David Calderon

Cien años

El proyecto de la educación nacional hoy, como en el lejano 1921, está jalonado entre fuerzas enfrentadas. ¿Ganará el espíritu de Obregón o la tenacidad de Torres Bodet?

Los aniversarios, como señaló en su momento Borges, son referentes arbitrarios, pues méritos y dolores, a los 98 años o a los 103 de un proceso, no son tan excepcionales. Pero somos seres de ritos, y el centenario es una oportunidad de recapacitar sobre la ruta recorrida y sobre todo acerca del destino hacia el cual queremos dirigirnos como nación.

Vasconcelos, contagiando a Torres Bodet, pensó en una hazaña pública, en un bien generalizado, universalizable, común. Que los clásicos no fuesen para los privilegiados solamente. Que no fuese decreto que, si habías nacido en el campo no te tocaría escuela, sino sólo faena. Que hubiese entusiasmo sostenido, conjunción de voluntades, suma de las energías de los diversos sectores de la sociedad. No era un iluminado sin su dosis de realismo; en su discurso para el día del maestro de 1923 llegó a decir que se puede halagar a los maestros para que sean adictos al que así los procura, que podrían darse elogios desmedidos de parte de los impostores de la política con intenciones ruines, incluso “servilismo del jefe para sus subordinados, del líder para con las masas”.

Es momento de recuperar el entusiasmo, la pluralidad y la honestidad de la primera hora. Nada más original que volver a los orígenes, y nada más radical que ir a las raíces. El proyecto de la educación nacional hoy, como en el lejano 1921, está jalonado entre fuerzas enfrentadas: la aspiración a vidas libres y dignas, constantemente amenazadas por la tentación de que la educación pública sea mecanismos de control, de homogenización, de contención de la nueva generación.

Es una feliz coincidencia la salida del largo encierro con el centenario de la SEP. Pasamos por un oscuro túnel, por un largo silencio en el cierre prolongado y empobrecedor que se impuso a las aulas. Apenas llevamos semanas de regreso, y hay el riesgo de una ‘normalidad’ que es inercia, simulación, resignación. Tendríamos que estar todos electrizados, llenos de propósitos, desbordantes de proyectos. ¿Qué pasó con los modelos híbridos o mixtos? ¿Qué resultó de la evaluación diagnóstica? ¿Por qué es el día en que la SEP no puede tener una simple página, confiable y consultable, para saber cuáles escuelas abrieron, cuáles ya recibieron recursos, cuántos alumnos ya regresaron? ¿Dónde está la convocatoria a la sociedad para que la búsqueda y reconexión de ausentes sea tema de prioridad nacional?

Se agradece que las celebraciones del centenario del sistema educativo nacional no sean desfiles desangelados ni pirámides de pacotilla, pero por supuesto que llama la atención la pasividad y apocamiento de lo que debiera ser el equipo de funcionarios de mayor profesionalismo, arrojo, elocuencia en el hablar, contundencia en el ejecutar. Da pena una SEP a la que hay que llevar a tribunales para que ponga agua en cada escuela, y que pone su energía en resistirse al cumplimiento y apelar a excusas lamentables, ante algo que de tan elemental en los derechos que resulta hasta vergonzoso tener que explicarlo: en México, tras un año y medio, todavía hay escuelas sin suministro de agua, y los cubrebocas son un costo que deben aportar las familias y los docentes mismos.

¿Cien años de soledad? De repente sí, en el aula. Las y los maestros más destacados, en general, lo son no porque siguieron las indicaciones, sino por lo contrario. Los titulares de la secretaría no llegan después de haber estudiado, publicado y promovido políticas públicas. Directoras y jefas de departamento que tienen experiencia y trayectoria son sustituidos por toda clase de advenedizos e improvisados. El dinero del presupuesto se recorta a los esfuerzos de equidad, se castiga a la educación indígena, los espacios de atención para las condiciones de discapacidad se cierran y retroceden. El principal programa en el presupuesto educativo no tiene reglas de operación, y lo controla territorialmente otra secretaría. Tras el cierre de pandemia no hay nueva inversión, la formación docente continua es una burla, los libros de texto se vuelven juguete de los recién llegados. Ahora, como hace cien años, estamos en la encrucijada: ¿ganará el espíritu de Obregón, el discurso del nacionalismo fingido, autoritario y depredador, o la tenacidad de Torres Bodet, el trabajo duro en los arquitos del viejo edificio de la Aduana, que le dio patria y libertad a millones de niños?

El autor es presidente ejecutivo de Mexicanos Primero.

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