Para entender cómo ha cambiado la operación de los bancos y el sector financiero en México, hay que mirar tres pilares, la evolución de la tecnología, como ha cambiado la regulación y cómo el sector ha aprendido a controlar mejor los riesgos.
En nuestro caso, en 1986, el sector operaba bajo un modelo analógico, intensivo en papel y dependiente de conciliaciones manuales, con tiempos de respuesta que hoy nos parecerían inviables. Cuatro décadas después, la realidad es radicalmente distinta: nos encontramos inmersos en un ecosistema financiero global interconectado, digitalizado y capaz de procesar infinidad de operaciones complejas en milisegundos.
Esta evolución no ha sido homogénea. Si bien, las primeras décadas sirvieron para robustecer los marcos normativos tradicionales, la verdadera explosión de crecimiento y disrupción ocurrió en los últimos 12 a 15 años. La llegada de nuevos jugadores, la adopción de la nube y los modelos de banca abierta aceleraron el mercado a una velocidad tal, que hoy más del 85% de las transacciones del sector ocurren en entornos virtuales.
Para las autoridades y las instituciones financieras, no solamente en México, este dinamismo trae consigo un doble reto, fomentar la innovación y la inclusión financiera sin descuidar la estabilidad del sistema ni la protección del usuario.
Desde la perspectiva de Control y Cumplimiento, la lección ha sido clara: el crecimiento sostenible de la industria no se logra relajando los controles, sino modernizándolos a través de pilares estratégicos.
El primer pilar de este progreso ha sido la reorganización de funciones dentro de las instituciones. La complejidad del entorno actual exige transitar de estructuras jerárquicas y aisladas hacia modelos de gobernanza dinámicos. Hoy, las tres líneas de defensa en la gestión de riesgos (gestión operativa, supervisión y control y auditoría interna) deben operar de manera integral, en donde cada parte realiza sus funciones de forma segregada –el diseño organizacional indispensable para prevenir conflictos de interés–, pero con una misma meta: mitigar el fraude en la era digital.
El segundo pilar radica en la identificación de procesos clave. La digitalización mal entendida suele automatizar la ineficiencia. El verdadero avance del sector se dio cuando las instituciones remapearon sus procesos críticos bajo un enfoque basado en riesgos. Esto ha permitido blindar las operaciones más sensibles —como la originación de crédito, la captación de recursos y la prevención de lavado de dinero (PLD)—, asegurando que cada flujo digital cuente con una traza de auditoría inalterable que brinde certeza tanto a los comités internos como a los reguladores.
Como tercer elemento fundamental, la consolidación de un back office y middle office sólido ha demostrado ser el verdadero diferenciador de las instituciones resilientes. En un mercado donde la competencia suele centrarse en la experiencia del cliente (front office), la madurez de una entidad financiera se mide por la robustez de su infraestructura interna. No es coincidencia que hoy la industria financiera global destine entre el 10% y el 15% de su gasto operativo total a funciones de control, compliance y ciberseguridad. Un back office automatizado es el que permite absorber los impactos de la volatilidad financiera, garantizar la continuidad del negocio ante contingencias tecnológicas y cumplir en tiempo y forma los requerimientos de reportes regulatorios.
Finalmente, el gran habilitador de esta historia ha sido la implementación de sistemas tecnológicos avanzados. La tecnología dejó de ser un área de soporte operativo para convertirse en el núcleo de la estrategia de cumplimiento. La transición hacia sistemas integrados y el uso de herramientas de supervisión tecnológica han transformado la naturaleza del control.
Hemos evolucionado de una supervisión reactiva y muestral a un monitoreo transaccional predictivo y en tiempo real. Esto no solo optimiza la mitigación de riesgos como el cibernético o el de suplantación de identidad, sino que facilita una colaboración más transparente y eficiente con las autoridades supervisoras.
La madurez digital de la industria financiera no se mide por la velocidad de sus transacciones, sino por la solidez y transparencia de los controles que las respaldan. Al hacer el balance de estos 40 años, es evidente que el progreso ha sido guiado por una visión de corresponsabilidad.
La tecnología y la reorganización operativa son los motores de la eficiencia, pero el compromiso con el cumplimiento normativo es el ancla de la confianza. Mirando hacia el futuro, el desafío permanece en continuar innovando sobre la base irrenunciable del orden, la legalidad y la resiliencia institucional.
