Edna Jaime

2022, en busca de los liderazgos extraviados

El propósito de la administración actual no es hacer un sistema de gobierno funcional, sino establecer un esquema de concentración del poder que beneficie al presidente.

Parece que fue hace mucho, pero no. Me refiero a la publicación de la foto en la que aparecía un grupo de gobernadores que se organizaban para hacerle frente al gobierno federal. Su bandera era la defensa del federalismo: que no se pisoteara esta forma de organización política consagrada en nuestra Constitución. ¿Qué queda de esta alianza federalista? La foto. Los gobernadores que quisieron construir un contrapunto al Ejecutivo federal ya no están en funciones o decidieron ‘entregarse’ al mismo Ejecutivo. Deberíamos cambiar la foto de aquellos rebeldes por otra más reciente, en la que todos posan sonrientes junto al presidente.

Aquella alianza era interesante; también un poco insostenible. Uno puede ponérsele al brinco al presidente cuando tiene capital político, que es reputacional pero también monetario. Los rebeldes tienen algunos de los atributos requeridos, pero no dinero. El dicho de ‘quien paga, manda’ se les aplicó con rigor.

Me parece relevante poner este tema sobre la mesa en este año que inicia por diversas razones. Una es la necesidad de recordar que nuestro arreglo político-administrativo tiene deficiencias profundas en su funcionamiento, y eso nos afecta en casi todo. Este es un punto ciego en la administración actual porque su propósito no es hacer un sistema de gobierno funcional, sino establecer un esquema de concentración del poder que beneficie al presidente. Y está avanzando exitosamente hacia su objetivo, a decir de las fotos a las que hago alusión: todos sonriendo alrededor de la figura del presidente. Si se les hubiera pedido que se inclinaran frente a él, quizá lo hubieran hecho. Así el grado de subordinación.

Dejo esto como apunte para que, cuando tengamos la oportunidad de discutir sobre cómo tener un gobierno eficaz y actuar en consecuencia, lo hagamos con sustancia. O sea, que cuando se abra la oportunidad de hablar de institucionalidad y gobernanza, coloquemos el tema del federalismo en uno de los primeros lugares, y que tengamos argumentos para sostenerlo y mejorarlo.

Pero déjenme hablar de otra de las razones, nítidamente política, para traer ahora este tema. En mi caso (que seguro es el de otros muchos) hay morbo y curiosidad que se resume en la pregunta de si tendremos un liderazgo capaz de construir una alternativa al presidente de la República. Sincerémonos: muchos queremos que exista; que no tengamos a un solo personaje acaparando la atención y la agenda pública. Los primeros tres años de esta administración han sido del presidente. ¿Los siguientes años serán de él o los disputará con alguien más?

En la alianza federalista había integrantes con potencial. Pero cuando uno escucha que Javier Corral, un atractivo prospecto de la oposición, negocia con Morena y el presidente por un cargo, no queda más que bajar la cabeza para tratar con humildad de entender qué hay en nuestro sistema político que anula la capacidad de forjar liderazgos buenos e independientes. Y además me pregunto: ¿qué necesitamos hacer para cambiarlo? ¿Tenemos el problema en los genes o es un tema de diseño de instituciones y de incentivos? Es crucial abordar este tema para trascender nuestros ciclos de caudillismos. Los suponíamos superados, pero están tan vivos como antes.

Nuestro pasado explica nuestro presente. Nadie lo puede disputar. La subordinación y el control fueron parte del diseño original del esquema político posrevolucionario. Luego de años de fragmentación del poder y disputa política por medios violentos, encontrar una vía para institucionalizar ese poder fragmentado y alinearlo con un conjunto de reglas fue una hazaña. Y funcionó muy bien durante algunos años. Esa es la impronta de nuestro pasado, pero no puede seguirlo siendo para el futuro. Por eso la foto de los rebeldes era impactante: prometía ese rompimiento con lo que fuimos.

Este año es importante porque el proceso sucesorio está abierto y quienes disputarán la presidencia tienen que destaparse. Sacar la cara, pues. Me pregunto si de aquella foto de gobernadores rebeldes surgirá algún prospecto interesante. Si no es de allí, ¿de dónde provendrá? Puedo decir que un liderazgo interesante debe surgir a partir de un planeamiento de innovación. Ese sería el eje para catapultar una posible candidatura, desde mi perspectiva. Un liderazgo que piense fuera de la caja posrevolucionaria (hay que superar esa impronta que pervive a pesar de la alternancia). Que dé soporte a agendas nuevas e innovadoras. Que se atrevan a desafiar a fondo el statu quo, y no simulen que lo hacen, como nuestro actual presidente. Permítanme decirlo: López Obrador es el mejor sustento del statu quo. Así que fuera máscaras, como se titula un libro de Luis Rubio, que les invito a leer.

¡Qué flojera ver a gobernadores sumisos, o que pierden el piso! Sería muy interesante ver en este 2022 a figuras atrevidas, que surjan de lugares distintos a los tradicionales. 2022 es el año.

Me sincero. Quisiera ver nuevos liderazgos, y no creo que salgan de la foto de políticos rebeldes. Hay otra cantera de dónde explorar. ¡Manifiéstense ya!

La autora es directora de México Evalúa.

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