Colaborador Invitado

¿Quién mencionará tu nombre en una mesa llena de oportunidades?

El liderazgo que deja huella no se mide en títulos, puestos ni premios. Se mide en las veces que tu nombre es pronunciado en las salas donde no estás, en las puertas que se abren porque alguien decidió que valías el riesgo y en las personas que llegaron más lejos porque te encontraron en el camino.

¿Quién habla de ti cuando no estás en la sala? ¿Cómo hablan de ti? Y, más importante aún: ¿de quién hablas tú?

La respuesta está en algo que se construye todos los días: las relaciones que cultivas, tu reputación y tu marca personal. No hablo de fama ni de likes. Hablo de la fuerza que tu nombre representa en tu ausencia y de si alguien, en el momento preciso, puede decir sin dudar: “Confío en ella”, abriéndote la puerta a nuevos proyectos.

En el mundo de los negocios, la reputación y el networking no son ejercicios de motivación personal; son activos económicos. Generan valor, reducen fricción, aceleran la toma de decisiones y abren acceso a oportunidades que no aparecen en ninguna bolsa de trabajo ni en presentaciones formales.

La confianza es un recurso escaso. Cuando alguien pone su nombre junto al tuyo, está haciendo una inversión reputacional; utiliza su capital social para validarte frente a otros. Por eso, las recomendaciones pesan más que los currículums, y las relaciones bien construidas suelen tener un retorno de inversión mucho mayor que cualquier estrategia aislada de visibilidad.

Del oportunismo a la estrategia de largo plazo

Entender esto cambia por completo la forma en que nos movemos profesionalmente. El networking deja de ser una actividad oportunista para convertirse en una estrategia de largo plazo basada en consistencia, credibilidad y reciprocidad. No se trata de a cuántas personas conoces, sino de cuántas estarían dispuestas a apostar su prestigio por ti cuando tú no estás presente.

Cada reconocimiento, cada ascenso y cada oportunidad que llega, rara vez lo hace a solas. Llega porque hubo personas que creyeron, que conectaron y que abrieron camino. La pregunta obligada es si, cuando te toca estar del otro lado de la mesa, estás dispuesta a hacer lo mismo.

Impulsar a los demás no es exclusivo de quienes ocupan puestos de alta dirección: es una responsabilidad colectiva. En el nivel en el que te encuentres, hay algo que solo tú puedes aportar: experiencia, red de contactos, conocimiento o tiempo. El liderazgo que transforma no espera a tener más poder para empezar a sumar.

El efecto multiplicador

En la asociación donde soy vicepresidenta, firmamos recientemente un acuerdo con la Secretaría de la Mujer para capacitar en negocios a 6,000 mujeres en un año. No es un número menor. Son miles de personas que, al comprometerse, adquirirán herramientas para generar ingresos propios, tomar mejores decisiones y construir desde donde están, transformando su realidad económica, la de sus familias y la de sus comunidades.

Pero lo más poderoso no es solo lo que aprenderán, sino lo que harán con ese conocimiento después: compartirlo, aplicarlo y pasarlo adelante. Eso no es únicamente un programa de capacitación; es un efecto multiplicador. Es la demostración de que cuando alguien con acceso decide ponerlo al servicio de quienes no lo tienen, la escala del cambio es completamente distinta.

¿Qué clase de economía tendríamos si colaborar fuera tan natural como competir? No hablo de eliminar la competencia como motor, sino de adoptar la colaboración como estrategia; de no guardar el talento como una ventaja personal, sino de compartirlo como una palanca colectiva. Seríamos, literalmente, una sociedad distinta.

La responsabilidad del acceso

Para llegar ahí, debemos asumirnos como factores de cambio. Esto implica desarrollar nuestro networking y marca personal como una tarea diaria, unir el talento con las oportunidades y asumir la responsabilidad que conlleva que alguien juegue su reputación por nosotros.

Esto nos compromete a normalizar tres prácticas esenciales: mencionar el nombre de otros en las conversaciones donde abundan las oportunidades, conectar personas de manera desinteresada y poner nuestro conocimiento al servicio de quienes apenas comienzan el camino.

Si estas acciones no forman parte de nuestra agenda habitual, esta columna habrá cumplido su propósito: recordarnos el poder que tenemos en las manos.

El liderazgo que deja huella no se mide en títulos, puestos ni premios. Se mide en las veces que tu nombre es pronunciado en las salas donde no estás, en las puertas que se abren porque alguien decidió que valías el riesgo y en las personas que llegaron más lejos porque te encontraron en el camino.

La pregunta no es si tienes algo que aportar. La pregunta es: ¿estás dispuesto a hacerlo?

Susana San Román

Susana San Román

Chief Sales Officer en Colocando Ideas

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