Gilberto Vicente, gerente de seguridad en Microsoft México
Derivado de la pandemia por Covid-19 y los cambios que generó en diversos ámbitos, hemos comprobado de forma acelerada que gracias a la tecnología es posible aprender y trabajar remotamente, lo cual incentiva y justifica, desde lo más relevante que es el “usuario”, una nueva dinámica del uso y consumo de los productos y servicios en nuestro andar cotidiano. Este ecosistema remoto también se traduce en una reinvención de los modelos de negocio en las empresas que hoy reconocen a la digitalización como el catalizador de su competitividad. Esta transformación masiva y acelerada conlleva nuevos retos y potenciales riesgos que vale la pena asumir y, en términos generales, las organizaciones han estado a la altura del desafío y muchas de ellas aumentaron su inversión en ciberseguridad.
Sin embargo, en estos meses han evolucionado también las técnicas y las amenazas, cuya sofisticación se caracteriza por su capacidad de aprovechar cualquier elemento del entorno digital para convertirlo en un vector de ataque y gracias a este fenómeno hoy tenemos organizaciones de todos los giros y tamaños siendo comprometidas. Como resultado, estos dos años han sido un proceso de aprendizaje en el plano físico y digital –cada vez más difuso, por cierto– para reconocer que simplemente debemos estar preparados para responder desde la adversidad, es decir, estar listos para que, cuando las amenazas se presenten, tengamos la capacidad de identificarlas, contenerlas y recuperarnos sin que esto impacte dramáticamente nuestra existencia.
En ese sentido, es transcendental que las organizaciones adopten una postura de resiliencia digital, la cual comienza con el planteamiento de un escenario potencial en el cual podrían ser víctimas de un ataque. Asumir esta filosofía les ayudará a prepararse y tener un plan de acción a ejecutar ante un ataque para mitigar los riesgos y costos asociados.
Las pérdidas de ser blanco de un ciberataque pueden ser muy variadas; por ejemplo, en el caso de las empresas que sufren secuestro de información, el monto del rescate no es lo único que pierde la organización. Es necesario considerar que en varios de estos casos se detienen operaciones, lo cual implica también pérdidas económicas que varían de industria a industria y no olvidemos el impacto devastador que esto puede representar en términos de confianza de nuestros clientes y de los mercados.
Plantear estos escenarios no se trata de asumir una postura fatalista o de resignación, sino de reconocer la magnitud del problema posible y prepararnos con anticipación para que cualquier esfuerzo o estrategia de ciberseguridad incorpore una correcta definición e implementación de medidas de higiene digital que son viables mediante la demanda de seguridad integrada en cada uno de los planteamientos tecnológicos que soportan a nuestro negocio y que permitan atender un ataque antes, durante y después de que las amenazas se presenten en nuestros ambientes de operación.
La arquitectura más adecuada para la resiliencia digital es el modelo de Confianza Cero (Zero Trust en inglés). En este modelo se da por hecho que existen incumplimientos y trata todas las solicitudes como si se hicieran desde una fuente sospechosa. En esta arquitectura, se otorgan permisos de acceso microsegmentados y privilegios mínimos a los usuarios de la organización para mitigar cualquier riesgo. Gracias a este modelo se cierran brechas de seguridad y se minimiza la posibilidad de que una amenaza acceda a otras áreas del sistema. En el modelo de Confianza Cero se asume que habrá vulneraciones, por lo que reduce el radio de su alcance al segmentar los accesos.
Asimismo, medidas de higiene digital entre los usuarios, tales como doble autenticación para iniciar sesión, actualización constante de software y el uso de soluciones antimalware pueden proteger a las organizaciones de hasta 98 por ciento de los ataques, de acuerdo con el más reciente Informe de Defensa Digital de Microsoft.
También es fundamental contar con tecnologías que ofrezcan una mejor detección, respuesta y cacería de las amenazas para proteger a las organizaciones durante y después de un ataque. Se recomienda optar por soluciones de ciberseguridad integrada que ofrezcan protección en los procesos y herramientas usadas en la nube de las organizaciones.
Hemos visto que, a raíz de la pandemia, empresas de todos los tamaños han implementado tecnologías de ciberseguridad. De hecho, el 52 por ciento de las Pymes encuestadas se consideraron preparadas para afrontar este reto, de acuerdo con el estudio Pymes mexicanas ante Covid-19 comisionado por Microsoft México. Ante este panorama, mantenemos un escenario optimista sobre el estado de ciberseguridad en las organizaciones del país, con cada vez más empresas conscientes de la importancia de adoptar una actitud y arquitectura de resiliencia digital.