En apenas un par de semanas, fuimos testigos de que el mundo de la electricidad muestra dos ritmos que conviven, a veces en tensión y otras en complicidad.
En Chicago, la exhibición de transmisión y distribución de equipo eléctrico de la IEEE, dejó claro que el sector atraviesa una fase de bonanza. En el estand de nuestro socio Southern States saludé a numerosos clientes de toda América Latina; un recordatorio vivo de que la región, a través de sus distribuidores y usuarios finales, forma parte de una cadena de valor global que no admite fronteras.
Proveedores estadounidenses y europeos exhibían estands descomunales; China, India, Turquía y otros países con presencia consolidada. Pero lo que realmente marcó la diferencia fueron los tiempos de entrega: los fabricantes chinos promueven plazos por debajo de ocho meses, mientras que los proveedores estadounidenses mantienen 55 semanas o más. Es, sin duda, una señal contundente de que la configuración de las cadenas de suministro está siendo reconfigurada ante nuestros ojos.
Detrás de ese dinamismo late una lectura concluyente: Estados Unidos está invirtiendo miles de millones de dólares para reforzar, actualizar y hacer crecer su red eléctrica. La red era obsoleta y, en muchos tramos, insuficiente. Pero los motivos se multiplican: la llegada de vehículos eléctricos y la demanda de centros de datos para IA generan una demanda explosiva y creciente que exige resiliencia, seguridad y capacidad de ejecución. No se trata sólo de infraestructura clásica; se trata de sostener una transformación tecnológica que redefine la productividad y la competitividad global. En ese marco, la inversión estatal y privada busca acelerar proyectos críticos y reducir la exposición a interrupciones.
De ahí viajamos a China. El pulso cambia de tonalidad. Por primera vez desde 2009, encontré una landscape sin grúas: no había obras en marcha, y algunos edificios se verían incluso deslucidos ante una mirada casual. Es un recordatorio de que la economía china está aprendiendo a convivir con ritmos distintos, más contenidos en lo inmediato.
Sin embargo, las fábricas de nuestros proveedores—STATCOM, transformadores de alta potencia y bancos de capacitores— siguen a plenitud, con un nivel de ingeniería que, en ocasiones, supera al de antiguos socios tecnológicos estadounidenses.
En este escenario, aparecen letreros del Partido Comunista recordando la Larga Marcha y con una gestión más activa de las empresas estatales. En las pláticas de sobremesa, el desempleo y una menor demanda de artículos de lujo tiñen el cuadro.
Parece convivir, así, un equilibrio: un mercado abierto que demanda producto con urgencia y un sistema que, por su parte, está urgido de entregarlo. La visita de Trump a Xi, inevitable en este contexto, probablemente tocó estas realidades de infraestructura eléctrica.
En México, la realidad operativa también merece atención. Vimos pedidos de la Comisión Federal de Electricidad (CFE) de transformadores de alta potencia y anuncios de más inversión en líneas de transmisión, impulsados por soluciones como STATCOM y bancos de capacitores en serie. En este entorno, Diram participa activamente como el único actor nacional capaz de articular y ejecutar, buscando asegurar que el desarrollo de la infraestructura eléctrica no dependa exclusivamente de actores foráneos.
Lecturas para el sector: la brecha entre plazos de entrega y capacidad de suministro redefine costos, inventarios y logística de proyectos; la resiliencia y la transición demandan inversiones continuas; y la geopolítica, con su mezcla de apertura y control estatal, obligará a las empresas a diversificar, localizar y replantear alianzas tecnológicas. En el horizonte, el desafío es claro: lograr que una demanda urgente conviva con una oferta capaz de entregarla a tiempo, con ingeniería de primer nivel y un marco regulatorio que acompañe la inversión.
Este es el barómetro de una década que se define por la velocidad de la entrega, la solidez de la ingeniería y la claridad de las reglas. La próxima fase dependerá de decisiones audaces, coordinación público-privada y un ecosistema que demuestre, cada día, que la electricidad puede avanzar sin perder fiabilidad.
