Edna Jaime

Para salir del equilibrio del agravio

Cuando la democracia no mejora la vida, el déficit encuentra una ruta política.

La democracia no se desmantela sólo desde el poder. A veces empieza a debilitarse antes, cuando deja de producir resultados suficientes. Cuando la economía no ofrece movilidad, el trabajo no alcanza y el futuro parece cerrado, la democracia pierde credibilidad. Puede conservar procedimientos y reglas, pero deja de sentirse como una promesa compartida.

Esa es una parte de la historia mexicana reciente que todavía no procesamos. Durante años confiamos en que la transición democrática, la apertura económica y la estabilidad macroeconómica bastarían para construir un mejor país. El problema fue que ese arreglo ofreció más libertades, más pluralismo y alternancia, pero no bienestar suficiente para la gran mayoría de mexicanos. Y cuando la democracia no mejora la vida, el déficit encuentra una ruta política.

Andrés Manuel López Obrador entendió eso mejor que nadie. Su llegada al poder no fue sólo un accidente. Fue también el resultado de una democracia que acumuló promesas incumplidas. AMLO leyó ese malestar, lo nombró y ofreció reparación.

La reparación tomó la forma de transferencias: pensiones, becas, apoyos directos, dinero depositado sin demasiados intermediarios. Para muchas familias, el Estado dejó de ser una burocracia distante y se volvió algo tan tangible como un ingreso mensual. El mensaje era poderoso: ahora el Estado sí te ve.

Los apoyos han aliviado necesidades reales. Pero el costo ha sido alto: el obradorismo da, pero a cambio concentra el poder; ofrece ingreso y debilita contrapesos; reconoce al pueblo, pero debilita instituciones. Al convertir el apoyo social en vínculo directo con el gobierno, debilitó la idea de los derechos para convertirlo en concesión del gobernante.

Esa es la tensión central. AMLO fue respuesta y acelerador del retroceso democrático. Respondió a una falla real: la incapacidad de la democracia mexicana para producir bienestar suficiente. Pero lo hizo desde una lógica que debilitó a la propia democracia.

Esa es la trampa: la democracia pierde legitimidad porque la economía no ofrece resultados suficientes; aparece un liderazgo fuerte que promete reparación; la reparación alivia el agravio, pero erosiona instituciones; y al financiarse mal, reduce la capacidad futura del Estado para resolver las causas del malestar.

¿Cómo salir de ese equilibrio?

No basta con defender a la democracia en abstracto; se tiene que reconstruir un arreglo económico que la sostenga.

Ahí entra la necesidad de una innovación en lo público. No me refiero a un programa con nombre atractivo ni a una transferencia más. La innovación que México necesita es más profunda: rediseñar la relación entre democracia, economía y bienestar. Y ese tejido lo puede hacer una innovación en la política social. Hacer que la política social se replantee para lograr ese objetivo. Deje de ser mecanismo de dependencia y clientelismo y se convierta en plataforma de autonomía.

Esa innovación tendría que conservar lo que las transferencias sí atienden: la gente necesita seguridad material. Ninguna democracia puede pedir paciencia infinita a quienes viven en precariedad. Un piso de ingreso puede ser necesario, pero debe estar protegido de la captura política: reglas claras, padrones auditables, evaluación independiente y narrativa de derechos. El ciudadano no debe agradecerle al gobernante lo que le corresponde por derecho.

Pero el ingreso no basta. La siguiente generación de política social tendría que concentrarse en capacidades: aprendizajes, trayectorias productivas, cuidados, formalización, salud efectiva y seguridad. La transferencia ayuda a resistir; las capacidades permiten salir.

También necesitamos una innovación fiscal. México no puede seguir prometiendo derechos sin construir los ingresos públicos que los hagan sostenibles. No sólo importa qué se entrega, sino cómo se entrega. Las políticas públicas pueden construir ciudadanía o subordinación; ampliar autonomía o producir clientelismo; fortalecer instituciones o concentrar poder. Por eso la nueva política social no puede depender de la voluntad del líder. Tiene que descansar en reglas, transparencia e instituciones.

El reto es responder al agravio sin reproducir el camino que nos trajo hasta aquí. Reconocer que AMLO tocó una fibra real sin aceptar que la única forma de reparar sea debilitar la democracia.

La democracia mexicana necesita una nueva oportunidad que no sea restaurar lo que existía antes, sino corregir lo que esa democracia no supo resolver: su déficit de resultados económicos y sociales. La tarea no es volver al pasado anterior al obradorismo, sino construir una salida superior al equilibrio del agravio.

La siguiente innovación pública tendría que servir para eso: para que la democracia vuelva a ser algo más que un procedimiento. Para que sea, otra vez, una promesa de futuro.

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