Platicando con mi nieta sobre su trabajo en el Distrito de las Artes de Los Ángeles, me comentó que al caminar hacia su oficina, no experimentaba la misma sensación de seguridad que había sentido recorriendo las calles de la venerable Praga, donde acababa de concluir un internado.
Su comentario despertó mi curiosidad. ¿Será cierto que Praga es más segura que Los Ángeles? ¿Se sienten los europeos más tranquilos paseando por sus estrechos callejones que los estadounidenses transitando por sus descomunales autopistas?
Casualmente, el mismo día de nuestra conversación, The Economist publicó un artículo planteando una pregunta similar: “¿Es Europa más segura que Estados Unidos?”. “Si uno se guía por las redes sociales”, decía el artículo, “parecería que en Europa abundan los jóvenes dispuestos a apuñalarte para arrebatarte el teléfono, mientras que en Estados Unidos predominan los tiroteos masivos, los gánsteres armados y los agentes de ICE que actúan con extrema violencia y arbitrariedad”.
Más allá de las simplificaciones salpicadas de medias verdades y exageraciones, comparar las estadísticas de criminalidad entre ciudades es una tarea compleja. Como señala un estudio del University College London, las tasas de delincuencia dependen, entre otros factores, de la forma en que se delimitan las áreas metropolitanas. Si una ciudad incorpora amplias zonas periféricas de baja densidad, ciertas estadísticas pueden hacer que otras áreas parezcan más seguras de lo que realmente son.
Aun con estas reservas, la mayoría de los indicadores internacionales de delincuencia y seguridad pública respaldan la impresión de mi nieta. Praga es considerablemente más segura que Los Ángeles, tanto para sus habitantes como para los turistas.
Las agresiones, los robos y los homicidios ocurren con una frecuencia muy inferior. De hecho, Praga y la República Checa registran una de las tasas de homicidios y delitos violentos más bajas del mundo.
La violencia con armas de fuego en Praga es excepcionalmente rara en comparación con Los Ángeles, y la mayoría de los visitantes afirma sentirse segura al caminar por su centro histórico incluso al anochecer, aunque guardando las precauciones habituales en cualquier gran ciudad.
La principal preocupación para los turistas sigue siendo la delincuencia menor, especialmente los carteristas que operan en los tranvías y estaciones de metro más concurridos.
La grata experiencia de mi nieta me recordó mis propias visitas a esa maravillosa reliquia de Bohemia, una ciudad que parece haberse detenido en el tiempo.
Mis recuerdos de la Praga de 1968 son agridulces. Antes de que los tanques soviéticos fracturaran el adoquinado de sus calles centenarias para aplastar la Primavera de Praga encabezada por Alexander Dubček y los reformistas, la ciudad se sentía segura y se vivía un ambiente festivo, de día y de noche.
La población se ilusionaba con la posibilidad de construir un “socialismo con rostro humano”, sustentado en las libertades civiles y el respeto a los derechos humanos.
Al día siguiente de la invasión, una atmósfera triste y sombría se apoderó de la ciudad. Ver las largas filas de personas esperando para comprar pan, y leer las pancartas en las que nos pedían a los turistas que contáramos al mundo lo que estaba ocurriendo, fue una experiencia desgarradora. La seguridad había desaparecido.
Cuando regresé cuarenta años después, tuve la impresión de que Praga había recuperado buena parte de su antiguo esplendor. Rebosante de visitantes, vendedores y artistas callejeros, la Plaza de la Ciudad Antigua, prácticamente intacta desde la Edad Media, lucía de nuevo su extraordinaria mezcla de arquitectura románica, gótica, renacentista y barroca. En el majestuoso Puente Carlos, los jóvenes habían regresado a interpretar su música y a exhibir su arte. Nunca me sentí inseguro.
Mi recuerdo más emotivo, sin embargo, fue volver a la Plaza de Wenceslao, escenario donde Václav Havel y su Revolución de Terciopelo condujeron, en 1989, el derrumbe pacífico del régimen comunista.
Tuve la sensación de que los habitantes de la ciudad medieval habían logrado superar los traumas de la ocupación nazi de 1939 y de más de cuatro décadas de dominación comunista. Mi impresión volvió a ser que Praga es una ciudad segura porque, en términos generales, los checos son personas honestas, pacíficas y respetuosas de la ley, aunque conservan ese carácter reservado y ese humor sutil y kafkiano que forma parte de la identidad de Praga.