En cierta forma, en México la política es juego de espejos y ejercicio de símbolos y malabarismos.
En su memoria colectiva, las y los mexicanos llevan en el fondo del alma un fetichismo inconsciente y les atrae el hombre fuerte, el líder autoritario o demócrata, sin importar sus convicciones ideológicas. Sobran los ejemplos en nuestro país.
En la actualidad, López Obrador encarna este síndrome histórico. A casi cuatro años de su mandato, su aceptación popular supera 60 por ciento a pesar de las crisis de pandemia, parálisis económica, inseguridad y falta de resultados.
La razón fundamental radica en su identificación con una clase social, la pobre y olvidada, y en una nueva forma de gobernar. Ha roto con la ortodoxia política tradicional y ha puesto en práctica diaria un catecismo político-religioso: desde el púlpito de su ‘mañanera’ denuncia a los pecadores y reparte indulgencias.
Su guerra es clara, abierta y determinante; no hay términos medios ni tregua alguna. Al contrario, exige a sus adversarios definiciones y condena la simulación y la hipocresía conservadora. Ni más ni menos: la lucha entre liberales y conservadores.
El tiempo es el principal enemigo de López Obrador, se le agota y escapa como hojarasca agitada por el viento. Esta cruda realidad le hace radicalizarse, estirar la liga política y enseñar su juego sucesorio.
El presidente ha cruzado el Rubicón. No hay marcha atrás, están en riesgo su sentido de vida política y la continuidad de su proyecto transexenal.
Como en las mejores épocas del nacionalismo revolucionario, ha jugado con cartas marcadas y con la verdad sospechosa de Juan Ruiz de Alarcón. Sin embargo, los jugadores se han unido en su contra, reviran fuerte y amenazan con apostar su resto. El monte está cargado y la apuesta es peligrosa. Un salto al vacío.
En estas condiciones y circunstancias, con un casino enrarecido con demasiado humo, poca seguridad y un croupier nervioso y de mal humor, se ve obligado a enseñar su carta y preparar sus cañones de fusilería electoral para ganar la partida mayor de 2024.
Nos gusta el entretenimiento político, nos divierten los distractores y el azar nos provoca. Vamos, pues, a jugar también y a echar una carta al aire: los tapados están destapados y van con todo su resto. La moneda está en el aire, hagan sus apuestas.
