La pacificación del país bien vale una misa. Es el principal problema nacional. Sin duda, el Gobierno debería afrontarlo como su principal responsabilidad. El tiempo pasa, como dice la canción vernácula, y se están perdiendo oportunidades y perspectivas.
A México se le ha complicado su transitar político y económico. Los últimos sexenios de gobierno no han podido sentar bases firmes para su desarrollo.
La transición democrática y la alternancia del poder dejaron mucho que desear. La gente esperaba un cambio verdadero que le repercutiera en beneficios concretos, de presente y de futuro. «Al palo y sin zacate».
Fox, Calderón y Peña no supieron qué hacer con el país. Más de lo mismo. El hartazgo hizo posible la asunción de López Obrador. Otro ejercicio de poder, sin resultados ni proyección universal.
Ante esta realidad y, por supuesto, sin dejar de reconocer la trascendencia de los programas sociales y el incremento de los salarios mínimos, una parte importante de la población está insatisfecha y sin expectativas de futuro. Se percibe un desajuste en el comportamiento ciudadano. Una especie de malestar colectivo que repudia el pasado y se aferra al pragmatismo del presente.
En los últimos años nos ha tocado vivir momentos difíciles y sombríos. El COVID y la muerte de miles de seres humanos saturaron los panteones de México y del mundo. Por otra parte, y está a la vista, la impunidad, la inseguridad, el narcotráfico, la ausencia del Estado de derecho y, para colmo, la supuesta presencia de narcopolíticos en el Gobierno.
Recuerdo las clases de marxismo del maestro Rodolfo Puiggrós, argentino exiliado y después rector de la Universidad de Buenos Aires, quien enfatizaba que las causas internas de un país son las determinantes en el juego del cambio social y capaces de enfrentar con éxito el malabar del escenario internacional.
Actualmente, México tiene fragilidad en su gobierno y un escenario de vulnerabilidad política. Dos frentes en contra: la polarización interna y la amenaza de Estados Unidos, que lo ha denunciado como un narcogobierno corrupto. El discurso de la soberanía que maneja la presidenta Sheinbaum es insuficiente ante la vehemencia de las acusaciones del presidente Trump.
Estamos entrampados, perdiendo oportunidades de futuro. Hay un mundo en movimiento. Se requieren servicios, productos, capacitación, técnicos, turismo y mucho más y, sin embargo, estamos entretenidos en la confrontación y en la defensa del pasado.
Es momento de iniciar la industrialización del país, crear una nueva clase empresarial nacional y fomentar el desarrollo de las zonas pobres. Dotar al Gobierno, como se hizo en el nacionalismo revolucionario, de instrumentos estratégicos para su desarrollo. Organismos similares a Conasupo, Diconsa, Fertimex, Banca de Desarrollo, Altos Hornos y DINA Nacional, entre otros, acordes con las necesidades del momento.
Urge cambiar la estrategia de gobierno y escoger otro campo de batalla. El actual está minado; es la suma de ofensas y agravios.
Momentos difíciles, momentos de definiciones. Encabezar la insurgencia o convertirse en estatua de sal.
