Hay elementos que hacen única a la Ciudad de México y las fondas tradicionales son uno de ellos. En estos espacios, un plato de sopa casera, un chile relleno con arroz blanco y un vaso de agua de Jamaica acompañan mesas donde la gente se reúne a platicar y convivir, al tiempo que se impulsa el comercio local.
Recientemente, el Congreso de la capital presentó una propuesta para declarar a las fondas tradicionales como Patrimonio Cultural Inmaterial de la CDMX. El objetivo es protegerlas ante la amenaza de la gentrificación y el desplazamiento, fenómenos que no solo afectan a las personas, sino también a las prácticas culturales que sostienen la vida de familias enteras.
De acuerdo con la propuesta, las fondas forman parte de la identidad urbana porque han acompañado la vida diaria de generaciones de capitalinos, con alimentos a precios accesibles; pero también porque ofrecen puntos de encuentro y convivencia que dinamizan las economías familiares.
Las fonditas representan el 35% de los establecimientos de comida en la Ciudad de México –entre 18 y 22 mil locales en toda la capital–, según datos de la Fundación Placemaking y Canaco CDMX. Además, alimentan a más de 1.6 millones de comensales diariamente y emplean a más de 500 mil personas. En la mayoría de los casos, se trata de negocios encabezados por mujeres que brindan empleo a otras mujeres de su familia o de su círculo más cercano.
Durante años, estos comedores han alimentado a oficinistas, estudiantes y vecinos de manera silenciosa. Hoy, sin embargo, sobreviven en una ciudad cuyas dinámicas cambian con solo cruzar la calle, en donde algo tan simple como no contar con cobro digital o una cuenta para recibir depósitos, se convierte en una desventaja competitiva frente a los restaurantes de especialidad y las cadenas de comida rápida.
En este sentido, el acceso a servicios financieros –como a productos de pagos digitales o productos de depósitos con rendimientos– juega un papel fundamental en la revalorización de estos espacios al permitirles la posibilidad de crecer, expandirse y, sobre todo, sostenerse en un entorno económico cada vez más complejo.
Históricamente, la falta de acceso a productos financieros del sector tradicional ha frenado el crecimiento de estos negocios al privarlos de opciones de pagos digitales o incluso de crédito, obligándolos a recurrir al sistema informal con los riesgos que esto conlleva. Recordemos que los pagos digitales permiten una mayor atención de la clientela o incluso los créditos brindan la posibilidad de adquirir nuevo equipo de cocina, renovar el mobiliario o mudarse a un local más grande para atender a más comensales.
La oportunidad de ahorrar e invertir las ganancias en una institución regulada, segura y que ofrece rendimientos competitivos es otra de las razones por las que es urgente atender a estos micro y pequeños empresarios. El acceso al ahorro formal permitiría hacer frente a la inflación, construir un historial crediticio sólido y gestionar el capital más allá del efectivo, siempre con la certeza de que su dinero está protegido.
Las fondas no solo venden comida económica: conservan recetas familiares, son tradición, son fuente de empleo y constituyen una memoria culinaria sostenida, en buena parte, por mujeres.
La tecnología, la innovación y la inclusión financiera no tienen por qué borrar nuestra identidad; al contrario, deben ser el escudo que la proteja. En la Amsofipo entendemos que dar la oportunidad para que se pueda tener acceso al crédito, al ahorro con rendimientos y a los pagos digitales es, en realidad, un acto de justicia social para las miles de microempresarias que alimentan a la capital. Modernizar una fonda no significa cambiar su sazón, sino asegurar que la siguiente generación pueda seguir disfrutando de ella. Nuestro compromiso es financiero, pero nuestro propósito es humano: impulsar estos negocios porque sabemos que la grandeza de la Ciudad de México se construye desde sus mesas más sencillas.
