la conversación y construir un nuevo enemigo.
Pero la presión provoca el efecto contrario. Los gobernantes extranjeros difícilmente pueden someterse sin pagar un enorme costo político por los estragos que sufren sus economías y posición geopolítica, al mismo tiempo que su liderazgo se fortalece al interior al encabezar la defensa contra el “enemigo”. Trump fortalece así a quienes lo enfrentan.
México debe observar esta escalada con enorme preocupación. Si Trump está dispuesto a tratar así a Canadá, su aliado más cercano, el peligro para nuestro país es todavía mayor.
México ha sido siempre su piñata favorita y dispone de múltiples palancas para presionarnos: aranceles, migración, seguridad fronteriza, narcotráfico, remesas, inversiones y las negociaciones del T-MEC.
En cualquier momento puede convertir uno de estos asuntos en emergencia, exigir concesiones y presentar nuestra eventual resistencia como una agresión contra Estados Unidos.
Esta política trumpista produce ganancias para algunos dentro de su país, pero costos para casi todos.
Deteriora alianzas, encarece productos y energía, debilita la confianza en Estados Unidos y obliga al mundo a vivir pendiente de la siguiente amenaza presidencial.
Cuando comienza a verse el saldo de una crisis, Trump ya ha fabricado la siguiente. Epstein fue sepultado por Irán; Irán pretende ser sepultado por Canadá.
Mañana surgirá otro adversario, otro insulto y otra emergencia.
Trump se presenta como el gran negociador. Pero un gran negociador sabe qué quiere conseguir y cuándo terminar el conflicto.
Trump necesita que nunca termine, porque de él obtiene poder, atención y oportunidades para los suyos.
Estados Unidos puede obtener algunas victorias parciales mientras pierde, poco a poco, prosperidad, aliados y su lugar en el mundo.
