Clemente Ruiz Duran

El TMEC y la disputa tecnológica de América del Norte: ¿integración o nueva dependencia para México?

El TMEC es más que un acuerdo comercial: es la apuesta de México por integrarse tecnológicamente a Norteamérica o quedarse en la maquila digital.

Por décadas, los tratados comerciales fueron vistos principalmente como instrumentos para reducir aranceles y facilitar exportaciones. Sin embargo, el Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá representa algo distinto: una arquitectura económica orientada a reorganizar el espacio productivo y tecnológico de América del Norte frente a la creciente competencia global, particularmente de Asia y, en especial, de China. Aunque el TMEC suele analizarse desde la perspectiva automotriz, energética o comercial, uno de sus componentes más importantes es el tecnológico. El tratado incorpora reglas sobre comercio digital, flujo de datos, telecomunicaciones, propiedad intelectual, automatización industrial y servicios digitales que, en conjunto, buscan sentar las bases de una nueva integración tecnológica regional. En el centro de esta transformación se encuentra el Capítulo 19 sobre comercio digital. A diferencia de los antiguos acuerdos comerciales, el TMEC reconoce que la economía contemporánea depende crecientemente de la circulación internacional de datos, plataformas digitales, servicios en nube, inteligencia artificial y comercio electrónico. El tratado facilita el flujo transfronterizo de información y limita la posibilidad de que los países exijan que los datos se almacenen físicamente dentro de su territorio. En términos prácticos, esto favorece a las grandes empresas tecnológicas norteamericanas y fortalece la integración de servicios digitales regionales. Plataformas digitales, sistemas financieros electrónicos, servicios empresariales, logística inteligente y comercio electrónico encuentran un entorno más homogéneo para operar en los tres países.

El problema es que la economía digital no es neutral. El dominio tecnológico se ha convertido en uno de los principales instrumentos de poder global. Estados Unidos y China libran actualmente una disputa por el control de sectores estratégicos como semiconductores, inteligencia artificial, telecomunicaciones, baterías, computación en nube y plataformas digitales. En este contexto, el TMEC funciona también como un mecanismo para consolidar un espacio tecnológico norteamericano relativamente integrado frente al avance asiático. La discusión se vuelve especialmente relevante para México. El país ha logrado insertarse exitosamente en cadenas manufactureras de exportación, pero continúa mostrando profundas debilidades en innovación, investigación y desarrollo tecnológico. Mientras economías asiáticas destinan entre 2% y 5% de su PIB a investigación y desarrollo, México apenas alcanza niveles cercanos a 0.3%–0.5% del PIB.

Esta brecha tecnológica explica por qué gran parte de la estructura exportadora mexicana continúa dependiendo de componentes importados, tecnología extranjera y decisiones corporativas tomadas fuera del país. El riesgo es que México profundice un modelo de “maquila tecnológica”, donde la producción física se realiza localmente, pero el diseño, las patentes, el software, los algoritmos y el conocimiento estratégico permanecen en el exterior. El TMEC también fortalece los mecanismos de protección de propiedad intelectual. El capítulo correspondiente protege software, patentes, secretos industriales, marcas y desarrollos tecnológicos. Esto ofrece certidumbre jurídica a inversionistas y empresas innovadoras, pero al mismo tiempo puede consolidar la concentración tecnológica en manos de grandes corporaciones internacionales.

A ello se suma el capítulo de telecomunicaciones, que busca garantizar competencia, acceso a redes e interconexión regional. La expansión de infraestructura digital, redes 5G y servicios avanzados de conectividad será indispensable para el desarrollo industrial de la próxima década. La manufactura avanzada, los vehículos eléctricos, la automatización y la inteligencia artificial dependen crecientemente de sistemas digitales integrados. De hecho, el TMEC ya está influyendo sobre la reorganización productiva de América del Norte. La pandemia, las tensiones geopolíticas y la guerra tecnológica entre Estados Unidos y China aceleraron procesos de nearshoring y friendshoring. Muchas empresas buscan acercar sus procesos productivos al mercado estadounidense y reducir riesgos asociados a Asia.

México aparece como uno de los principales beneficiarios potenciales de esta reconfiguración. Su proximidad geográfica, su integración manufacturera y el acceso preferencial al mercado norteamericano ofrecen ventajas importantes. Sectores como automóviles eléctricos, dispositivos médicos, electrónica, logística y manufactura avanzada podrían expandirse considerablemente en los próximos años. Sin embargo, la oportunidad no garantiza el desarrollo. El verdadero desafío consiste en transformar la integración comercial en capacidad tecnológica propia. Si México no desarrolla proveedores nacionales, centros de innovación, infraestructura científica y mecanismos de financiamiento tecnológico, el país podría quedar atrapado en actividades de bajo valor agregado.

La experiencia asiática muestra que el crecimiento sostenido requiere políticas industriales activas. Corea del Sur, Taiwán y recientemente China utilizaron financiamiento público, banca de desarrollo, compras gubernamentales, educación tecnológica y apoyo estratégico a empresas nacionales para construir capacidades industriales avanzadas. México enfrenta ahora una disyuntiva histórica. El TMEC puede convertirse en una plataforma para impulsar una nueva industrialización basada en innovación, digitalización y desarrollo regional. Pero también puede profundizar la dependencia tecnológica si el país limita su papel al ensamblaje manufacturero. La discusión tecnológica del TMEC no debe verse únicamente como un asunto comercial. En realidad, se trata de definir el lugar que ocupará México en la nueva economía mundial. La transición hacia vehículos eléctricos, inteligencia artificial, automatización industrial y cadenas digitales transformará profundamente la estructura productiva global durante las próximas décadas.

En este nuevo escenario, la pregunta fundamental es si México será únicamente un territorio de manufactura subordinada o si podrá construir capacidades propias de innovación, diseño y desarrollo tecnológico. La respuesta dependerá menos del tratado en sí mismo y más de la capacidad del Estado, las universidades, las empresas y el sistema financiero para construir una estrategia nacional de desarrollo tecnológico de largo plazo.

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