Hace unas semanas concluyó la Copa Mundial de Futbol 2026. Durante varios días, México ocupó un lugar central en la atención internacional y mostró al mundo parte de su infraestructura, conectividad y oferta turística. Pero una vez que se apagan los reflectores, la pregunta relevante para inversionistas, desarrolladores y responsables de política pública es otra: cómo convertir ese impulso temporal en crecimiento económico de largo plazo.
Los grandes eventos suelen medirse por el número de visitantes, la ocupación hotelera o el gasto generado durante algunas semanas. Sin embargo, su verdadero legado económico no necesariamente está en lo que ocurre durante el evento, sino en la capacidad de transformar esa visibilidad en inversión, infraestructura y proyectos que generen valor durante los años siguientes.
Esa reflexión es especialmente relevante para Latinoamérica. Un estudio reciente de EY sobre los sectores inmobiliario, hotelero y de construcción (RHC, por sus siglas en inglés) muestra que el turismo regional ya dejó atrás la etapa de recuperación posterior a la pandemia.
La llegada de turistas internacionales ha alcanzado o incluso superado los niveles previos a la emergencia sanitaria por COVID-19, mientras que la hotelería mantiene una evolución positiva impulsada por mayor conectividad aérea, una renovada demanda de viajes internacionales y un creciente interés por experiencias premium y de lujo. Dentro de ese panorama, México destaca entre los mercados con mejor desempeño de la región.
Lo anterior confirma que el turismo regional ya no se encuentra sólo en fase de recuperación, sino en una nueva etapa de expansión. La siguiente etapa, sin embargo, no dependerá únicamente del número de visitantes que lleguen a nuestros destinos, sino de la capacidad para atraer el capital que financiará la próxima generación de hoteles, resorts, centros de convenciones, desarrollos turísticos e infraestructura asociada. Ahí comienza la verdadera competencia.
El capital turístico es cada vez más móvil. Los mismos fondos que analizan un proyecto hotelero en México pueden estar evaluando, simultáneamente, oportunidades en el Caribe, Europa, Asia o Sudamérica. En ese contexto, los inversionistas no destinan recursos por inercia ni únicamente por el atractivo natural de un destino; comparan jurisdicciones, rendimientos esperados, riesgos operativos, condiciones regulatorias y cargas fiscales efectivas.
Por ello, cuando un fondo internacional, un operador global o un inversionista institucional evalúa un proyecto turístico, la decisión rara vez se limita a la belleza del destino o al potencial de ocupación. También considera la disponibilidad de infraestructura, las condiciones de seguridad, la certeza jurídica, la eficiencia de los procesos de autorización y la previsibilidad fiscal durante la vida de la inversión. En otras palabras, los turistas generan demanda, pero son las condiciones de inversión las que atraen capital.
En este contexto, la política fiscal puede desempeñar un papel relevante. A nivel internacional, diversos países han utilizado incentivos vinculados al desarrollo de infraestructura turística para detonar inversión y acelerar proyectos estratégicos.
Pero más allá de incentivos específicos, los inversionistas valoran marcos fiscales estables, predecibles y competitivos que permitan estructurar inversiones de largo plazo con mayor certidumbre. En una industria donde los periodos de recuperación pueden medirse en décadas, la claridad tributaria resulta tan importante como el potencial de crecimiento de un destino.
México ilustra esta oportunidad con particular claridad. De acuerdo con el estudio RHC de EY, el país lidera la región en desarrollo hotelero, con más de 220 proyectos y cerca de 36 mil habitaciones en distintas etapas de desarrollo.
Asimismo, recibió 36.3 millones de turistas internacionales entre enero y octubre de 2024, de acuerdo con la Secretaría de Turismo; mientras que destinos como Cancún, Los Cabos y Puerto Vallarta registraron niveles de ocupación aproximados de 74%, 72% y 68%, respectivamente.
Estas cifras reflejan un mercado sólido, pero también una responsabilidad. La oportunidad no consiste únicamente en recibir más visitantes, sino en crear las condiciones para que esa demanda se traduzca en nuevos proyectos, mayor inversión y una oferta turística más sofisticada.
Además, el potencial no se limita al turismo vacacional. El crecimiento industrial asociado al nearshoring está generando una mayor demanda de hospedaje corporativo en ciudades como Monterrey, Querétaro, Chihuahua y Tijuana, ampliando las oportunidades para desarrolladores y operadores hoteleros más allá de los destinos tradicionales de playa. Al mismo tiempo, el mercado regional de viajes de negocios mantiene perspectivas favorables.
Desde una perspectiva financiera, el tratamiento fiscal de una inversión difícilmente determina por sí solo la decisión de invertir. Sin embargo, sí puede influir de manera significativa en los rendimientos esperados, en la posibilidad de estructurar proyectos eficientemente y en la capacidad de atraer capital de largo plazo.
Reglas claras para financiar desarrollos, estructurar alianzas estratégicas, repatriar utilidades, aprovechar estructuras fiscales y canalizar inversión institucional pueden convertirse en una ventaja competitiva tan relevante como la conectividad aérea o la ubicación del proyecto.
El turismo suele analizarse desde la óptica de la demanda; sin embargo, los proyectos turísticos se financian desde la lógica de la inversión. Desde esa perspectiva, infraestructura, seguridad, certidumbre regulatoria y competitividad fiscal forman parte de una misma ecuación económica.
México cuenta con ventajas difíciles de replicar: ubicación privilegiada, cercanía con Norteamérica, destinos con reconocimiento global, una oferta turística cada vez más sofisticada y una visibilidad internacional reforzada por eventos como el Mundial. El reto es complementar esas fortalezas con las condiciones necesarias para captar el capital que financiará la siguiente etapa de crecimiento.
Con el torneo finalizado, la oportunidad más importante ya no está en los turistas que nos visitaron durante unas semanas, sino en la inversión que determine dónde se construirán los hoteles, resorts e infraestructura turística que impulsarán el crecimiento económico de las próximas décadas.
