Cuando emigras, más allá de los trámites y los sellos, hay una pregunta que te acompaña y te da miedo: ¿Este lugar me va a hacer un espacio? A mí me tomó muy poco descubrir la respuesta de México.
Soy una migrante privilegiada. Llegué a México desde Alemania hace más de nueve años. Muchas cosas fueron fáciles: vine por voluntad propia, con un pasaporte que me abría las puertas y con la tranquilidad de saber que, si todo salía mal, podía volver. Al trabajar con miles de personas refugiadas y migrantes, he pensado lo diferente que hubiera sido vivir la travesía de tener que escapar de algo. Y a la vez, he pensado cuánto empatizo, porque yo también viví miedo e incertidumbre de poder encajar en México.
Durante años trabajé con organismos internacionales, redactando informes y discutiendo la vida de personas a las que nunca les había visto la cara. Un día dejó de tener sentido decidir sobre gente que solo conocía en papel. Quise dejar de mirar la realidad desde lejos y vivirla. Nunca había pisado México antes, pero encontré una oportunidad aquí.
Aún con todas mis ventajas, cuando aterricé en México entendí que ningún pasaporte te ahorra lo esencial. Llegué sin familia, sin red, sin saber cómo se paga el camión ni cómo encontrar un doctor o hacer mis impuestos. En ocasiones sentí que era diferente a la gente mexicana, demasiado directa en una cultura muy cálida y empática. Me sentí desorientada, fuera de lugar. Y debajo de esa torpeza latía la misma pregunta callada, que carga cualquiera quien empieza de cero en un país ajeno: ¿podré pertenecer aquí?
México me contestó casi de inmediato. Compañeros y compañeras de trabajo me introducían a la comida callejera mexicana. Gente que solo había visto una vez me invitaba a la cena del grupo de amigos. Cuando no entendían mi humor alemán -seco e irónico- me veían raro por un momento, pero después seguían como si nada. Me ayudaban generosamente a entender el país. Me enseñaban con entusiasmo los modismos. Había vivido en otros países antes y entendí rápidamente las ganas de la gente de hacerme sentir en casa, lo cual considero un regalo enorme.
Querer a un país tanto como quiero a México también significa mirarlo de frente. Pocos años después de llegar a México, en 2018, fundé Intrare. No fue coincidencia, vi en México algo con lo que todo el mundo estaba batallando. Entre más migrantes y refugiados llegaban a Alemania, Suecia, Inglaterra y Estados Unidos, más crecía el rechazo y creencias negativas. Sí había y hay mucha bienvenida e integración. Pero también empezó a crecer la polarización y partidos anti-migrantes la alimentan con odio. En México no veía esto. En México veía un país al que llegaban varias personas migrantes y refugiadas. Vi una oportunidad de hacer inclusión laboral y a través de ella, ampliar actitudes positivas hacia la migración.
Claro, en México también es difícil ser refugiado o migrante.
He visto a refugiados que a pesar de las ganas y preparación no logran obtener un empleo formal y caen en hambre, tienen que dormir en la calle, sin poder sostener ni a la familia que trajeron ni a la que se quedó en su país. He visto que la mayoría de los empleadores no saben qué es un refugiado, menos cómo contratarlo. Hasta la tecnología pensada para ayudar -esos algoritmos de reclutamiento- llega llena de sesgos que castigan a quien no cabe en el molde. Hay burocracia, prejuicios, xenofobia. El camino de México todavía es largo y le falta un buen tramo por andar. Pero aún así, tiene una ventaja clave: México quiere abrir la puerta.
En 2023, México recibió aproximadamente 141,000 solicitudes de asilo, la cifra más alta en una década, y quedó entre los cinco países que más refugio ofrecen en todo el planeta, por delante de naciones más ricas. Vienen de Haití, Honduras, Cuba, Venezuela. Más de la mitad escapa de la violencia y las amenazas.
Vale la pena detenerse en ese número. Un país que no es una potencia económica está recibiendo a la escala de las potencias y lo hace con los brazos abiertos. A un país lo retrata la manera en que trata a quien llega sin nada y bajo esa mirada México es más grande de lo que él mismo se cree.
He conocido innumerables personas refugiadas y migrantes que no se rinden aun cuando tienen razones para pensar que nada va a salir bien. Que México decida hacerles un lugar sin duda aporta a esa fuerza y resiliencia. La calidez termina siendo más que un buen gesto. Se vuelve el material con el que alguien logra levantar de nuevo una vida entera.
También he conocido mexicanas y mexicanos - desde vecinos y doctores hasta gente en empresas como directivos Recursos Humanos, reclutadores y líderes de equipos - quienes deciden abrir la puerta. Cambian el proceso de reclutamiento o los requisitos de contratación. Dan una plática a toda su empresa para anunciar la incorporación de refugiados y migrantes. Escuchan, tienen paciencia y curiosidad.
He vivido en varios países y ninguno me abrazó como México, a pesar de ser una cultura diferente a la mía. Creanlo o no, ¡en Suiza fue más difícil encajar que en México! Lo digo con los años que llevo aquí y con las historias que vi salir bien porque alguien se animó a abrir un poco más la puerta.
México es un ejemplo de inclusión en varios aspectos. En Intrare hemos unido fuerzas con la Universidad de Oxford para estudiar por qué se han desarrollado actitudes tan positivas hacia migrantes y refugiados en las empresas mexicanas - un ejemplo sobre cómo contrarrestar la polarización del cual puede aprender el mundo. No necesita convertirse en otro país para estar a la altura de su propia calidez. Le bastaría con volverla intención: convertir en estructura, en política y en trabajo digno eso que hoy, ocurre por instinto y buena voluntad, para que la puerta abierta no dependa de la suerte.
Haber llegado a este país que abraza es un regalo enorme. Y lo agradezco. Gracias, México querido, por haberme hecho un lugar desde el día que llegué. Esa puerta abierta me cambió la vida, y me dejó con una gran misión que hoy, es mi trabajo y motivación: hacer lo que esté en mis manos para que más personas, casi siempre con menos de lo que yo traía en la maleta, encuentren aquí lo mismo que yo encontré. Un hogar. Uno de verdad.
Hannah Töpler es fundadora y CEO de Intrare, startup que construye modelos de IA para el reclutamiento sin sesgos y altamente preciso. Es asesora a empresas y proyectos basados en IA y forma parte de Women in AI. Anteriormente, estuvo a cargo del desarrollo de nuevos negocios y estrategias de impacto con equipos locales e internacionales para Oxfam México y Oxfam Internacional. Trabajó con la Representación Alemana ante la ONU, y para think tanks y organizaciones de impacto social en Bruselas y Ginebra, enfocada en dinámicas del mercado laboral y soluciones innovadoras.