Hay momentos en la historia en que la tecnología cambia algo más que una herramienta: cambia la manera de vivir. La imprenta no sólo multiplicó libros; transformó la circulación del conocimiento. Los rayos X cambiaron la manera de mirar el cuerpo humano. Un verdadero salto tecnológico ocurre cuando la innovación modifica la organización cotidiana de una sociedad.
Por eso conviene mirar con cuidado lo anunciado en la mañanera como un “salto tecnológico” en nuestro sistema de salud. En ese espacio de comunicación se presentaron avances relevantes: tomógrafos de última generación en hospitales del IMSS, expansión de la teleconsulta (la forma básica de la telemedicina) en el ISSSTE y mejoras de equipamiento en unidades del IMSS-Bienestar con la Clínica es Nuestra.
Hay que reconocerlo. En un país donde todavía se espera demasiado para un estudio, modernizar equipos médicos y ponerlos al alcance de la población sí importa y mucho.
Pero una cosa es modernizar y otra transformar. Lo presentado muestra una modernización tecnológica relevante, con componentes prometedores de transformación digital. Sin embargo, todavía no hay evidencia suficiente para afirmar que el sistema público de salud ya dio un verdadero salto tecnológico.
El dato de los tomógrafos ayuda a dimensionarlo. De acuerdo con el Inventario Físico de Unidades, el IMSS en el 2024 tenía 149 tomógrafos. Si se toma la población derechohabiente adscrita a Unidad de Medicina Familiar (UMF), el Instituto tenía apenas 2.38 tomógrafos por millón de derechohabientes.
Suponiendo que los 42 tomógrafos nuevos anunciados fueran adicionales netos y no sustitución de equipo obsoleto, el IMSS llegaría a 191 equipos: 3.05 por millón de derechohabientes. El promedio de la OCDE ronda 29.6 tomógrafos por millón. Incluso con la nueva adquisición, el IMSS estaría alrededor de una décima parte de ese referente.
Ese cálculo no descalifica la compra. Al contrario, la vuelve más necesaria. Si había equipos al final de su vida útil, si una tomografía tardaba más de lo razonable y si parte de los estudios debía subrogarse, renovar tecnología era indispensable.
Pero la ecuación no termina en el aparato. Según la Memoria Estadística 2024, el IMSS cuenta con 2,230 especialistas en radiodiagnóstico; esto equivale a 3.56 especialistas por cada 100 mil derechohabientes adscritos a una UMF. Un promedio histórico de referencia de la OCDE es de 12.8 radiólogos por cada 100 mil habitantes. La comparación ilustra el reto: el equipo nuevo no diagnostica solo, requiere capital humano especializado para la interpretación de los estudios.
Por eso el cuello de botella no está sólo en comprar más equipos, sino en tener personal suficiente, bien distribuido, con turnos cubiertos, mantenimiento, agendas funcionales y lectura oportuna.
El problema aparece cuando la comunicación pública convierte una modernización necesaria en vitrina mediática. La tecnología luce bien en la conferencia pública: equipos nuevos, pantallas, inteligencia artificial, cifras de inversión y promesa de eficiencia.
Sin embargo en salud pública el éxito no está en la fotografía del aparato, sino en el resultado clínico. La pregunta no es cuántos equipos se compraron, sino cuánto bajó el tiempo de espera; no es si el tomógrafo hace 256 cortes y tiene inteligencia artificial, sino si el paciente recibe a tiempo su diagnóstico.
Ahí está la diferencia entre comprar tecnología y transformar el sistema. Un salto tecnológico exigiría interoperabilidad real entre instituciones, expediente clínico electrónico funcional, personal técnico y médico suficiente, mantenimiento preventivo, referencia y contrarreferencia, receta electrónica con medicamento disponible y evaluación pública de resultados. Sin esos elementos, la modernización puede mejorar piezas del sistema, pero no necesariamente cambia la experiencia del paciente.
Un tomógrafo nuevo no resuelve por sí mismo la saturación hospitalaria. La telemedicina no corrige sola la falta de especialistas. La inteligencia artificial no sustituye radiólogos, técnicos, enfermeras ni procesos administrativos bien diseñados. La tecnología potencia a un sistema organizado; difícilmente compensa un sistema fragmentado.
La actual administración camina en una ruta correcta al renovar equipamiento, acercar servicios y apostar por herramientas digitales. Pero el verdadero salto tecnológico no se prueba con la llegada del equipo nuevo; se prueba cuando el paciente espera menos, gasta menos y recibe atención más rápida, cercana y digna.
Por ahora, todavía hablamos más de renovación y modernización necesaria que de un salto tecnológico sistémico. El reto será pasar de la modernización visible a la transformación medible. La primera se muestra en la conferencia. La segunda se demuestra en la sala de espera, en el diagnóstico oportuno, en la cirugía que no se difiere y en el medicamento que sí llega.
La tecnología no debe ser vitrina. Debe ser capacidad pública al servicio de la gente. Ese, y no otro, será el verdadero salto en la salud de las y los mexicanos.
