En entregas anteriores de esta serie hemos analizado cómo el Plan México, la reactivación del Fondo de Fondos y el repunte de la actividad de M&A configuran un momento excepcionalmente favorable para la inversión en el país. El panorama general no ha cambiado: México generó US$22.5 mil millones en transacciones en 2025, la IED alcanzó cifras históricas superiores a los 40,000 millones de dólares, y las políticas de simplificación regulatoria siguen avanzando. Sin embargo, un nuevo factor se ha incorporado a la ecuación de riesgo: la decisión de Estados Unidos de no renovar automáticamente el T-MEC y activar un régimen de revisiones anuales hasta 2036.
El 1 de julio de 2026, en la reunión virtual de la Comisión de Libre Comercio entre el secretario de Economía Marcelo Ebrard, el representante comercial estadounidense Jamieson Greer y el ministro canadiense Dominic LeBlanc, Washington comunicó formalmente su negativa a prorrogar el tratado por otros 16 años en su forma actual. “Estados Unidos no aceptó renovar el T-MEC. En consecuencia, el T-MEC no se renueva”, declaró Greer, argumentando “deficiencias” del acuerdo y la persistencia de déficits comerciales con ambos socios. La decisión no constituye una denuncia del tratado —que permanece plenamente vigente hasta 2036—, pero sí abre un ciclo de negociación continua que, como advirtió Ebrard días antes, trasciende lo trilateral: “No podemos pensar como una negociación trilateral, es una negociación sistémica”, señaló en entrevista con La Jornada, explicando que la posición arancelaria de México solo adquiere sentido cuando se compara con la que Washington aplica a Vietnam, Corea del Sur y la Unión Europea.
La postura de Ebrard tras la reunión fue pragmática y constructiva: descartó diferencias de fondo irresolubles entre los tres socios y subrayó que la extensión del tratado “se puede hacer en cualquier otro momento”, conforme al texto del propio acuerdo. Informó que las preocupaciones iniciales de la USTR se redujeron de 54 temas a 14, mientras México mantiene 13 propuestas propias de mejora. La tercera ronda bilateral está confirmada para la semana del 20 de julio en Ciudad de México, donde se discutirán “textos mucho más detallados” sobre reglas de origen, seguridad económica y agricultura. Por su parte, LeBlanc reafirmó que el T-MEC “permanece en pleno vigor” y que los tres países acordaron “continuar las discusiones para garantizar que los marcos de comercio e inversión sigan respaldando la prosperidad y competitividad de América del Norte”.
¿Qué significa esto para el ecosistema de M&A y capital privado? La respuesta es matizada. Por un lado, el reporte de Mergermarket/Marsh para 2025 ya identificaba la incertidumbre sobre el T-MEC como uno de los principales riesgos para el mercado mexicano, junto con la política arancelaria y la volatilidad cambiaria. Por otro, la evidencia del propio mercado demuestra que los inversionistas estratégicos —GE Vernova, Cox ABG, Heineken— no paralizaron sus operaciones pese a este riesgo: los deals se estructuran cada vez más con mecanismos de protección (R&W insurance, coberturas fiscales, cláusulas de ajuste) diseñados precisamente para absorber la incertidumbre regulatoria. El nearshoring, lejos de detenerse, sigue impulsado por la lógica de proximidad al mercado estadounidense: los 477 parques industriales en operación y más de 100 en construcción son una realidad tangible que no se revierte con una cláusula de revisión anual.
Para los tomadores de decisiones del sector privado —ya sean fondos de capital privado evaluando plataformas mexicanas, corporativos diseñando reestructuras o inversionistas institucionales calibrando su exposición a Latinoamérica—, el mensaje es claro: el T-MEC no se terminó, se transformó en un proceso vivo. La tarea no es esperar certidumbre absoluta (que no llegará pronto), sino incorporar la variable de revisión anual en los modelos de riesgo, reforzar las cláusulas de protección contractual en cada transacción y aprovechar que México, como reconoce el propio Ebrard, mantiene “la mejor posición relativa” entre los socios comerciales de Washington, con el 85% de sus exportaciones ingresando sin arancel. Quien sepa leer esta coyuntura con visión estratégica encontrará que la ventana de oportunidad sigue abierta —y que la complejidad, bien gestionada, es en sí misma una barrera de entrada que beneficia a los actores más sofisticados del mercado.
