Derivado de los resultados anunciados la semana pasada sobre la primera reunión conjunta de revisión del T-MEC, México, Estados Unidos y Canadá decidieron optar por la ruta de revisiones anuales prevista en el artículo 34.7.4 del tratado.
Si bien esta posibilidad está contemplada en el propio acuerdo, su adopción podría representar un cambio significativo en la forma en que se administrará el T-MEC durante los próximos años.
La atención pública se ha centrado en determinar si la revisión concluyó con éxito o si alguno de los tres países obtuvo ventajas particulares. Sin embargo, el aspecto verdaderamente relevante es otro: América del Norte parece estar transitando de un esquema en el que la revisión del tratado se concebía como un ejercicio extraordinario cada seis años a un proceso permanente de evaluación política y toma de decisiones.
Conviene hacer una precisión. El T-MEC, al igual que su antecesor, el TLCAN, prevé reuniones anuales de la Comisión de Libre Comercio para supervisar la implementación y el funcionamiento del acuerdo.
Las reuniones anuales, por tanto, no son una novedad. La diferencia es que la Comisión cumple funciones de seguimiento y coordinación, mientras que el mecanismo de revisión previsto en el artículo 34.7 incorpora un componente decisorio sobre la continuidad del tratado y el rumbo de los trabajos entre las Partes. No se trata simplemente de reunirse cada año, sino de convertir la revisión en un ejercicio periódico de definición de prioridades y decisiones políticas.
Esta nueva dinámica ofrece ventajas importantes. La primera es que evita que los desacuerdos se acumulen. En una relación comercial tan profunda como la de América del Norte, los temas espinosos pueden surgir con facilidad: reglas de origen, medidas sanitarias, comercio digital, seguridad económica o nuevas tecnologías, por mencionar algunos. Revisiones más frecuentes permiten atenderlos conforme surgen.
La segunda ventaja es una mayor capacidad de adaptación frente a una economía que evoluciona rápidamente. Cuando el T-MEC entró en vigor en 2020, pocos anticipaban la velocidad con la que la inteligencia artificial transformaría la economía o el papel que adquirirían conceptos como friendshoring, resiliencia de las cadenas de suministro o seguridad económica. Un proceso anual permite identificar nuevos desafíos y coordinar respuestas sin esperar al siguiente ciclo de revisión.
Existe, además, un beneficio político: un diálogo continuo puede favorecer acuerdos más técnicos y graduales, evitando que cada revisión se convierta en un episodio de alta tensión.
Sin embargo, las revisiones anuales también plantean riesgos que no deben subestimarse.
El principal es la incertidumbre. Las empresas toman decisiones de inversión con horizontes de largo plazo: diez, veinte, treinta años. Esa estabilidad ha sido una de las principales fortalezas del T-MEC. Si cada año existe la posibilidad de que los gobiernos reabran temas sensibles o planteen nuevas exigencias, el inversionista podría percibir que las reglas del juego están sujetas a una negociación permanente.
También existe el riesgo de que el mecanismo se convierta en una herramienta de presión política. Cada administración podría llegar a la revisión anual con nuevas prioridades o demandas, utilizando el proceso para responder a coyunturas internas. En ese escenario, el diálogo permanente dejaría de fortalecer al tratado y comenzaría a erosionar uno de sus principales activos: la certidumbre.
Otro desafío será el desgaste institucional. Un proceso anual de revisión implica que los equipos negociadores de los tres países, así como el sector privado, prácticamente nunca dejarán de prepararse para la siguiente ronda.
En última instancia, el éxito de esta nueva dinámica no dependerá de la frecuencia de las revisiones, sino de la manera en que los tres gobiernos decidan utilizarlas. Si sirven para resolver diferencias de forma temprana, modernizar la cooperación y fortalecer la competitividad regional, las revisiones anuales podrían convertirse en un instrumento eficaz para mantener vigente al T-MEC en una economía que cambia aceleradamente.
Si, por el contrario, se utilizan para reabrir compromisos previamente negociados o como un mecanismo recurrente de presión política, podrían generar una incertidumbre permanente para las empresas y los inversionistas.
La decisión anunciada no modifica una sola línea del tratado, pero sí puede transformar la lógica bajo la cual será administrado. El verdadero reto para México, Estados Unidos y Canadá será demostrar que un proceso de revisión permanente puede conciliar dos objetivos que con frecuencia parecen incompatibles: dotar al acuerdo de la flexibilidad necesaria para responder a una economía en constante transformación, sin sacrificar la certidumbre y la previsibilidad que han convertido al T-MEC en uno de los pilares de la integración económica de América del Norte.
