Colaborador Invitado

El cuarto piso

He dedicado buena parte de estos años a enseñar y a construir herramientas de inteligencia artificial, y mientras más lo hago más me convenzo de que la IA puede dar respuestas, pero por ahora no puede agradecer por ese aprendizaje. Esa prerrogativa sigue siendo una tarea humana.

En el cúmulo de experiencias que definen al mexicano, llegar al “cuarto piso” ocupa un lugar especial. La expresión engloba esa dualidad que muchas veces abarca la esencia de esta tierra: broma y vértigo en proporciones análogas, aunque también una moraleja arquitectónica con cierta profundidad existencial. Ninguna construcción inicia por el cuarto piso, hay que erigir primero cimientos, columnas y una planta baja que en algún momento se echa a andar sin saber lo que habrá encima. A partir de hoy y durante la próxima década habitaré mi propia versión del cuarto piso y, si pudiera elegir una sola palabra para envolver estos primeros cuarenta años, solo podría escoger agradecimiento.

En este espacio suelo escribir sobre tasas de interés, déficits, crecimiento y trayectorias de deuda. Sin embargo, como sugieren los conversadores más amenos, hoy me permito una licencia: reflexionar sobre aquello que definimos como valioso. En un tiempo donde ese concepto está cambiando de forma acelerada resulta indispensable recordar de dónde viene aquello que en un mercado no se podría intercambiar.

Como ocurre en una construcción, corresponde iniciar con los cimientos. El día antes de que yo naciera, mi mamá cocinó un mole almendrado, receta oaxaqueña de paciencia y almendra tostada, para celebrar el aniversario de bodas de mis abuelitos. Llegué al mundo, entonces, en medio de una fiesta por un amor longevo que supo guiarme, al menos, dos décadas más. Con los años he entendido que no hay mejor manera de nacer: como testigo de una historia de cuidado que empezó mucho antes que uno. Como sugiere Borges “por los ríos secretos e inmemoriales que convergen en mí”. A mi mamá le debo la vida y, con ella, la primera lección: el amor se prepara con el sigilo y tiempo necesarios.

A mi papá, por su parte, le debo algo igual de difícil de medir: la compañía. Estuvo siempre, en mis decisiones clave y me educó en una disciplina, la que consiste en agradecer por los dones. No por los logros, que uno tiende a atribuirse a sí mismo, sino por lo recibido sin mérito: la salud, los maestros, los amigos, la curiosidad. Jorge Luis Borges, al escribir el “Otro poema de los dones”, concibió esa idea al construir una larga letanía de gratitudes por lo grande y por lo mínimo. Entre ellas hay una que hoy se lee casi como profecía: por el lenguaje, que puede simular la sabiduría. Lo escribió en 1964 y seis décadas después describe con precisión incómoda a los algoritmos que hoy imitan el lenguaje humano. Leerlo es aprender que agradecer también es una forma de hacer inventario de la propia vida.

Esa lección tiene hoy una vigencia económica inesperada. La teoría del capital humano, desde Gary Becker, trató la educación como una inversión: se acumula conocimiento y la retribución llega en forma de productividad y salarios. Claudia Goldin y Lawrence Katz describieron el siglo XX como una carrera entre la educación y la tecnología que los países ganan cuando su fuerza laboral aprende más rápido de lo que la tecnología cambia. Ahí es donde la inteligencia artificial altera los términos de dicha carrera, puesto que el conocimiento codificado se vuelve abundante y barato, alterando el sentido que la escasez le aporta al conocimiento.

Conviene no exagerar la magnitud del cambio. Daron Acemoglu estimó en 2024 que la IA elevaría la productividad total de los factores en Estados Unidos alrededor de 0.7% acumulado en una década, una cifra modesta frente al entusiasmo de los mercados. Pero aun si el efecto agregado es gradual, la redistribución de lo que ésta adopción vale al interior del trabajo ya está ocurriendo. Cuando saber algo deja de ser ventaja, la ventaja pasa a ser la capacidad de seguir aprendiendo: formular la pregunta correcta, distinguir un dato verosímil de uno verdadero, reconocer lo que uno no sabe.

Y aquí la economía se encuentra con la gratitud. Aprender exige una disposición previa: admitir que otros saben lo que uno ignora y que casi todo lo que uno sabe lo heredó de alguien más. Milito en la idea de que el agradecimiento mantiene esa puerta abierta: una vida profesional llena de satisfacciones y más de una década frente a mis estudiantes en el aula me confirman esa idea. He dedicado buena parte de estos años a enseñar y a construir herramientas de inteligencia artificial, y mientras más lo hago más me convenzo de que la IA puede dar respuestas, pero por ahora no puede agradecer por ese aprendizaje. Esa prerrogativa sigue siendo una tarea humana.

Hay además algo que la economía suele dejar al margen. Los bienes más valiosos de una vida no pasaron por un mercado: no se compraron, no se negociaron, no generaron deuda. Se regalaron. El amor de unos padres es la forma más pura de transferencia sin contrapartida, y quizá por eso la única respuesta proporcionada no es devolverlo, que es imposible, sino reconocerlo y heredarlo a la generación que viene.

Borges cerró su inventario dando gracias “por los íntimos dones que no enumero”. Los míos empezaron en una casa donde se cocina para celebrar el amor. A mis papás, que pusieron los cimientos sin pedir nada a cambio: gracias. Cada piso se levanta sobre lo que otros pusieron primero, y la única manera de honrar ese regalo es seguir construyendo, ahora junto a mi familia, con la misma generosidad.

Víctor Gómez Ayala

Víctor Gómez Ayala

Economista en jefe de Finamex Casa de Bolsa y Fundador de Daat Analytics

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