Cada vez me encuentro más con una frase: “Las nuevas generaciones ya no quieren crecer”. Lo veo mucho en redes sociales y lo escuché hace poco en una junta. Pero yo pienso exactamente lo contrario.
Claro que algo cambió profundamente en el mundo laboral, y negarlo sería ingenuo. Hoy vemos jóvenes que rechazan ascensos, renuncian a trabajos bien pagados, cuestionan jornadas eternas y priorizan flexibilidad por encima de un cargo que suena rimbombante.
De hecho, un estudio global de Randstad con 26 mil trabajadores encontró que el balance vida-trabajo ya es el principal motivador laboral a nivel mundial, incluso por encima del salario.
Otros reportes recientes muestran que la Gen Z ya no entiende la carrera profesional como una escalera corporativa lineal, sino como un portafolio de experiencias. Prefieren participar en proyectos relevantes y trabajar en entornos saludables antes que pasar años esperando una promoción interna.
Sí. Todo eso es cierto. El error está en asumir que ESO significa falta de ambición. Si me preguntan, estamos leyendo mal este fenómeno generacional.
Como ejemplo, en las últimas semanas en Grupo UPAX hemos estado recibiendo a jóvenes de bachillerato que forman parte del programa Internship. En esta iniciativa de Fundación Azteca, se invita a estudiantes a que conozcan cómo es el ambiente laboral en las diferentes empresas de Grupo Salinas, incluida la que yo dirijo, y así tengan otra perspectiva del mundo profesional.
Verlos tan curiosos y ansiosos por iniciar su experiencia en el terreno laboral me llena de esperanza: las nuevas generaciones sí quieren tener éxito profesional. El problema, pienso, es que muchas organizaciones siguen usando una definición de éxito que dejó de hacer sentido en el mundo actual.
De esta experiencia concluyo: los jóvenes quieren ser grandes profesionales, aunque ya no bajo las reglas tradicionales. Y esto se debe a que esta generación ya entendió tres cosas:
1. El crecimiento es más que un ascenso. Hoy, muchos jóvenes evalúan el éxito considerando bienestar, salud mental, tiempo personal, flexibilidad y calidad de vida. Y aunque algunos departamentos de RH interpretan eso como fragilidad o falta de hambre profesional, en realidad refleja una transformación cultural mucho más profunda.
2. Un cargo no es lo mismo que influencia real. Para las nuevas generaciones, liderar ya no es solo administrar personas o acumular jerarquía, sino aprender, influir, participar en decisiones relevantes y sentir que evolucionan constantemente.
3. Ya no es atractivo crecer a costa de tu propio bienestar. Las nuevas generaciones crecieron observando líderes agotados, disponibles 24/7 y normalizando el cortisol a niveles infrahumanos. Y hoy dicen: ya no más. Me alegra que hoy los jóvenes cuestionen más rápido, pongan límites antes y sean mucho menos tolerantes a culturas laborales destructivas. Y, sobre todo, que ya cuestionen la idea de que el trabajo merece cualquier sacrificio. Por todo lo anterior, creo que la pregunta no es si los jóvenes crecer como líderes, sino qué modelos de liderazgo debemos crear para ellos. Estamos entrando a una nueva etapa del mundo laboral, una donde el liderazgo va a medirse menos por jerarquía y más por capacidad de construir el famoso psychological wellnes o bienestar emocional.
Las organizaciones que entiendan eso van a atraer al mejor talento de la próxima década. Las que no, seguirán atrapadas en un diagnóstico erróneo, mientras las nuevas generaciones redefinen, frente a nuestros ojos, lo que significa crecer profesionalmente.
