Durante las próximas semanas, millones de personas pondrán a prueba la capacidad de ciudades enteras para funcionar bajo presión: aeropuertos, sistemas de transporte, hoteles, telecomunicaciones, servicios públicos, cadenas de suministro y miles de operaciones cotidianas tendrán que responder a una demanda extraordinaria.
Esa es una de las razones por las que eventos deportivos de gran escala como la Copa Mundial resultan tan interesantes desde la perspectiva de la resiliencia, porque son ejercicios de estrés cuidadosamente planeados.
Sabemos dónde ocurrirán, cuándo sucederán y qué tan grande será la exigencia. Y, aun así, garantizar que todo funcione como se espera sigue siendo una tarea enormemente compleja, quizá porque seguimos pensando la resiliencia de la misma forma en que lo hacíamos hace algunos años.
Tradicionalmente, las conversaciones sobre riesgo se han centrado en una pregunta: ¿cuánto podría perder una organización si algo sale mal?
Es una pregunta válida, pero cada vez escucho otra con mayor frecuencia en conversaciones con clientes de distintos sectores en América Latina: ¿Cuánto tiempo tardaríamos en volver a operar? El cambio parece sutil, pero no lo es.
Una interrupción rara vez termina cuando se controla el incidente inicial. En muchos casos, las consecuencias aparecen después: retrasos logísticos, equipos que tardan meses en reemplazarse, proveedores que no pueden responder, clientes que buscan alternativas o proyectos que se posponen. La pérdida es un momento. La recuperación puede extenderse durante meses.
Por eso, algunas de las organizaciones más resilientes ya no concentran sus esfuerzos únicamente en reducir la probabilidad de un evento adverso.
También trabajan para reducir el tiempo necesario para recuperarse cuando ese evento ocurre. Los grandes eventos hacen visible esta realidad.
Cuando millones de personas dependen simultáneamente de una red de sistemas interconectados, las vulnerabilidades no suelen aparecer en los activos individuales, aparecen en los puntos de dependencia.
Un aeropuerto depende de energía, telecomunicaciones, transporte, combustible, proveedores y personal especializado. Lo mismo ocurre con una planta industrial, un centro de distribución o un centro de datos.
A la pregunta sobre qué tan sólido es cada componente por separado, se suma la de la capacidad del conjunto para seguir funcionando cuando aumenta la presión.
Ese principio también ayuda a explicar por qué algunos países y organizaciones se recuperan más rápido que otros frente a escenarios similares.
La diferencia rara vez está en la ausencia de riesgos; está en la preparación, la coordinación y la capacidad de adaptación.
Cada año, el Índice de Resiliencia de FM evalúa 130 economías a partir de variables relacionadas con riesgos físicos y macroeconómicos.
Los resultados muestran consistentemente que los entornos más resilientes no son necesariamente aquellos que enfrentan menos amenazas, sino los que han desarrollado mejores capacidades para absorber impactos y recuperarse de ellos.
Ese aprendizaje aplica igual para una economía nacional que para una organización.
Los grandes eventos suelen dejar discusiones sobre infraestructura. A mí me interesa una conversación distinta: la que ocurre después de comprobar qué sistemas respondieron, cuáles mostraron fragilidades y qué tan rápido fueron capaces de adaptarse.
Esa información tiene un valor mucho más duradero que el de cualquier obra o inversión puntual, porque revela la capacidad real de una organización, una ciudad o una economía para seguir funcionando cuando las condiciones cambian.
Esa capacidad es cada vez más determinante para atraer inversión, sostener crecimiento y construir ventajas competitivas difíciles de replicar.
