Colaborador Invitado

España como espejo: lo que México debería evitar en materia de turismo

España ha sido, durante dos décadas, el gran laboratorio mundial del turismo de masas. Y hoy, sus propios ciudadanos son quienes pagan la factura.

España cerró 2023 con más de 96 millones de turistas internacionales, una cifra que la consolida como segunda potencia turística mundial.

El dato, en apariencia una noticia triunfal, esconde una realidad mucho más compleja que llevo años observando de cerca, país por país, ciudad por ciudad: el éxito turístico, cuando no se gestiona con inteligencia, se convierte en su propio verdugo.

Y esa es, precisamente, la lección que México no puede permitirse ignorar después del Mundial.

España ha sido, durante dos décadas, el gran laboratorio mundial del turismo de masas. Y hoy, sus propios ciudadanos son quienes pagan la factura.

En Barcelona, Sevilla o Palma de Mallorca, la queja vecinal ya no es anecdótica: es un movimiento social organizado, la llamada “turismofobia”, que responde a algo muy concreto: barrios enteros vaciados de vecinos y llenados de maletas con ruedas, comercio de proximidad sustituido por tiendas de souvenirs y una vida cotidiana que ha dejado de pertenecer a quienes la habitaban.

Esto tiene un nombre técnico, gentrificación, pero su traducción real es mucho más humana: gente que ya no puede pagar el alquiler de la casa donde nació.

El segundo frente, menos visible pero igual de urgente, es el hídrico.

España vive hoy una paradoja insostenible: mientras buena parte de su territorio avanza hacia la desertificación, sus zonas turísticas —paradójicamente las más secas, como el arco mediterráneo, Baleares o Canarias— disparan el consumo de agua. Los estudios son contundentes: un turista puede llegar a consumir entre tres y cuatro veces más agua que un residente local, cifras que rondan los 400 o 500 litros diarios frente a los 130 de un hogar español medio.

Piscinas, campos de golf, jardines regados en pleno estrés hídrico: el lujo, cuando no se piensa dos veces, tiene una huella que el planeta factura tarde o temprano.

El tercer problema es estructural y económico: España ha convertido el turismo en una muleta de la que ya no puede prescindir. El sector pesa más de un 12 por ciento del PIB nacional, y esa dependencia deja al país extraordinariamente vulnerable ante cualquier crisis externa —una pandemia, una recesión, un cambio en los hábitos de viaje— capaz de desestabilizar de un plumazo a millones de familias que viven, directa o indirectamente, del turista.

Diversificar la economía ya no es una opción teórica: es una urgencia que España debería haber empezado a resolver hace una década.

Y llegamos al cuarto punto, el que más debería resonar en México: la formación y la atención al cliente. España recibe cifras récord de visitantes, pero la experiencia real, sobre el terreno, muchas veces no está a la altura.

Colas interminables, personal desbordado y sin la preparación necesaria para ofrecer un trato de calidad, informalidad en sectores que deberían ser de excelencia. El turista de lujo, el que gasta más y se queda más tiempo, no perdona la mediocridad en el servicio.

Y España, entusiasmada por los volúmenes, ha descuidado en muchos destinos la calidad de la experiencia humana, que al final es lo único que un viajero realmente recuerda.

México tiene ahora una oportunidad histórica que España nunca tuvo: la posibilidad de anticiparse.

El Mundial de 2026 ha puesto los ojos del planeta sobre Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey, y ese foco puede ser una bendición o una condena, dependiendo de cómo se gestione desde ya.

La gentrificación que hoy protesta en las calles de la capital mexicana —con manifestaciones cada vez más visibles contra el desplazamiento de comunidades por el auge del alquiler turístico y la llegada de nómadas digitales— es exactamente el mismo patrón que España vivió en Madrid y Barcelona hace una década, solo que México todavía está a tiempo de corregir el rumbo antes de que el fenómeno se vuelva irreversible.

Lo mismo ocurre con el agua: México, con regiones que ya enfrentan estrés hídrico severo, no puede permitirse repetir el error español de destinar recursos hídricos limitados a infraestructuras de lujo sin control ni reutilización.

Y en materia de formación, tiene la ventaja de partir con una hospitalidad natural que España ya no improvisa, sino que debe entrenar: México puede convertir esa calidez genuina en un estándar profesional de servicio.

Mi recomendación, después de años analizando destinos de lujo en todo el mundo, es sencilla en su enunciado y compleja en su ejecución: planificar antes de crecer, no crecer y luego intentar ordenar el caos.

España es el espejo perfecto porque ya cometió los errores. México tiene, por primera vez, el privilegio de mirarse en él antes de que sea demasiado tarde.

COLUMNAS ANTERIORES

México, ante la oportunidad de modernizar las reglas del juego
Fin del autoabastecimiento eléctrico: voluntariamente a fuerza

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.