La estimación de crecimiento preliminar para el primer trimestre de 2026 es un balde de agua fría para la economía mexicana. Presagia un segundo año de estancamiento económico y, posiblemente, un sexenio o década perdida. La economía mexicana creció sólo 0.1% en el primer trimestre del año con respecto al mismo periodo del año anterior y esto es peor de lo que parece.
El problema de fondo es que la debilidad de la economía mexicana apunta a un problema de tipo estructural. El mal desempeño económico del inicio del sexenio podía entenderse como un tema relacionado justamente al cambio de gobierno. Una mayor demora en el ejercicio del gasto público, la incertidumbre asociada a una nueva administración pública, entre otros motivos, suelen llevar a que el primer año de gobierno se desacelere la economía.
Desafortunadamente, el mal desempeño económico al inicio de 2026 no tiene una explicación coyuntural y esto es lo preocupante. Si la economía mexicana estuviera detenida por una causa que pudiera esperar que se corrija o desaparezca, el futuro sería menos sombrío. Me parece que la debilidad es más estructural. Es decir, sus causas están relacionadas con cambios más o menos permanentes en la forma en la que (no) funciona la economía nacional.
El nulo crecimiento económico sin un claro motivo refuerza la idea de que la verdadera causa es el deterioro institucional del país que ha frenado la inversión. La concentración de poder político, la pérdida de órganos autónomos y de un poder judicial independiente y, en general, el debilitamiento de la capacidad del ciudadano para hacer valer sus derechos perjudica gravemente a la inversión productiva en nuestro país.
Esto lo confirma el hecho de que la inversión ha tenido caídas anuales desde septiembre de 2024 y en enero de este año cayó 3.3% con respecto al mismo mes del 2025. El único motor sostenible de la prosperidad económica en el largo plazo es el sector privado y la productividad que éste trae a la economía cuando las condiciones son propicias. La caída sostenida de la inversión no es un dato técnico más: es el anuncio anticipado de menos empleos, menor productividad y, eventualmente, menos recursos para atender las necesidades más básicas de la población.
El crecimiento económico en el sexenio de López Obrador fue de solo 1% en promedio por año. El más bajo desde Miguel de la Madrid. El mal inicio de 2026 en lo económico presagia que podría repetirse el patrón este sexenio. Las consecuencias del bajo crecimiento no se han notado mucho porque algunas políticas han logrado disminuir la pobreza en el país recientemente, principalmente los incrementos en el salario mínimo, pero se empezarán a notar pronto.
Sin crecimiento y generación de riqueza la reducción de la pobreza se detendrá en algún momento. Exigir más aumentos salariales, más vacaciones, menos horas laborales, etcétera, sin crecimiento económico terminará por detener más la inversión y la generación de empleo formal y digno. El empleo se hará más precario.
Por otro lado, la recaudación fiscal depende de la actividad económica. La falta de recursos públicos hará imposible la inversión en salud y educación que el país necesita desesperadamente, además de que será cada vez más difícil mantener la amplia estructura de subsidios públicos que caracteriza al gobierno actual.
Los datos son todavía preliminares, pero la información con la que contamos muestra un escenario preocupante. La salida de este atolladero no es sencilla ni inmediata. Requiere reconocer que el crecimiento económico sostenido no es un fin en sí mismo, sino la condición de posibilidad para todo lo demás: el empleo digno, la salud pública, la educación y la reducción genuina de la pobreza. Mientras no se restauren las condiciones institucionales que hacen posible la inversión privada —autonomía regulatoria, certeza jurídica y contrapesos reales al poder— la economía mexicana seguirá atrapada en un estancamiento con graves consecuencias para el bienestar de los mexicanos.