Colaborador Invitado

Cuando el crecimiento depende de lo que falta

La pregunta ya no es únicamente cuánto se quiere consumir, sino si existen las condiciones para abastecer y sostener el desarrollo económico global.

Durante las últimas décadas dimos por sentado que la economía mundial crecería resolviendo un mismo desafío: satisfacer una demanda cada vez mayor. La integración de los mercados globales permitió producir con mayor eficiencia, acceder a capital con relativa facilidad y operar en un entorno de inflación moderada. Sin embargo, ese equilibrio comenzó a cambiar.

Hoy, estamos entrando en lo que consideramos un nuevo régimen económico donde las restricciones de oferta vuelven a definir el crecimiento, la inflación y la inversión. La pregunta ya no es únicamente cuánto se quiere consumir, sino si existen las condiciones para abastecer y sostener el desarrollo económico global.

La pandemia, los conflictos geopolíticos y la fragmentación del comercio internacional dejaron al descubierto la fragilidad de un modelo que privilegiaba la eficiencia sobre la resiliencia. Al mismo tiempo, la acelerada adopción de la inteligencia artificial está elevando la demanda de electricidad, centros de datos, semiconductores e infraestructura digital a una velocidad que pocos anticipaban. Como señalan nuestras perspectivas globales de mercado para la segunda mitad del año, estas presiones sobre los factores operativos están redefiniendo el comportamiento de las tasas de interés y la asignación global de capital.

Tomemos como ejemplo la inteligencia artificial (IA). La conversación suele centrarse en modelos sofisticados o en aplicaciones capaces de transformar industrias enteras. Sin embargo, antes de que un algoritmo genere valor, es necesario construir redes de soporte que lo hagan posible. Las principales empresas tecnológicas proyectan inversiones cercanas a un billón de dólares en infraestructura relacionada con IA hacia 2028, mientras que la Agencia Internacional de Energía estima que el consumo eléctrico de los centros de datos se duplicará hacia 2030. La revolución digital necesita redes eléctricas, sistemas de transmisión, materiales críticos, agua, capital humano clave y financiamiento de largo plazo.

Esta realidad demuestra que, durante mucho tiempo, la competitividad global se desarrolló alrededor de la eficiencia y la optimización de costos, pero en la siguiente era probablemente podría definirse cada vez más alrededor de la capacidad para desarrollar sistemas, generar energía, movilizar capital de largo plazo y formar talento especializado.

Esta transformación trasciende al sector tecnológico; es un análisis que abarca energía, crédito y mercados públicos y privados. Los activos que fortalecen la capacidad productiva están adquiriendo una relevancia distinta porque permitirán materializar las grandes tendencias de expansión de los próximos años. Para los inversionistas, esto pone un mayor énfasis en entender no solo dónde crecerá la demanda, sino qué mercados y sectores tienen la capacidad para responder a ella. Esa diferencia, aunque parece sutil, redefine la manera de evaluar riesgos, construir portafolios y asignar capital.

Para América Latina, y particularmente para México, esta transición representa una oportunidad que va más allá del nearshoring. En nuestra opinión, México podría estar frente a una oportunidad que ayude a definir su trayectoria de crecimiento durante las próximas décadas.

En un entorno donde la resiliencia pesa tanto como la eficiencia, la región puede fortalecer su posición si logra ampliar su entramado energético, robustecer sus redes logísticas y ofrecer condiciones de certidumbre para proyectos de largo aliento.

En México, esta oportunidad también se refleja en el impulso que se está dando al fortalecimiento de la infraestructura energética necesaria para sostener el crecimiento económico y las nuevas demandas tecnológicas e industriales. Las iniciativas orientadas a ampliar la capacidad eléctrica del país reflejan el reconocimiento de que la energía será un factor cada vez más determinante para la competitividad. La capacidad para desarrollar sistemas energéticos robustos y atraer inversión de largo plazo podría ser clave para aprovechar plenamente las oportunidades que se presentan.

Al mismo tiempo, existe una oportunidad para seguir conectando el ahorro de largo plazo con las necesidades de inversión productiva e infraestructura del país. Movilizar capital hacia proyectos que fortalezcan la capacidad productiva puede ayudar a impulsar el crecimiento económico, al tiempo que permite que más personas participen en el desarrollo de su país a través de los mercados y de las inversiones de largo plazo.

La historia económica suele recordar a quienes desarrollan las tecnologías que transforman el mundo. Los mercados, en cambio, también han tendido a reconocer el valor de quienes crean las condiciones que permiten que esas innovaciones se expandan y generen impacto a escala. Ese es, probablemente, el cambio más trascendental del nuevo régimen económico.

Sergio Méndez

Sergio Méndez

Director General de BlackRock México

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