¿Podría un Congreso demócrata frenarlo? Yo creo que, por lo menos, le dificultaría mucho la existencia y eso ya sería ganancia.
¿Alguna vez su indignación le ha llevado a preguntarse por qué Donald Trump puede abusar de ciudadanos estadounidenses y dignatarios extranjeros con impunidad?
¿O por qué puede hacer cosas que normalmente deberían estar limitadas por el Congreso, los tribunales, las leyes, los estados u otras agencias del gobierno?
¿Por qué es tan difícil frenarlo cuando presiona a funcionarios nacionales e internacionales para doblegarlos?
¿Por qué utiliza recursos federales para fines políticos y desafía normas e instituciones democráticas tradicionales sin que nadie le acote?
¿Por qué nadie le impide utilizar su posición para potenciar sus negocios y los de su familia?
Algunos profesionales de la salud mental han interpretado su conducta en términos de narcisismo patológico.
Otros analistas políticos opinan que su conducta hostil es una estrategia deliberada de comunicación populista porque ante su base, la intimidación es una demostración de autenticidad, autoridad y fuerza.
Hay, sin embargo, una explicación institucional que resulta más importante para entender cómo puede ejercer tanto poder.
Desde los atentados del 11 de septiembre, el Poder Ejecutivo ha acumulado facultades considerables en materias como seguridad nacional, inmigración, comercio y poderes de emergencia. Esto significa que un presidente dispone de instrumentos que puede utilizar unilateralmente antes de que el Congreso o los tribunales puedan reaccionar.
A ello se suma un Congreso cuya capacidad de ejercer contrapesos depende de la voluntad de sus propios miembros para legislar, investigar y supervisar al Ejecutivo, y para los republicanos limitar a Trump equivale a ayudar a los demócratas.
En el caso de Trump, el control republicano de ambas cámaras le ha facilitado avanzar su agenda y dificultado la aprobación de medidas legislativas destinadas a limitarla.
Otro factor es que las instituciones que tradicionalmente han funcionado como contrapesos internos del poder presidencial: la burocracia profesional, el Departamento de Justicia, las agencias reguladoras y otros organismos del gobierno se han doblegado.
Últimamente, la Suprema Corte estableció límites y protecciones al alcance del poder presidencial, pero en 2024, en Trump v. United States, determinó que un expresidente goza de inmunidad absoluta frente al procesamiento penal por actos comprendidos dentro de sus facultades constitucionales exclusivas y, al menos, de inmunidad presuntiva por otros actos oficiales.
En resumen, Trump no puede ejercer tanto poder simplemente porque “Trump es Trump”.
Su capacidad de hacerlo depende de una combinación de facultades presidenciales, leyes, decisiones judiciales, estructura institucional, control partidista del Congreso y disposición de otros actores políticos a utilizar —o no utilizar— los mecanismos de control existentes.
Y suponer que algún día Trump verá la luz en el camino a Damasco no constituye una estrategia política.
Lo más útil es imaginar escenarios institucionales capaces de limitar, en la práctica, sus abusos.
Para este noviembre, las encuestas muestran cambios importantes en las preferencias de los votantes que favorecen al Partido Demócrata.
Al respecto, el voto latino merece especial atención. Los hispanos representan actualmente alrededor del 16 por ciento de los votantes.
Su peso es particularmente importante en estados como California, Texas, Arizona, Florida y Nuevo México, y también puede ser relevante en distritos congresuales competitivos.
Una encuesta reciente de The New York Times/Siena University, publicada en septiembre, encontró que más del 65 por ciento de los votantes hispanos desaprueba la gestión de Trump y que 78 por ciento preferiría que los demócratas controlaran el Congreso.
¿Podrá un Congreso demócrata frenar los abusos de Trump?
Yo creo que, por lo menos, le dificultaría mucho la existencia y eso ya sería ganancia.