Canadá ha recomendado oficialmente a sus socios comerciales la renovación oportuna del acuerdo trilateral T-MEC por otros 16 años.
Con estas palabras, plasmadas en una carta formal dirigida a sus homólogos de México y Estados Unidos el 1 de junio, el ministro canadiense responsable del T-MEC, Dominic LeBlanc, despejó las dudas sobre las intenciones del gobierno canadiense.
Esto debería disipar cualquier especulación sobre lo que la búsqueda de Canadá de relaciones comerciales más sólidas fuera de América del Norte dice acerca de su compromiso con el acuerdo trilateral. El veredicto ha llegado y Canadá está a bordo.
Esta claridad se extiende más allá del ámbito federal. Antes de su visita a Washington esta semana, el primer ministro de Ontario, Doug Ford, subrayó la importancia de “trabajar con México, trabajar con Estados Unidos… para cerrar este acuerdo”. Es un contraste bienvenido con sus polémicas declaraciones a finales de 2024 de que Canadá y Estados Unidos podrían avanzar solos en las conversaciones comerciales.
Hoy está claro que los tres países están, en espíritu y en efecto, juntos en esto.
Sin embargo, Canadá y México no deberían ser ingenuos respecto al dominio singular de Estados Unidos, la principal economía mundial, en el comercio norteamericano. Un Estados Unidos fuerte tiene una capacidad desproporcionada para impulsar el crecimiento de las economías canadiense y mexicana.
También sabemos que un Canadá fuerte y un México fuerte hacen a Estados Unidos más competitivo y próspero a nivel global. Aun así, Canadá y México podrían hacer un mejor trabajo contando esa historia y promoviendo nuestros intereses comunes en el marco del T-MEC, juntos.
En las próximas semanas y meses, es previsible que Estados Unidos aproveche su posición y priorice su interés nacional. Es casi inevitable que no todos los mensajes de la Casa Blanca resulten cómodos para los homólogos del presidente Trump en Ottawa y la Ciudad de México. Con todo, el proceso continuará.
Será en las mesas técnicas de negociación donde se presenten y debatan las propuestas. Las posiciones iniciales, basadas en directrices políticas y borradores tempranos, evolucionarán hacia textos negociados. Muchas, si no la mayoría, de estas mesas podrían seguir un formato bilateral. Aun así, estas discusiones existirán dentro de, y estarán guiadas por, una sólida estructura trilateral.
A medida que se acerca el 1 de julio, los mensajes centrales de Canadá y México han convergido en dos puntos importantes: 1) no existe una fecha límite fatal para la renovación, pero cualquier retraso prolongado solo extendería la incertidumbre económica que frena la inversión; y 2) ningún país debería buscar un acuerdo que ponga trabas al crecimiento futuro de América del Norte o de cualquiera de sus partes.
Lo que reforzaría las posiciones canadiense y mexicana de cara a la revisión del T-MEC sería una narrativa coherente y colaborativa que subraye el compromiso compartido con un resultado trilateral. Nuestro objetivo debe incluir una economía estadounidense pujante que contribuya a asegurar la competitividad norteamericana.
El hecho de que dos líderes norteamericanos transmitan de forma constante su confianza compartida en el futuro de nuestra región y en nuestro acuerdo trilateral enviaría, por sí solo, una potente señal a los líderes empresariales de los tres países, así como a los inversionistas internacionales.
Además, tales mensajes serían coherentes con una administración estadounidense que repetidamente ha protegido el trato preferencial para los bienes conformes con el T-MEC y ha convocado activamente a sus socios para avanzar en el proceso de revisión.
Esto es lo que los líderes empresariales de los tres países buscan y necesitan, y lo que los socios comerciales e inversionistas internacionales requieren para seguir apostando por el futuro de América del Norte.
Rumbo a la reunión de la Comisión de Libre Comercio del 1 de julio, que legítimamente podría celebrarse en formato virtual, Canadá y México deberían hacer todo lo posible por dar sustancia a una agenda prospectiva para la revisión del T-MEC.
Una hoja de ruta que trace el camino por delante, incluso si se amplían los plazos, sería un indicador de estabilidad continental de importancia crítica.
En un mundo de creciente división y retórica distractora, mensajes consistentes, pronunciados al unísono por dos líderes norteamericanos fuertes y populares, pueden fortalecer la credibilidad de la región y ayudar a construir la confianza sobre la cual florece el comercio.
