Colaborador Invitado

El poder y la ley de rendimientos decrecientes de la política

El cambio de régimen, hasta ahora, no se ha reflejado en resultados tangibles y de alto calado.

El tiempo pasa a velocidad de vértigo; ya estamos a la mitad del sexenio de la cuarta transformación. La ley de rendimientos decrecientes en política enseña su rostro y, sin duda, provoca estragos, contratiempos y cambios en el estado de ánimo del gobernante. En un periodo de seis años, los primeros tres, según la ley de referencia, son los de mayor poder y el espacio propicio para realizar las transformaciones. El cambio de régimen, con mayor razón, tenía la urgencia de realizarlas y concretar las acciones de gobierno correspondientes.

Por las circunstancias y problemas, tanto internos como externos, el cambio de régimen, hasta ahora, no se ha reflejado en resultados tangibles y de alto calado. No se ha rescatado la energía eléctrica, la petrolera sigue con la inercia del pasado, el combate a la corrupción y la impunidad se ve sólo en el discurso admonitorio y de corte moralista, la pobreza se ha incrementado y siguen en el olvido las regiones más depauperadas del país, con la aplicación de un modelo de desarrollo que no ha funcionado. A excepción de las zonas favorecidas por el T-MEC, la economía postrada, inflación, muerte por la pandemia, inseguridad y polarización política.

El discurso presidencial ha sido demoledor en contra del pasado neoliberal y la condena pública, en las mañaneras, ha señalado con dedo flamígero a los depredadores y saqueadores del patrimonio nacional, pero como en la parábola literaria de Zorrilla, los supuestos culpables gozan de cabal salud. Por si fuera poco, la migración exhibe la fragilidad y la inconsistencia ideológica del gobierno y su falta de compromiso con estos seres humanos que huyen de la violencia y la falta de oportunidades para la vida.

La gente, al inicio de todo gobierno, alimenta esperanzas con base en las promesas electorales y espera justa recompensa y beneficios que mejoren sus condiciones de vida. En la realidad, siempre resultan mayores las expectativas colectivas que los resultados magros y, a veces, inexistentes, provocando desencanto y agravio social. A partir de la segunda etapa, el recorrido del gobierno se torna difícil, sinuoso y con frecuencia se presentan atajos y celadas que obstaculizan el éxito gubernamental.

Sin embargo, a pesar de los pesares, el presidente tiene una amplia, muy amplia, aceptación popular que en apariencia haría dudosa e invalida la premisa de la teoría decreciente del poder que anuncia la ley a partir de los últimos años. No hay contradicción, existe un espejismo político invisible que tiene una explicación lógica que también consignan las encuestas y refleja dos realidades: López Obrador debe su popularidad a su identidad con los pobres que, por sexenios, no fueron actores protagónicos y ahora se sienten acuerpados y representados por él. Por otra parte, existe otra realidad: sus mismos apoyadores reprueban sus resultados de gobierno en el combate a la corrupción y la impunidad, en economía y ausencia de oportunidades, en inseguridad y en la omisión de aplicar la ley y frenar la violencia nacional. Esta es la prueba de la validez y existencia de la curva decreciente del poder del actual gobierno.

Estas mediciones son reveladoras de la percepción política, son el pulso sensible y el nervio motor del sentimiento popular. Por encima de sus afectos transitorios y preferencias la gente voltea a otras partes, siempre en búsqueda de opciones de futuro. Los primeros síntomas del descontento se registraron en las pasadas elecciones. Morena perdió varias alcaldías de Ciudad de México y un buen número de ciudades del país. Las clases medias votaron en contra. Es el reclamo por la falta de resultados y la ausencia de la cobertura de las expectativas de la gente.

En la pasada sucesión presidencial al presidente López Obrador se le alinearon los astros. El hartazgo de la gente lo llevó al poder, pero en el ejercicio de gobierno se le descompuso el firmamento, se desalinearon las estrellas y se le oscureció el cielo. La pandemia, la crisis económica y la inseguridad son fantasmas que recorren el país sembrando temor, desesperanza y muerte. Para colmo, se sumó también el problema de la migración masiva rumbo a Estados Unidos.

Estamos a la mitad de la jornada política de esta administración. Los años de mayor poder están por esfumarse, las correas transmisoras del poder, antes aceitadas, empiezan a enmohecer; surgen los agoreros y los valientes de fines de sexenio, el discurso político pierde fuerza y sentido de contexto y se multiplican las denuncias públicas a los funcionarios y cercanos al gobernante. Los cañones de la fusilería apuntan a un gobierno en retirada, «tiempos de zopilotes».

El poder político es efímero, veleidoso y temporal; compañero huidizo y caprichoso, huraño y contradictorio. Su condición y razón de ser es su gran movilidad y búsqueda del nuevo acompañante en la nueva travesía política. En la curva descendente del poder la nostalgia invade el ánimo y el espíritu del gobernante. En su fuero interno bullen inquietud, malestar y angustia por la inmediatez y la impronta del término del ejercicio político.

La realidad es terca y consistente, siempre se impone. Para muestra un botón: la venta de Banamex. Si se hubiera presentado al inicio de este gobierno, en la curva ascendente de la ley de rendimientos decrecientes, no cabe duda de que el presidente López Obrador encabezaría la mexicanización y el rescate de esta importante institución financiera. Seguro haría suya la propuesta de Pablo Gómez de hacer participar al gobierno como accionista y conformar un grupo de nuevos empresarios mexicanos para rescatar de las manos extranjeras el emblemático banco, nacido en el Porfiriato, en 1884. Por su convicción ideológica sería un acto de congruencia política y una oportunidad de sellar y dejar huella de su nacionalismo revolucionario.

Sin embargo, el momento actual no lo permite; es remar contra corriente, es afrontar intereses muy fuertes, tanto nacionales como extranjeros, y en un momento descendente del poder presidencial. Además, López Obrador tiene muchos fierros en la lumbre: la sucesión adelantada, la reforma eléctrica, la reforma electoral y la asignación de la Guardia Nacional a la Secretaría de la Defensa constituyen obstáculos y retos que a estas alturas parecen infranqueables. La realidad lo obliga a resguardarse y protegerse, es más, volviendo al tema de Banamex, se ve difícil inclusive que luche por recobrar para el pueblo de México el importante acervo cultural de esa institución. El gobierno va a facilitar la operación de venta y mandará un mensaje de confianza para los inversionistas. Cosa de los tiempos.

López Obrador no estará en las boletas electorales, podrá conservar su alta aceptación entre su gente, pero el voto podría emprender el vuelo hacia otras opciones. Se espera una fuerte contienda electoral. La arena de 2024 será el Día D y el gran desembarco de la confrontación democrática. «La disputa por México».

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