Clemente Ruiz Duran

Inteligencia artificial: entre la eficiencia y el criterio humano

La IA ya transforma educación, gobierno y empresas; el reto es equilibrar eficiencia, privacidad, criterio humano e instituciones confiables.

Xiamen, China. Al llegar a esta ciudad de la costa sureste de China descubrí que había olvidado mi computadora en el tren que me había traído desde Hangzhou. No advertí la pérdida sino hasta que llegué al hotel. Intenté comunicarme de inmediato con la estación, pero ya era demasiado tarde. A la mañana siguiente volví a llamar. Me informaron que la computadora había sido localizada y que podía recuperarla con solo presentar mi pasaporte. El episodio, aparentemente cotidiano, revela algo más profundo: la eficiencia alcanzada por el sistema ferroviario chino, el nivel de seguridad que perciben sus usuarios y la capacidad de sus sistemas de información para identificar, resguardar y devolver un objeto extraviado.

La experiencia obliga a preguntarnos por qué estos mecanismos no podrían replicarse en México. No se trata únicamente de importar tecnología, sino de construir instituciones capaces de utilizarla para ofrecer servicios confiables, responder con rapidez y proteger a los ciudadanos.

China entiende la inteligencia artificial no solo como una herramienta económica, sino como un componente estratégico de su desarrollo y su seguridad nacional. La innovación tecnológica está estrechamente vinculada con la capacidad del Estado para coordinar servicios, prevenir riesgos y mantener el orden. Este modelo, sin embargo, también ha provocado un debate internacional sobre la privacidad, la vigilancia, los derechos civiles y los límites que deben imponerse al uso gubernamental de la información.

Esa discusión no puede ignorarse. Aprovechar la inteligencia artificial no significa aceptar cualquier modalidad de control. El reto consiste en encontrar un equilibrio entre eficiencia y libertad, entre seguridad y privacidad. Por ello, México necesita una conversación pública amplia en la que participen autoridades, empresas, universidades, especialistas y organizaciones de la sociedad civil.

La pregunta central no es si debemos utilizar la inteligencia artificial. Ya lo estamos haciendo. La verdadera cuestión es con qué reglas, para qué propósitos y bajo la responsabilidad de quién.

La necesidad de reinventar la educación.

Uno de los campos donde esta transformación resulta más evidente es la educación. Durante mucho tiempo, el profesor asignaba una tarea de investigación y los estudiantes acudían a bibliotecas, consultaban documentos y organizaban la información hasta construir un argumento propio. Hoy, una parte considerable de esa tarea puede delegarse en segundos a ChatGPT, Claude u otras plataformas. La reacción más sencilla sería prohibirlas. También sería la menos útil. La inteligencia artificial no desaparecerá de las aulas y tratar de contenerla mediante restricciones absolutas solo ampliaría la distancia entre la educación formal y el mundo en el que ya viven los estudiantes.

El desafío consiste en evitar que los alumnos se conviertan en simples receptores de respuestas automáticas. La IA puede ordenar datos, resumir textos y proponer explicaciones, pero corresponde al estudiante formular las preguntas, verificar la información, contrastar perspectivas y construir un juicio propio.

Esto obliga a transformar también el papel del docente. Necesitamos profesores más interactivos, capaces de convertir cada tarea en una exploración conjunta y de utilizar la tecnología para ampliar la creatividad, no para sustituirla. La educación deberá valorar menos la repetición de información y mucho más la capacidad de preguntar, argumentar, cuestionar y resolver problemas.

Rediseñar las burocracias

La misma discusión comienza a aparecer en las empresas y en el gobierno. Cada vez más empleados utilizan herramientas de inteligencia artificial para preparar reportes, analizar información, redactar documentos y automatizar tareas administrativas. Esto no es necesariamente negativo: puede elevar la productividad, reducir errores y liberar tiempo para actividades de mayor valor. Pero también plantea una pregunta incómoda: ¿siguen siendo necesarias las estructuras burocráticas que fueron diseñadas para una época anterior a la automatización?

Computadoras, algoritmos y robots pueden realizar muchas tareas rutinarias con mayor rapidez. Sin embargo, simplificar una organización no equivale a prescindir de las personas. La IA puede procesar información, pero no sustituye automáticamente la experiencia, la responsabilidad, la empatía ni el criterio que se requieren para tomar decisiones complejas.

El objetivo no debería ser reemplazar indiscriminadamente a los trabajadores, sino rediseñar las instituciones. Una administración más pequeña solo será mejor si también es más transparente, eficaz y responsable. De lo contrario, la digitalización puede limitarse a automatizar los mismos vicios de la vieja burocracia.

En el Museo de Ciencia y Tecnología de Shanghái puede observarse una representación de este futuro. Humanoides acompañan a los visitantes y muestran los avances que se desarrollan en los laboratorios. La imagen no es necesariamente la de máquinas desplazando a los seres humanos, sino la de una posible colaboración entre ambos para diseñar ciudades más funcionales, puertos más eficientes y mejores servicios. Estamos ante un momento decisivo. La inteligencia artificial ya forma parte de nuestra vida cotidiana, aunque en ocasiones no seamos plenamente conscientes de ello. Está presente en el transporte, la educación, la seguridad, las empresas y la administración gubernamental.

México no puede permanecer como simple consumidor de estas tecnologías. Debe desarrollar capacidades propias, formar talento, modernizar sus instituciones y establecer reglas claras para proteger la privacidad y garantizar la rendición de cuentas.

El dilema no consiste en elegir entre humanos o máquinas. Consiste en decidir si utilizaremos la inteligencia artificial para concentrar el poder y sustituir capacidades o para ampliar la creatividad, mejorar los servicios y construir instituciones más confiables. La tecnología puede ayudarnos a recuperar una computadora olvidada en un tren. El verdadero desafío es utilizarla también para recuperar la confianza en nuestras instituciones.

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