Colaborador Invitado

La burbuja de la IA puede ser una buena noticia para América Latina

Hoy, miles de millones de dólares se destinan a centros de datos, chips y modelos fundacionales. Es posible que parte de esa inversión nunca genere los rendimientos esperados. Pero cuando la tecnología madure, esa infraestructura permanecerá y el costo de acceder a inteligencia artificial caerá de forma acelerada.

Nunca había existido tanto entusiasmo por una tecnología como la que hoy rodea a la inteligencia artificial. Tampoco habíamos visto una inversión tan acelerada en infraestructura tecnológica. Sin embargo, en conversaciones con empresarios, inversionistas y emprendedores encuentro una paradoja: nunca había escuchado tanto pesimismo sobre el futuro.

Las preocupaciones suelen repetirse: “el mercado terminará concentrado en unos cuantos”; “La IA es una burbuja destinada a explotar”; “América Latina llegará tarde a una carrera cuyos ganadores ya están definidos”.

Desde esta región, el auge de la IA puede parecer una fiebre del oro que ocurre a miles de kilómetros de distancia. Basta con mirar dónde se están construyendo los grandes centros de datos o dónde se concentran las inversiones multimillonarias en empresas de frontier models. Es fácil concluir que la revolución de IA le pertenece a otros.

Yo creo que esa lectura es equivocada.

Hace poco encontré una imagen que me ayudó a entender por qué tendemos a interpretar mal las grandes transformaciones tecnológicas. The Fighting Temeraire, de J.M.W. Turner, suele verse como una despedida melancólica de la era de los grandes barcos de vela. Yo lo veo distinto: como el retrato del nacimiento de una nueva tecnología. Más que el fin de una época, representa el comienzo de otra.

Todas las grandes revoluciones tecnológicas: el ferrocarril, la electricidad, los semiconductores o el Internet, estuvieron acompañadas de entusiasmo, inversión y especulación. Una burbuja. El patrón se repite: un nuevo invento es desestimado por los actores establecidos, y luego es adoptado a medida que su potencial se hace evidente; después el capital inunda el mercado, las valuaciones se disparan y finalmente aparece la corrección. Algunas empresas desaparecen y muchos inversionistas pierden dinero.

Pero hay un aspecto de esa historia que con frecuencia olvidamos: aunque las burbujas destruyen valor para algunos inversionistas, también dejan una infraestructura sobre la que después crece el resto de la economía.

El ejemplo del ferrocarril resulta particularmente bueno. Durante el siglo XIX se invirtieron cantidades extraordinarias de capital para tender vías férreas por todo el mundo. Muchas de esas inversiones jamás generaron los rendimientos esperados y numerosas compañías quebraron. Sin embargo, las vías permanecieron. El costo del transporte cayó de manera permanente y agricultores, comerciantes e industriales pudieron acceder a mercados antes impensables. La mayor parte del valor terminó capturándose fuera del sector ferroviario.

Por eso vale la pena hacerse una pregunta distinta sobre la inteligencia artificial: ¿Y si la burbuja no fuera el problema, sino el mecanismo mediante el cual se está financiando el futuro?

Hoy, miles de millones de dólares se destinan a centros de datos, chips y modelos fundacionales. Es posible que parte de esa inversión nunca genere los rendimientos esperados. Pero cuando la tecnología madure, esa infraestructura permanecerá y el costo de acceder a inteligencia artificial caerá de forma acelerada.

Y ahí es donde América Latina tiene una oportunidad extraordinaria.

Cuando el entusiasmo se modere y el mercado encuentre un nuevo equilibrio, el costo de la inteligencia caerá de forma acelerada. Esa caída no será una mala noticia; será un regalo para quienes no tuvieron que invertir en la infraestructura que la hizo posible.

Mientras hoy las grandes tecnológicas invierten cientos de miles de millones de dólares en centros de datos, chips, energía y modelos fundacionales, un emprendedor en Ciudad de México, Bogotá o Santiago, podrá acceder, por unos cuantos dólares de consumo en una API, a capacidades que hace apenas unos años habrían costado una fortuna desarrollar.

Esa es la verdadera oportunidad para América Latina: nuestra región no necesita ganar la carrera por construir el mejor modelo de inteligencia artificial, del mismo modo que un comerciante nunca necesitó ser dueño de una red ferroviaria para beneficiarse de ella.

La historia demuestra que el mayor valor suele crearse cuando una infraestructura deja de ser escasa y se convierte en una plataforma accesible para todos. El liderazgo pasa entonces de quienes la construyeron a quienes encuentran las formas más creativas de utilizarla.

Eso es precisamente lo que puede ocurrir con la inteligencia artificial. Las empresas que desarrollan los modelos más avanzados difícilmente conocerán con el mismo nivel de profundidad los problemas de la manufactura mexicana, la inclusión financiera en América Latina, la logística regional o los retos de nuestros sistemas de salud y educación. Esa ventaja seguirá perteneciendo a quienes entienden esos mercados desde dentro.

La verdadera competencia no será por desarrollar el modelo más sofisticado, sino por encontrar los usos más valiosos para una inteligencia que cada año será más barata en nuestro contexto local.

La nueva tecnología puede cambiar el mundo, pero no ha cambiado la naturaleza humana. Sobrevivir y prosperar en la nueva era solo requiere la misma fortaleza y el mismo coraje que en la época de Turner.

Manuel Sescosse

Manuel Sescosse

Socio en Kayyak Ventures

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