Gracias a mi libro he tenido la oportunidad de viajar a EU en un par de ocasiones y en el último que hice confirmé algo que escuché a principios del 2025. La ausencia de vehículos BYD en EU.
Mientras que en nuestro país ya los vemos hasta en la sopa. Tan solo en el primer semestre del año, según la AMDA, el 35.7% de los vehículos electrificados vendidos son de esta marca. En otras palabras; no estamos hablando de una marca que apenas esta intentando entrar al mercado, sino de una empresa que ya tienen una posición importante. Y lo ha logrado a pesar de no haber concretado los planes de establecer una planta en México, misma que anunciaron en febrero del 2024.
Tengo un par de conocidos que cuando compraron sus BYD me decían maravillas de su tecnología y sobre todo lo amables que fueron en la agencia. Pero como te imaginarás, hoy su opinión no es la misma.
Uno de estos amigos es Samael, un amigo abogado que me contó que le apareció una protuberancia en una llanta y que el vehículo comenzó a marcar errores en los sensores. Buscó el neumático de reemplazo por todo el país y, al no encontrarlo, terminó cambiando las cuatro llantas.
Lo irónico es que justo después de que había cambiado las cuatro llantas recibió un choque por alcance y como no ha conseguido las refacciones no ha podido mover su coche en los últimos siete meses. Y lo paradójico es que, aun siendo abogado, me cuenta que no ha encontrado una vía efectiva para resolver su situación.
Y aquí es donde retomo el contraste de BYD en México y EU. Los chinos ya demostraron su capacidad para desarrollar productos atractivos y expandirse rápidamente en México. Sin embargo, vender miles de automóviles es muy distinto a construir la infraestructura necesaria para mantenerlos funcionando. Y ahí es donde comienza a notarse la diferencia entre conquistar un mercado y desarrollar una operación capaz de sostenerlo.
Como comenté, la curiosidad de los vehículos chinos en EU nació el año pasado, en la 81°Asamblea de la CAINTRA, en la conferencia magistral, Jorge Guajardo comentaba que por primera vez los gringos no tenían acceso a la mejor tecnología disponible, en este caso respecto a la tecnología de los coches.
En esta misma conferencia nos compartió una perspectiva que me hizo reconsiderar los aranceles impuestos por Donald Trump. Más allá de utilizarlos como herramienta de presión política, también respondían a una intención de proteger la capacidad industrial estadounidense y los empleos que dependen de ella. Aquella conferencia me dejó con la sensación de que quizá deberíamos de considerar una estrategia defensiva similar a nivel nacional.
Y no me refiero a cerrar fronteras, o exigir que los consumidores paguen más por productos de menor calidad; eso sería intentar tapar el sol con un dedo. Además estaríamos justificando nuestras propias ineficiencias en nombre de la soberanía nacional. No, esa no es mi propuesta.
Lo que propongo es que las actuales medidas arancelarias funcionen como un colchón de preparación interna. Porque seamos honestos: una fábrica no desaparece de la noche a la mañana. Primero pierde algunos pedidos, después reduce turnos, deja de contratar personal y comienza a posponer inversiones. Los proveedores más pequeños son los primeros en resentirlo. Cuando finalmente cierra, hablamos de los empleos perdidos, pero pocas veces del conocimiento que se va con ellos.
Y ese conocimiento no se recupera simplemente comprando maquinaria nueva. Detrás de una industria existen generaciones de técnicos, ingenieros, operadores y empresarios que aprendieron a resolver problemas, desarrollar personas y perfeccionar procesos. Capacidades que tardaron décadas en construirse y que podemos perder en unos cuantos años.
Siendo francos. No podemos responsabilizar al consumidor por buscar la mejor opción para su bolsillo. Pero tampoco podemos dejar toda la responsabilidad en manos del gobierno. Los empresarios tenemos que invertir, mejorar nuestra productividad y desarrollar capacidades que nos permitan competir.
Y como sociedad debemos entender que proteger nuestra industria implica pensar más allá del precio que pagamos hoy y preguntarnos sobre las condiciones que estamos haciendo para producir mañana.
Pero sin olvidar que aunque los aranceles pueden darnos tiempo para prepararnos, no pueden hacer el trabajo por nosotros. Y si desperdiciamos ese tiempo, quizá terminemos descubriendo que lo caro no era proteger nuestra industria, sino tener que reconstruirla.
El autor es consultor en excelencia operativa y autor del libro Habilidades Híbridas, que explora la integración de capacidades humanas y técnicas en un entorno de transformación.