Colaborador Invitado

Mundial 2026: México ante su prueba de confianza económica

En los grandes eventos internacionales, el debate suele concentrarse en una pregunta limitada: cuánto aportarán al producto interno bruto.

El Mundial de 2026 será, antes que nada, un gran acontecimiento deportivo. Pero para México también será una prueba económica. No necesariamente porque vaya a transformar de manera permanente el crecimiento del país, sino porque permitirá observar, en tiempo real, la capacidad de una economía emergente para convertir un evento global en reputación, confianza e impulso para sectores estratégicos.

En los grandes eventos internacionales, el debate suele concentrarse en una pregunta limitada: cuánto aportarán al producto interno bruto. Esa pregunta es importante, pero incompleta. El verdadero impacto económico de un Mundial no se mide únicamente por hoteles llenos, restaurantes con mayor demanda o aeropuertos con más pasajeros durante algunas semanas. También se mide por la calidad de la infraestructura, la eficiencia de los servicios, la seguridad, la movilidad urbana, la conectividad digital, los medios de pago y la coordinación entre gobierno, empresas y autoridades locales.

México será observado por millones de visitantes, inversionistas, empresas y medios internacionales. La Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey no sólo recibirán partidos; recibirán una vitrina global. En ese contexto, el Mundial funcionará como un examen práctico de ejecución económica: mostrará qué tan preparada está la economía mexicana para atender una concentración extraordinaria de demanda internacional sin perder eficiencia, calidad ni confianza.

El efecto directo sobre la actividad económica probablemente será positivo, aunque acotado. El turismo, la hotelería, el transporte, el comercio, la gastronomía, el entretenimiento y ciertos servicios financieros deberán beneficiarse.

Sin embargo, sería un error interpretar el Mundial como sustituto de reformas estructurales o como solución para problemas persistentes de productividad, inversión e infraestructura. Los grandes eventos pueden acelerar oportunidades; no reemplazan fundamentos.

La pregunta más relevante, por tanto, no es si el Mundial generará una derrama temporal. Eso probablemente ocurrirá. La pregunta es si México conseguirá transformar ese impulso en una señal más duradera de confianza económica.

Para ello, la experiencia del visitante será tan importante como la estadística macroeconómica. Un aeropuerto eficiente, una ciudad segura, pagos digitales funcionando, transporte previsible, servicios bien coordinados y una oferta turística ordenada pueden tener más valor reputacional que una estimación puntual de crecimiento.

Para las empresas, el Mundial será una prueba de escala. Hoteles, restaurantes, plataformas digitales, bancos, fintechs, comercios, operadores de transporte, empresas de telecomunicaciones y marcas de consumo enfrentarán un aumento concentrado de demanda.

En economías modernas, la capacidad de absorber picos de consumo sin perder calidad es parte de la competitividad. El evento mostrará qué sectores están preparados para operar con estándares internacionales y cuáles dependen todavía de la improvisación.

También habrá una dimensión financiera. Grandes eventos alteran flujos de consumo, precios relativos, demanda por servicios, expectativas de ingresos y, en algunos casos, decisiones de inversión. Para los mercados emergentes, la reputación importa.

La confianza de los inversionistas no nace únicamente de indicadores fiscales o monetarios; también surge de la percepción de capacidad institucional, previsibilidad y ejecución. Un país que organiza bien un evento global comunica competencia. Un país que falla en la logística comunica riesgo.

México tiene una ventaja importante: es una economía profundamente integrada a América del Norte, con una posición estratégica en comercio, manufactura, turismo y servicios. El Mundial puede reforzar esa posición si se presenta no sólo como una celebración deportiva, sino como una demostración de capacidad económica.

En un mundo en el que cadenas productivas, turismo, tecnología y servicios financieros están cada vez más conectados, la reputación nacional también es un activo económico.

Naturalmente, existen riesgos. La presión sobre precios en algunas ciudades puede generar malestar local. Problemas de seguridad o movilidad pueden reducir el beneficio reputacional. Inversiones mal planeadas pueden producir costos superiores a los beneficios.

Y la euforia temporal puede llevar a una lectura exagerada sobre sus efectos macroeconómicos. Por eso, el Mundial debe tratarse con ambición, pero también con realismo.

El mayor legado económico no será necesariamente un salto permanente del PIB. Podría ser algo más sutil, pero relevante: una mejora en la percepción internacional sobre la capacidad de México para ejecutar, coordinar y recibir al mundo. Para inversionistas y empresas, esa percepción importa. Para las autoridades económicas, también.

El Mundial de 2026 no será sólo un torneo de futbol. Para México, será una prueba de infraestructura, confianza y ejecución. En una economía emergente, esos tres elementos pueden valer tanto como el espectáculo dentro del estadio.

Gustavo Pessoa es economista, profesor e investigador en finanzas, especializado en macroeconomía, mercados financieros y economías emergentes.

Gustavo Pessoa

Gustavo Pessoa

Economista e investigador en finanzas, especializado en macroeconomía, mercados financieros, energía y economías emergentes.

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