Colaborador Invitado

¿Déjà vu David vs Goliat?

Sentando un admirable ejemplo de valor y dignidad, el canadiense Mark Carney se enfrenta a las arbitrariedades de Trump.

Por siglos, la relación entre Canadá y Estados Unidos ha sido excepcionalmente estrecha, amistosa y de profunda cooperación económica, militar y cultural; son los socios comerciales más grandes del mundo; comparten la frontera internacional más larga del planeta sin fortificaciones militares y con un flujo libre y ágil de personas y mercancías; colaboran en la defensa continental y han sido aliados clave en la OTAN; las redes de petróleo, gas y electricidad de ambos países están profundamente integradas y son mutuamente dependientes.

La armonía centenaria, sin embargo, se ha convertido en discordia con Trump en la presidencia. Inventando problemas de inmigración indocumentada y tráfico de drogas en la frontera entre ambos países, Trump firmó una orden ejecutiva para imponer aranceles del 25% a las importaciones canadienses.

Canadá respondió gravando importaciones de EU y Trump amenazó con nuevos aranceles a la importación de automóviles. Carney respondió igualando la tasa a los autos americanos que no cumplen con el T-MEC.

La furia de Trump creció y en las semanas siguientes impuso más aranceles no solo a Canadá, sino a gran parte del mundo. Carney buscó recomponer los vínculos comerciales con China y Trump, enfurecido, amenazó con un arancel del 100% sobre bienes canadienses que, según dijo, impondría si Canadá seguía adelante con un acuerdo comercial con China.

Las amenazas de Trump continuaron introduciendo demandas de última hora que apuntaban directamente a la política lingüística del idioma francés, a las leyes de protección de la cultura quebequense y a las normativas de transmisión digital en Canadá. También intentó limitar la libertad de Canadá de firmar acuerdos comerciales con otros países.

Históricamente, Canadá ha mantenido una cláusula de excepción cultural en sus tratados de libre comercio para proteger industrias como el cine, la televisión y la música. Lo que Trump demanda es debilitar este marco para asegurar el libre acceso de sus industrias creativas digitales y de entretenimiento al mercado canadiense.

Canadá tiene dos idiomas oficiales, el inglés y el francés, y formalmente el país es bilingüe a nivel federal para garantizar que las instituciones ofrezcan servicios en ambos idiomas. Cuando Trump exigió debilitar o alterar las leyes de protección del idioma francés vigentes en la provincia de Quebec, sus demandas fueron catalogadas por el primer ministro canadiense, Mark Carney, y diversos líderes provinciales como “inaceptables”.

La ofensa rebasó lo imaginable cuando Trump declaró que Canadá estaba destinado a convertirse en el Estado 51 de la Unión Americana. Sin recato alguno, Trump atentó directamente contra la soberanía nacional y la independencia política y económica de Canadá.

Carney es consciente de los peligros de enfrentar a un enemigo poderoso, pero también sabe que cuenta con el apoyo de sus conciudadanos, que han respondido con firmeza rechazando los chantajes de Trump.

Nadie sabe cómo terminará el sainete que Trump ha montado, pero la historia nos ofrece un referente apropiado. Cuando el gigante Goliat desafió al ejército de Israel, el pequeño David lanzó una piedra con su honda que se hundió en la frente del gigante. Caído, David le sacó su espada y le cortó la cabeza. Desconcertado y humillado, el ejército enemigo huyó.

Si bien el relato bíblico de la batalla contiene exageraciones y contradicciones literarias, lo cierto es que sí hubo un combate real entre un soldado israelí y un campeón filisteo, y que el tamaño del desafío no determinó el resultado. Por el contrario, mostró que el valor no significa ausencia de miedo, sino actuar a pesar de él, como lo han hecho hasta hoy Carney y los canadienses.

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