Hay un sector financiero en México que atiende a 9.5 millones de personas, opera en comunidades donde prácticamente ningún banco tiene sucursal y representa un motor clave para la inclusión financiera y el desarrollo económico local. Sin embargo, sus socios todavía tienen que ir en persona a preguntar cuánto saldo tienen en su cuenta.
Las Sociedades Cooperativas de Ahorro y Préstamo (SOCAP) construyeron durante décadas algo que ninguna fintech ha podido replicar: confianza real, arraigada en comunidades concretas, con nombres y apellidos. En muchas localidades del país, especialmente fuera de las grandes ciudades, la inclusión financiera no llegó a través de una app. Llegó a través de una institución donde el socio conocía a quien le otorgaba el crédito y donde los ahorros de una familia eran custodiados por gente de la misma comunidad. Ese vínculo se construyó con años de presencia y responsabilidad compartida.
Pero esa fortaleza convive hoy con un rezago tecnológico que ya no es sostenible. Según un estudio de BFA Global, el 86% de estas instituciones reconoce que no tiene el talento suficiente dedicado a tareas de digitalización. El 55% de sus socios todavía debe acudir físicamente a una sucursal para realizar una consulta de saldo, una operación que cualquier usuario de banca digital resuelve en segundos desde el celular.
En un país donde las nuevas generaciones definen su relación con el dinero desde la pantalla y el 76.5% de los adultos ya cuenta con al menos un producto financiero formal, el nivel más alto registrado, según la Encuesta Nacional de Inclusión Financiera 2024, quedarse fuera de lo digital es un riesgo existencial.
La paradoja es real y merece nombrarse con claridad: si las cooperativas no evolucionan digitalmente, pierden relevancia frente a neobancos y fintechs que operan con una agilidad que ellas no tienen. Pero si intentan copiar ese modelo, corren el riesgo de perder lo que las diferencia: la cercanía, el sentido de comunidad y la relación de confianza con el socio.
No se trata de elegir. Se trata de encontrar cómo ser las dos cosas al mismo tiempo. Y esa es, precisamente, la pregunta que el sector todavía no ha respondido con suficiente claridad.
Vale la pena detenerse en lo que está en juego. Las SOCAP no son un actor marginal del sistema financiero mexicano. Son fuente de financiamiento para las unidades de producción rural del país. Operan en municipios donde las condiciones sociales son más adversas y donde la banca tradicional a veces no llega. Según reportes de la propia CNBV, las cooperativas registraron un crecimiento real anual de 8.9% en captación tradicional, lo que demuestra que su modelo sigue siendo relevante y que la demanda de sus servicios no se ha agotado.
El problema no es de producto, es de canal, y el canal, hoy, es el celular. Particularmente para los jóvenes, que representan el futuro de la base de socios del sector. Para ellos, la cercanía ya no se mide en kilómetros, sino en accesibilidad inmediata: plataformas intuitivas, operaciones en tiempo real, experiencias que no los hagan sentir que están usando tecnología de otra época. Si las cooperativas no les ofrecen eso, los van a terminar perdiendo.
Entender esto es el primer paso. El segundo es reconocer que digitalizarse no tiene que significar deshumanizarse. Una persona en una comunidad rural que puede consultar su saldo, hacer una transferencia o solicitar un crédito desde su celular no está perdiendo el vínculo con su cooperativa, lo está fortaleciendo, porque ya no necesita recorrer horas para ejercer sus derechos como socio. La tecnología, bien aplicada, no reemplaza la relación. La amplía. La hace posible a las 11 de la noche, en una localidad sin sucursal bancaria a 50 kilómetros a la redonda.
Ese es el modelo que algunas SOCAP ya están comenzando a explorar, y que ya tiene sus primeros casos concretos en México de la mano de empresas especializadas en el sector cooperativo como Siscoop. Éstas están demostrando que este camino es viable sin que tengan que convertirse en algo que no son.
Las primeras cooperativas que adoptaron esta solución ya permiten a sus socios gestionar cuentas, consultar saldos, realizar transferencias y acceder a productos de ahorro y crédito desde el celular, en cualquier momento y sin necesidad de acercarse a una sucursal. No es un experimento, es el inicio de un proceso que apunta a escalar a todo el sector.
El esquema propone un modelo híbrido donde la sucursal sigue siendo el espacio de asesoría, confianza y resolución de situaciones complejas, mientras las operaciones del día a día migran gradualmente al canal móvil. No es una transformación de golpe. Es una evolución que respeta la identidad del sector mientras lo prepara para competir en el entorno actual.
México tiene hoy una oportunidad concreta de avanzar en inclusión financiera real, no la de abrir cuentas que nadie usa, sino la de llevar servicios útiles, accesibles y confiables a quienes más los necesitan. Las cooperativas son una pieza central de esa historia. Tienen la presencia territorial, la confianza ganada y la base de socios. Lo que les falta es velocidad. La pregunta no es si deben digitalizarse; esa discusión ya está saldada. La pregunta es si van a liderar esa transformación, o si van a dejar que otros definan su lugar en el sistema financiero del futuro.
