De un lado, el auge de los centros de datos en Querétaro, las expectativas de casi el 60% de los mexicanos, que creen que la inteligencia artificial (IA) ha mejorado la eficiencia, la calidad del trabajo y la innovación, y los sueños de ganancias exorbitantes. De otro, el miedo al desempleo masivo y la destrucción de los recursos naturales.
Ante la histeria que ha desatado la IA, conviene tomar cierta distancia. A pesar de tanta expectación, el futuro de esta tecnología sigue siendo una incógnita incluso para los expertos. Por lo tanto, invertir en función de las especulaciones o el entusiasmo en torno a las salidas a bolsa revela una enorme arrogancia. Sin embargo, esta cuestión se ha debatido tanto que es imposible saber algo que los demás ignoren: las acciones ya lo han descontado todo.
Entre el sinfín de predicciones sobre la IA, se habla de cambios enormes, en muchos casos negativos. De hecho, esta tecnología figura entre los motivos más citados para explicar los despidos recientes. Por ejemplo, se cree que la tecnofinanciera Block habría reducido a la mitad su personal por la IA, y Banamex afirma que el 30% de los empleos formales en México podrían automatizarse.
Los pesimistas se equivocan al pensar que las innovaciones solo destruyen empleo, ya que también lo crean. En 1981, muchos economistas advirtieron que las computadoras dejarían a mucha gente sin trabajo. Y no sucedió, el trabajo simplemente cambió y los empleados adquirieron nuevas competencias. Al final, como ha pasado en innumerables ocasiones, la historia se repite.
La IA favorece el reciclaje profesional y las posibilidades de contratación, no el desempleo generalizado. Muchas empresas internacionales que recortaron su plantilla por la IA están volviendo a contratar, como IBM o Ford, porque subestimaron el valor del criterio y la supervisión humanos.
Hasta hoy, la proporción de despidos atribuibles a la IA es mínima. Lo cierto es que la cotización de Block se ha desplomado en los últimos años. Como en muchas empresas, habían contratado a demasiada gente tras la pandemia y la IA solo fue la excusa.
Por otro lado, los optimistas sobrevaloran la velocidad a la que avanzan los grandes cambios. Por ejemplo, Internet comenzó con módems y computadoras de sobremesa. Luego, llegaron la banda ancha, la conexión inalámbrica y los portátiles asequibles. Y más adelante, los teléfonos inteligentes, las redes sociales, las videoconferencias o los pagos por medio del móvil, entre otras innovaciones. Han hecho falta varias décadas.
La inquietud por el consumo de electricidad y agua de los centros de datos en México está justificada. En todo caso, la oposición política y la escasez de chips están frenando su implantación. Lo mismo ocurre a escala mundial.
La IA transformará profundamente algunos sectores. Otros, no tanto. ¿Puede mejorar la receta del pastel de tres leches o la eficacia de la cinta aislante? Quizá sirva para optimizar la logística para su transporte y almacenamiento, pero, más allá de eso, poco más.
Hay que evitar pensar en la IA en términos excluyentes. Las aplicaciones móviles de reparto de comida como Rappi prosperaron mientras seguía creciendo la facturación de los supermercados y los restaurantes. Cuando las grandes superficies transformaron el negocio minorista, fue cuestión de tiempo que también lo hiciera el comercio electrónico. Aun así, a muchas tiendas pequeñas les va bien a la sombra de megacentros comerciales, como el de Santa Fe en Ciudad de México.
La IA lo cambiará todo, pero con el tiempo. A la larga permitiría a los abogados olvidarse de las tareas rutinarias para dedicarse a otras más productivas; de igual manera que los coches autónomos aliviarán la escasez de conductores, como sucede en México, y darán a las personas con discapacidad una mayor independencia.
La IA también será útil para las entidades financieras mexicanas, pero ¿sustituirá a todo el mundo? Definitivamente, no. Los clientes no solo buscan conocimientos técnicos, también exigen responsabilidad. Intente que una aplicación de IA asuma la responsabilidad si se equivoca con su declaración de la renta. La privacidad de los datos es otra cuestión esencial.
Asimismo, al maltrecho sistema sanitario mexicano le viene bien la eficiencia de la IA. De hecho, la aplicación de biomonitorización Medsi AI, con sede en Ciudad de México, sirve para detectar precozmente enfermedades crónicas.
En todo caso, ninguna gran empresa ha cambiado el mundo limitándose a producir más con menos trabajadores. Las compañías revolucionarias son aquellas que encuentran soluciones originales a los problemas. Así pues, la fuerza de la IA no radica en reducir plantillas, sino en potenciarlas. Esta transformación ya está en marcha, e irá a más.
La transformación llegará, pero se hará esperar. Mantenga la calma.
