Colaborador Invitado

Cuando la inteligencia artificial también se vuelve soberanía

La IA ya no es únicamente una herramienta para hacer más eficientes a las empresas: es una nueva capa de competitividad nacional, lo que la convierte en un asunto de política pública.

Durante años hablamos de la inteligencia artificial como si fuera una conversación sobre innovación y productividad. Hoy empieza a parecerse, cada vez más, a una conversación sobre poder.

Lo ocurrido en Estados Unidos es una señal difícil de ignorar. Por primera vez, su gobierno ordenó a una empresa de IA suspender el acceso a sus modelos más avanzados por seguridad nacional. El Departamento de Comercio instruyó a Anthropic a bloquear sus modelos de frontera, llamados Fable 5 y Mythos 5, para cualquier extranjero dentro o fuera del país, por temor a que llegaran a inteligencia militar de China o Rusia, invocando por primera vez para un modelo la Export Control Reform Act de 2018. Incapaz de separar a esos usuarios, Anthropic terminó retirando ambos modelos por completo.

Fue una medida de seguridad, amplia y quizá temporal; no un veto comercial permanente. Pero el precedente queda y revela el mecanismo de fondo: el acceso a una tecnología crítica puede apagarse, condicionarse o encarecerse por una decisión ajena al Estado. Ahí empieza la cuestión de la soberanía.

Conviene precisar el término. Soberanía en IA no significa aislarse del mundo ni construir mañana modelos equivalentes a los de Estados Unidos o de China. Significa no quedar a merced de decisiones tomadas fuera del país en un recurso que ya atraviesa la defensa, la economía y la información. México depende de muchos insumos importados; lo distinto de la IA es que se vuelve infraestructura de casi todo y su acceso es revocable a distancia.

Y no es un caso aislado: mientras Estados Unidos mantiene controles sobre el cómputo avanzado hacia China, países como India, Emiratos Árabes o Francia invierten miles de millones en modelos, datos y centros de cómputo propios bajo la bandera de la “IA soberana”. Si las potencias se blindan, la dependencia ajena deja de ser una hipótesis.

Aquí ayuda el lente de los activos intangibles: un modelo entrenado, los datos que lo nutren y la infraestructura que lo sostiene son hoy bienes estratégicos, como antes el petróleo o las telecomunicaciones. Quien los controla define las reglas; quien solo los licencia, las acata.

Para México la enseñanza es incómoda pero necesaria. La IA ya no es únicamente una herramienta para hacer más eficientes a las empresas: es una nueva capa de competitividad nacional, lo que la convierte en un asunto de política pública. Si el país basa su actividad en modelos que dependen de permisos otorgados desde afuera, eso puede cambiar de un día para otro, como les ocurrió a los usuarios de Anthropic. Soberanía, en su versión realista, significa capacidades propias, como talento, datos, infraestructura, cómputo, investigación y empresas capaces de desarrollar soluciones a su medida, además de diversificar para no depender de un solo proveedor ni de una sola decisión política.

México puede seguir viendo la IA como algo que se compra y se licencia, o bien empezar a tratarla como una política de Estado. Eso supone inversión pública en cómputo e investigación, formación de talento, alianzas con universidades y una regulación que dé certeza sin frenar el desarrollo. La pregunta ya no es si vamos a usar inteligencia artificial, porque eso ya ocurre. Es si vamos a construir capacidades propias para no depender siempre de decisiones tomadas en Washington, Beijing o Bruselas.

Porque en la nueva competencia global, la inteligencia artificial no solo será una herramienta para las empresas. También será una forma de soberanía.

Daniel Legaspi

Daniel Legaspi

Experto en IA y Propiedad Intelectual de Santamarina y Steta

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