Ya hace tiempo. Muchos ayeres han pasado desde que acompañé al entonces presidente electo, Luis Echeverría, a Cozumel. Nos alojamos en el hotel del padre de Pedro Joaquín Coldwell. El tema era el futuro desarrollo de Cancún. Esa noche se celebró una reunión con técnicos y funcionarios de la Secretaría de la Presidencia, del Banco de México y de Nafinsa.
Al día siguiente hicimos un recorrido por la zona, todavía virgen y de una incomparable belleza natural.
—Aquí construiremos —afirmó con voz firme el recién ungido— un gran desarrollo turístico.
Y así se hizo. El proyecto generó ocupación y empleo para cientos de mexicanos, reactivó la economía y transformó la región, convirtiéndola en uno de los sitios turísticos más importantes del mundo.
México ha tenido un crecimiento económico desequilibrado: zonas pobres y olvidadas frente a zonas de amplio crecimiento económico. El Tratado de Libre Comercio reactivó la economía del centro, norte y noroeste del país, olvidando otras regiones con gran potencial, como la frontera sur. Tiene recursos naturales y humanos desperdiciados.
El olvido y la falta de atención gubernamental la han convertido en un espacio de inseguridad y pobreza. Sin embargo, ironías del destino, hoy su ubicación geopolítica le favorece. Es una frontera porosa por donde entran, indiscriminadamente, todo tipo de migrantes, algunos no recomendables. Es un área estratégica clave para mantener la seguridad de México y la de nuestro vecino. Tarde o temprano les caerá el veinte de la urgencia de destinar recursos para blindarla y convertirla en un puente para el desarrollo de Centroamérica.
Se requiere un programa integral de desarrollo y, lo primero y fundamental, establecer el Estado de derecho y garantizar seguridad a las y los ciudadanos. Hoy por hoy, en nuestra relación bilateral y en la negociación del T-MEC, se debería pasar de una política de regateo arancelario a planteamientos orientados a instalar polos de desarrollo integral. El futuro tocará la puerta de la frontera sur. Los gobiernos actuales o los futuros gobiernos de ambos países voltearán la vista hacia esa posibilidad real de seguridad nacional y desarrollo internacional.
Agua y aire para generar energías limpias para la industria; bosques y tierras fértiles susceptibles de albergar plantaciones agrícolas modernas para la exportación; tierra de cultura, con su enorme riqueza arqueológica, para desarrollos turísticos; y gente muy valiosa para el trabajo. Palenque, Yaxchilán, Bonampak y Agua Azul son joyas de la cultura universal y una esperanza promisoria de futuro.
Los gobiernos de distintos signos ideológicos no la han tenido entre sus prioridades. Ha habido algunas excepciones: Echeverría, con el desarrollo de Cancún; Zedillo, con la construcción de infraestructura carretera en Chiapas; y López Obrador, con el Tren Maya.
Fuera de estas importantes inversiones, el abandono es proverbial. Tierra olvidada. Amarga realidad. Tierra de nadie.
