Durante décadas, el éxito manufacturero de México estuvo estrechamente ligado a la industria automotriz. Esa historia está cambiando: México se ha convertido en un proveedor relevante de servidores y equipos para centros de datos destinados al mercado estadounidense.
En 2025, mientras la economía mexicana creció apenas 0.6%, las exportaciones manufactureras no automotrices aumentaron 17%. Las exportaciones de computadoras y productos electrónicos crecieron 118% y explicaron cerca de 90% de ese avance. La tendencia se ha acelerado: las exportaciones de servidores aumentaron 172% anual en los 12 meses terminados en junio de 2026.
Pero detrás de estas cifras hay un debate legítimo sobre cuánto valor está capturando realmente el país. Una postura crítica sostiene que México ensambla más de lo que fabrica. Una parte considerable de los servidores incorpora componentes procedentes de Asia; en 2025, las importaciones mexicanas de productos tecnológicos desde Taiwán aumentaron 276%. Los componentes llegan a México, se ensamblan y después se exportan a Estados Unidos. Esto refleja el nearshoring, pero también demuestra que participar en una cadena global de valor no equivale necesariamente a capturar una parte significativa de ese valor.
Existe, sin embargo, una postura contraria que merece tomarse en serio. Algunos análisis recientes señalan que el déficit comercial de Estados Unidos con México, como proporción de sus exportaciones, no ha aumentado pese al auge, lo que podría ser consistente con una mayor participación regional en la cadena de suministro. Además, según cifras del INEGI, el valor agregado nacional en los sectores de electrónicos y equipo de cómputo se situó entre 18% y 26% en 2024, muy por encima del 3–7% que otras estimaciones atribuyen específicamente a los servidores de inteligencia artificial. Las cifras probablemente miden cosas distintas: una abarca toda la industria electrónica y la otra, un producto muy concreto dentro de ella.
Este desacuerdo no cambia la pregunta de fondo: ¿cómo pueden crecer tanto las exportaciones mientras el PIB permanece débil? El valor bruto exportado no equivale al valor agregado generado dentro del país. Además, la elevada automatización de la producción de servidores puede limitar el número de empleos creados por cada dólar exportado. A diferencia de la industria automotriz, que desarrolló una extensa red de proveedores mexicanos, la industria tecnológica todavía cuenta con un ecosistema doméstico mucho más limitado.
México ya consiguió algo que hace pocos años parecía improbable: convertirse en un nodo relevante de la infraestructura física que sostiene la revolución de la inteligencia artificial. El reto ya no es determinar si esta integración genera valor, sino si genera suficiente y si permitirá avanzar del ensamblaje hacia actividades de mayor contenido tecnológico.
En este contexto, vale la pena reflexionar sobre el T-MEC. Exigir un mayor contenido regional antes de que exista una base competitiva de proveedores podría encarecer la producción y desviar inversiones hacia otros países. Más urgente que imponer nuevas reglas de origen es resolver las carencias conocidas: energía abundante y competitiva, agua, infraestructura logística y talento especializado. Sin estas condiciones, ninguna regla de origen creará por sí sola una cadena nacional de proveedores sólida.
La oportunidad surge en un momento en que Estados Unidos busca cadenas de suministro más resilientes y cercanas. Sin embargo, la ventana no permanecerá abierta indefinidamente. El éxito no se medirá solo por los miles de millones de dólares exportados, sino por cuánto de ese valor se convierta en empleos especializados, proveedores nacionales, productividad, tecnología y crecimiento dentro de México.
