Los outsiders ganan porque los partidos dejaron de pelear por la gente — se equivocan si creen que su mandato es destruir para gobernar
En todo el mundo se repite un patrón: cuando los partidos tradicionales se vuelven burocracias que administran sus franquicias y se acoplan al statu quo en vez de resolver los problemas de la gente, aparecen liderazgos que se vuelven muy atractivos para el electorado. Vengan de izquierda o derecha, comparten la promesa de llamar a las cosas por su nombre y actuar con urgencia frente a lo que millones viven como una emergencia cotidiana.
La estudiosa de la opinión pública estadounidense Sarah Longwell lo documenta con crudeza en un texto reciente para The Atlantic, tras más de 400 grupos de enfoque con votantes durante la era Trump. Su hallazgo central: los demócratas —moderados y progresistas por igual— no piden recalibración ideológica (sugiere que la disputa entre centristas y progresistas no es el punto importante); lo que reclaman es que su partido deje de responder con finas maneras y discurso entre algodones mientras su vida diaria está llena de problemas.
No nos equivoquemos ni hagamos apologías de la era de “The Joker”. La mayoría de los votantes no celebran el caos: celebran encontrar, por fin, a alguien que nombre sin rodeos lo que les duele —el precio de la despensa, la renta, los abusos, la indolencia de las autoridades, la corrupción y el derroche de los recursos públicos. Su expectativa es que los liderazgos políticos reconozcan lo obvio: que el sistema no funciona y se necesitan formas nuevas de gobernar.
Es la misma lógica que en 2016 llevó a los republicanos a preferir a Trump sobre Romney, Bush o McCain: el hartazgo de líderes tibios frente al fondo. Diez años después, son los demócratas quienes desconfían por razones parecidas de Schumer y Jeffries (líderes demócratas en el Senado y la Cámara de Representantes, respectivamente).
La discusión se da mucho menos en tal o cual política pública sino en sentir que alguien realmente está dispuesto a pelear por ellos.
Ben Rhodes, en The New York Times, añade la otra mitad del diagnóstico: el establishment demócrata pasó una década jugando a la defensiva, definiéndose contra Trump en vez de construir un relato propio de futuro. Ahí emergen Mamdani, Ocasio-Cortez, Talarico u Ossoff, que sin ser ideológicamente idénticos comparten un rasgo: hablan directo, sin el filtro frío de abstracciones desconectadas de los temores y esperanzas concretas de las personas.
La necesidad de líderes que luchen y defiendan causas no es extremismo (la etiqueta fácil que ponen los guardianes del statu quo). La moderación —buscar consensos, construir mayorías amplias— sigue siendo, en democracias sanas, la forma más sostenible de gobernar. El problema no es la moderación, sino la tibieza que se disfraza de ella para evadir los grandes problemas que la gente enfrenta a diario. Cuando la moderación equivale a no incomodar a nadie, deja de ser virtud y se vuelve abandono y cruel indiferencia.
Ese es el punto ciego de buena parte de la oposición mexicana. Morena pierde apoyo —las recientes encuestas lo confirman—, pero ese desgaste no se traduce en apoyo para PAN, PRI o Movimiento Ciudadano, porque tampoco ahí se percibe una pelea genuina por los problemas concretos, sino gestión cómoda desde las inercias y botines partidistas.
Vale, sin embargo, una advertencia: que la gente premie el liderazgo frontal no equivale a validar cualquier forma que ese liderazgo tome. El propio Morena ilustra el riesgo inverso. Llegó al poder capitalizando el mismo hartazgo que hoy describe Longwell, pero buena parte de su proyecto confundió la crítica legítima a instituciones ineficientes con la voluntad de desmantelar contrapesos que, con todo y sus fallas, protegían a los ciudadanos de los abusos del poder. Ese impulso destructivo es hoy una de las razones por las que el movimiento empieza a perder el apoyo que un día conquistó por las razones correctas.
La lección tiene dos caras inseparables. Los políticos que confundan prudencia con evasión seguirán perdiendo terreno frente a los outsiders. A la vez los liderazgos que confundan pelear por la gente con destruir lo que sí funciona correrán, tarde o temprano, la misma suerte.
El votante contemporáneo no busca un gestor tibio ni un incendiario; busca un aliado capaz de resolver problemas con la urgencia y firmeza con la que habla.
Quizá la mejor personificación contemporánea del liderazgo requerido por los nuevos tiempos lo estamos viendo en personajes como Mark Carney, primer ministro de Canadá, quien sin tibieza enfrenta de manera firme y valiente las provocaciones de Donald Trump, al mismo tiempo que se enfoca en mejorar la calidad de vida de sus gobernados, sin la necesidad de hacer un tiradero y polarizar a su sociedad.
