“¿Te gusta el fut?”. Pocas frases han inaugurado tantas amistades. La mía con Quique comenzó así, una noche de mayo de 2001 en mi natal Oaxaca. Era imposible prever entonces la historia que vendría, pues ambos migramos años más tarde a la Ciudad de México para estudiar una carrera universitaria, armamos un equipo siguiendo la tradición que traíamos desde la secundaria y, de la mano de extraordinarios futbolistas y amigos, cosechamos más alegrías de las que caben en una columna. Caprichos del juego más hermoso del mundo: justo cuando la Copa del Mundo regresa a nuestro país, Quique se muda al extranjero por razones de trabajo. Una historia de dos décadas entra en pausa la misma semana en que el futbol vuelve a casa.
No hay día que no platiquemos de futbol, y su partida me regresó a una pregunta que los mexicanos nos hacemos cada cuatro años. ¿Por qué un país de más de 130 millones de habitantes, con una cultura futbolera profunda y una liga profesional que llena estadios, lleva cuatro décadas sin trascender de los octavos de final? Las respuestas de cantina apuntan a la mentalidad, al técnico en turno, a los árbitros o a la mala suerte. Son explicaciones cómodas, pero para mí también son insuficientes. Desde la economía podemos formular una respuesta más constructiva, y para encontrarla hay que entender la estructura del mercado que produce a los jugadores de nuestro futbol.
El futbol puede entenderse de forma abstracta como un mercado que produce calidad de juego, talento formado y competitividad internacional, pero estos atributos dependen de su organización. El mercado del futbol mexicano arrastra una falla estructural, ya que por décadas ha operado como un cártel. De hecho, en 2021, la extinta Comisión Federal de Competencia Económica sancionó a la Federación Mexicana de Fútbol y a 17 clubes de la Liga MX con 177.6 millones de pesos por prácticas monopólicas absolutas. Si un jugador terminaba contrato, los dueños acordaban no contratarlo si no mediaba compensación. La misma lógica de proteger los intereses de los dueños explica la eliminación del ascenso y descenso, puesto que, sin riesgo existencial, no hay incentivo para invertir sostenidamente en formación.
Si nos comparamos con el futbol de Alemania las diferencias son evidentes. La Federación Alemana y la Mexicana nacieron de la misma materia prima, esto es, clubes que se organizan para competir, pero tomaron caminos opuestos. La Federación Alemana de Fútbol (DFB, por sus siglas en alemán) se constituyó como entidad sin fines de lucro colocada por encima de los clubes, con una pirámide que hoy suma 21 asociaciones regionales, 24,000 clubes y más de siete millones de miembros; sus recursos fluyen hacia abajo, hacia las canteras. La FMF nació en 1922 como una asociación de y para los clubes, y un siglo después sigue siendo eso, una estructura donde sus recursos fluyen hacia arriba, hacia los mismos clubes que la controlan.
La diferencia se exhibe con los datos. Los 18 clubes de la Bundesliga invirtieron 252 millones de euros en academias juveniles en la temporada 2024-25, una inversión que se repite, en magnitudes similares, año con año. La Liga MX no publica una cifra equivalente, y la ausencia no es casual, ya que la FMF carece de reporte financiero público, mientras la DFB reportó en 2024 una utilidad de 30 millones de euros. Ambas muestran ingresos similares en año mundialista, pero con una lógica de gasto distinta. La consecuencia más visible es la selección de cada país, puesto que los jugadores formados en un mercado sin competencia real llegan al escenario internacional con menos rodaje de alta exigencia que sus rivales. No se trata de un problema de talento, el contraste está en las condiciones de desarrollo.
Hay, sin embargo, señales en la dirección correcta. En abril, la Liga MX aprobó separarse jurídicamente de la FMF, con personalidad propia y la previsión de un presidente ajeno a los equipos; también se eliminó la renovación automática de los derechos televisivos de la selección, lo que abre la puerta a una licitación competitiva después de 2034. Es condición necesaria, pero no suficiente, ya que aún faltan tres cosas con nombre y apellido. La primera, academias con estándares mínimos obligatorios y certificación pública, como exige la Bundesliga desde 2002. La segunda, que el regreso del ascenso y descenso previsto para la temporada 2026-27 reinstale un riesgo competitivo real, y no un acceso controlado que lo simule. La tercera, transparencia financiera. Para saber a dónde va el dinero se requiere rendición de cuentas, pues si ésta escasea, los incentivos perversos no se corrigen solos.
Para ser sede México postuló una candidatura, pero para consolidarse como potencia se requiere construir una estructura adecuada para ese objetivo.
Esta vez, además, la casa se comparte con Estados Unidos y Canadá. En las próximas semanas, México volverá a ser la ciudad del futbol, la plaza pública donde el mundo entero se reúne a celebrar el rito. Como sentenció Juan Villoro, “Dios es redondo”, y para los feligreses de la pelota el rito mundialista es la excusa perfecta para celebrar la amistad.
