El anuncio de que la economía mexicana podría crecer alrededor de 1.6 por ciento este año ha sido recibido por algunos analistas como una señal de que el país logró sortear un entorno internacional particularmente complejo. Después de meses de incertidumbre derivados de las tensiones comerciales con Estados Unidos, la desaceleración mundial y la volatilidad financiera, parecería que la economía mexicana finalmente encontró una senda de recuperación. Sin embargo, conviene preguntarse si realmente existe algo que celebrar.
La respuesta depende de una cuestión elemental que con frecuencia se olvida en el debate público: la economía no crece para las estadísticas, sino para las personas. El indicador que verdaderamente refleja la mejora en el bienestar no es el crecimiento del Producto Interno Bruto, sino el incremento del ingreso por habitante.
México continúa aumentando su población a un ritmo cercano al 0.9 por ciento anual. Esto significa que una parte importante del crecimiento del PIB simplemente responde a que existen más personas produciendo y consumiendo. Si el producto aumenta 1.6 por ciento, pero la población lo hace 0.9 por ciento, el ingreso por habitante apenas crecerá alrededor de 0.7 por ciento. Ese resultado es insuficiente para modificar de manera significativa las condiciones de vida de la población y, sobre todo, para recuperar el enorme rezago acumulado durante las últimas décadas.
La experiencia internacional demuestra que los países que lograron cerrar la brecha con las economías desarrolladas crecieron durante largos periodos a tasas muy superiores. Corea del Sur, Taiwán y, más recientemente, China sostuvieron incrementos del PIB cercanos al 7 u 8 por ciento durante varias décadas. Aun considerando el crecimiento demográfico, ello permitió aumentos sostenidos del ingreso por habitante de entre 5 y 6 por ciento anual, transformando radicalmente sus niveles de productividad, salarios y bienestar.
México ha seguido una trayectoria muy distinta. Desde mediados de los años ochenta, el crecimiento económico ha sido persistentemente insuficiente. La economía ha experimentado episodios de recuperación, pero no una transformación estructural capaz de elevar de manera permanente la productividad. Como consecuencia, el ingreso por habitante prácticamente se ha estancado frente a otras economías emergentes.
Esta situación explica una paradoja que caracteriza al país. Se alcanzan cifras récord de exportaciones, aumentan los flujos de inversión extranjera, se anuncian nuevas plantas manufactureras y se presume estabilidad macroeconómica. No obstante, millones de mexicanos perciben que su nivel de vida mejora muy lentamente. La razón es sencilla: el crecimiento agregado de la economía apenas alcanza para compensar el aumento de la población.
La discusión pública continúa concentrándose en unas cuantas décimas del crecimiento anual. Si el PIB aumenta 1.2, 1.5 o 1.8 por ciento, se interpreta como éxito o fracaso coyuntural. Pero esa visión pierde de vista el problema fundamental: México necesita crecer mucho más rápido para recuperar el terreno perdido.
Si el ingreso por habitante aumenta únicamente 0.7 por ciento anual, harían falta varias décadas para duplicar el nivel de vida promedio. En cambio, una economía que incrementa su ingreso por habitante en 4 por ciento anual lo logra en menos de veinte años. Esa diferencia explica por qué algunas naciones convergen hacia los países desarrollados mientras otras permanecen atrapadas en el ingreso medio. La discusión, por tanto, no debería centrarse únicamente en si el crecimiento de este año será de 1.6 por ciento o unas décimas más o menos. La verdadera pregunta es cómo construir una economía capaz de crecer de manera sostenida por encima del 4 o 5 por ciento anual.
La respuesta difícilmente provendrá de esperar que las exportaciones o la inversión extranjera, por sí solas, impulsen el desarrollo. La evidencia de las últimas tres décadas muestra que ese mecanismo ha sido insuficiente. México requiere una política industrial moderna que fortalezca la innovación, incentive la reinversión de utilidades, eleve el contenido nacional de las cadenas productivas, fomente nuevas capacidades tecnológicas y fortalezca el mercado interno.
En otras palabras, el país necesita pasar de una economía que simplemente produce más a una economía que genera mayor valor agregado por habitante. Mientras esa transformación no ocurra, cada anuncio de un crecimiento del PIB cercano al 1.6 por ciento seguirá alimentando una percepción optimista que las familias difícilmente reconocerán en su vida cotidiana. Más que una recuperación económica, estaremos frente a una ilusión estadística: una economía que parece avanzar en las cifras agregadas, pero que continúa rezagándose cuando el crecimiento se mide en términos del bienestar de cada mexicano.
