Cuentan que los regiomontanos de antaño celebraron muy poco tiempo la llegada del tren a Monterrey. No por la falta de visión en la oportunidad que se estaba abriendo, sino porque la promesa de modernidad, además de transformar las dinámicas comerciales, llegó acompañada de incrementos en los costos de traslado de mercancías por parte de Hacienda.
Y con la misma prontitud con la que hoy organizamos la carnita asada, aquellos empresarios se organizaron para saber qué hacer y de esa organización nació la CANACO como respuesta colectiva ante las decisiones gubernamentales. Cabe resaltar que en aquel entonces el gobierno no hacía encuestas para saber la opinión de la gente y lidiaba de forma muy distinta con cualquier tipo de oposición.
Décadas después, aquella misma cámara que se atrevió a cuestionar al gobierno demostró que sus intereses no se limitaban a defender a las empresas.
En 1914, durante una interrupción de la administración municipal en plena Revolución, la Cámara de Comercio colaboró en la organización del abastecimiento de alimentos, la vigilancia provisional y el sostenimiento de determinados servicios y funciones municipales.
La historia tiende a repetirse, aunque no siempre nos demos cuenta. El caso más reciente que yo recuerdo fue en el 2011. En ese tiempo empresas vinculadas al entorno industrial de CAINTRA, universidades, organizaciones civiles y el propio gobierno sumaron recursos y capacidades para enfrentar la crisis de seguridad que azotaba a la región.
Sabían que no podían exigir resultados diferentes manteniendo intacto el sistema que producía los anteriores. No bastaba con contratar más policías. Había que cambiar las condiciones para atraer, seleccionar, preparar y conservar a quienes desempeñarían una función extraordinariamente exigente. De aquel esfuerzo nació Fuerza Civil, concebida para desarrollar capacidades policiales duraderas.
La relación entre los organismos empresariales y los gobiernos siempre ha sido compleja. Va mucho más allá de una simple oposición entre empresarios y políticos. A lo largo de la historia han sido aliados, adversarios, negociadores e incluso colaboradores en la construcción de instituciones públicas.
Con el tiempo, estos organismos han aprendido que la independencia empresarial no exige confrontación permanente con el gobierno. Y el acercamiento que mostró el gobierno durante el 50 aniversario del CCE abre la posibilidad de demostrar que colaborar tampoco significa renunciar al derecho de cuestionar.
Pero una cosa es que el gobierno y los organismos empresariales se sienten a la misma mesa, y otra muy distinta es que los acuerdos lleguen hasta las empresas que todos los días tienen que ingeniárselas para seguir operando.
Y aquí vale la pena recordar aquel tren que llegó prometiendo modernidad. No todos recibieron con entusiasmo sus consecuencias inmediatas, pero terminó contribuyendo a transformar la economía del país. Aquella apuesta trascendió a los gobiernos que la impulsaron y sus efectos se extendieron durante generaciones.
Hoy nuestros gobernantes tienen la “dificultad” de pensar más allá de su propio turno. Porque una cosa es inaugurar proyectos durante un sexenio y otra construir condiciones para que sigan dando resultados cuando ya no aparezcan en la fotografía.
Pero tampoco podemos dejarle toda la responsabilidad al gobierno. Los organismos empresariales han demostrado que pueden organizarse para enfrentar desafíos extraordinarios. El reto es que esa capacidad no se quede solamente entre quienes tienen recursos, tiempo y relaciones para sentarse a negociar. Las grandes empresas pueden abrir muchas puertas, pero las pymes también necesitan encontrar cómo cruzarlas.
Y a los pequeños empresarios nos toca hacer nuestra parte. Porque es muy cómodo quejarnos de las decisiones del gobierno o de que las cámaras solamente escuchan a los grandes, mientras nosotros seguimos demasiado ocupados para involucrarnos. Organizarse también exige tiempo, participación y, de vez en cuando, dejar de pensar exclusivamente en nuestro propio negocio.
Después de cincuenta años, quizá el mayor desafío del CCE no sea conseguir un asiento frente al gobierno, sino ayudar a que esa interlocución se traduzca en oportunidades que sobrevivan a los sexenios y alcancen a empresas de todos los tamaños. Porque el desarrollo de un país no depende solamente de quién conduce el tren, sino también de quién construye las vías, quién mantiene las estaciones y cuántos estamos dispuestos a subirnos.
